Desde la más remota antigüedad, el Nombre de un Dios era el Poder del Dios, y no se invocaba su nombre en vano. “Rhea”, “Gaia”, “Cibeles”, son nombres diversos para referirse a la “Diosa Madre”, o simplemente, en lenguaje de las gentes del poblado, “la Diosa”... nombre siempre pronunciado con temor y respeto.
Puede que “Cibeles” sea tal vez el personaje histórico-religioso más antiguo del mundo, pues desde el Neolítico, se conservan muestras de su culto. Es la Diosa de Naturaleza Salvaje, de la Fertilidad, del Renacimiento; Cibeles es la “Magna Mater” de todas las Diosas del Mediterráneo, pero ¿cómo llegó la Diosa a este pueblecito gallego?.
Estatua de la Diosa Cibeles
Se cree que ocurrió en el año 204 a.C., por el pesimismo y la desesperación de los romanos durante la desastrosa Segunda Guerra Púnica, contra el comandante en jefe cartaginés Aníbal Barca (247 - 183 a.C.). Los romanos creyeron que necesitaban una “ayuda extra” para vencerle y, tras consultar el oráculo de las Sibilas, viajaron hasta la remota región turca de Anatolia, a Pesinunte (la mitológica ciudad del rey Midas), buscando un oscuro culto a la Diosa Madre: “Cibeles”.
En su templo de Pesinunte, la Diosa frigia estaba representada por “una gran piedra que había caído del cielo”. Un meteorito.
"Anibal vencedor", óleo sobre lienzo de Francisco de Goya
Muchas culturas de la antigüedad representaban a la Diosa Madre con una piedra esférica para hacer evidente su poder de fecundidad. Como si se tratase del huevo primordial, era depositada en una cueva que simbolizaba la matriz de la tierra.
La misteriosa “Piedra Negra de Cibeles” que los romanos se llevaron, junto con su culto y sus sacerdotes (llamados “galli” ó “coribantes”), al corazón del imperio (al “Metroon de Pérgamo”), y lo cierto es que la suerte cambió para los romanos que levantaron en su honor un templo en el Palatino.
Ya entonces se representaba a la Diosa, con la corona torreada (como símbolo del apoyo que presta Cibeles a las ciudades que la adoran) y montada en el carro tirado por dos leones (que según la leyenda son Hipómenes y Atalanta).
El periodista y escritor gallego José de Cora Paradela (1.951) nos dice de ésta leyenda: “Atalanta era muy atleta, no quería casarse y prometió hacerlo sólo si un galán le ganaba en carrera. Hipómenes se enamoró perdidamente de Atalanta y pidió ayuda a Afrodita, que le dio unas manzanas de oro. Atalanta se agachó a recogerlas y perdió la carrera, casándose con Hipómenes. Un día de caza en que comenzó a llover se refugiaron en un templo de Cibeles e hicieron allí el amor, enfureciendo a esta diosa que promueve el sexo pero no en un lugar sacro. Cibeles los convirtió en leones machos a los dos y los condenó a mirar cada uno hacia un lado para que no pudieran volver a verse jamás y a tirar de su carro eternamente…”.
Estatua del Dios Atis
Uno de los cultos mistéricos romanos más antiguos es el de la diosa Cibeles y su amante Atis, y parece guardar una estrecha relación con Santa Eulalia de Bóveda.
Se dice que Atis, Dios de la Vegetación, era un joven de extraordinaria belleza a la que la Diosa Cibeles amaba y a quien hizo Guardián de su Templo, obligándole a prometer que se mantendría siempre virgen. Éste, rompió su promesa cuando se enamoró de la ninfa Sagarítide (con la que se unió en los cañaverales del río) y Cibeles, enfurecida, cortó el árbol al que estaba ligada la vida de la ninfa y enloqueció a Atis, que en su delirio se castró. Tras su mutilación, fue perdonado por la Diosa y consagrado para siempre a su servicio. Otra versión cuenta que se castró junto a un pino (por esa razón se le identificaba con él y le fue consagrado) y murió bajo su copa. Cibeles enterró sus miembros viriles al pie del árbol y la tierra, al contacto con la sangre de Atis, se tapizó de violetas.
El emperador Augusto, sentía por la Diosa Cibeles una especial veneración y ordenó la presencia de la Diosa protectora de Roma en los nuevos enclaves urbanizados por él en la península. Se ha podido atestiguar arqueológicamente la presencia de santuarios a Cibeles extramuros de ciudades y castros de época altoimperial.
Aunque la primera estructura de Santa Eulalia de Bóveda sigue siendo un misterio, nada en este templo es casual. La escalera de entrada nos conduce al atrio en un descenso. Para la adoración de la Diosa de la tierra, el descenso era un acto necesario, pues ésta habitaba en el inframundo.
Una de las ceremonias de los misterios de Cibeles era el Taurobolio. Así nos lo describe el poeta calagurritano Aurelio Clemente Prudencio (348 - 410 d.C.).:
“El sumo sacerdote que ha de ser consagrado entra en la cueva, maravillosamente vestido con guirnaldas, el pelo peinado hacia atrás bajo una corona de oro, y vistiendo una toga de seda. […] Sobre su cabeza hay un techo de madera con multitud de orificios, como una malla abierta. Encima hay un toro enorme, feroz y lanudo, atado con guirnaldas de flores sobre sus flancos, y en su frente brilla el oro, y el resplandor de placas metálicas de colores…”
“… Un manantial de sangre caliente y humeante desemboca en la estructura inferior a través de infinidad de aberturas por el suelo, como una lluvia de sangre que el sacerdote recibe, dirigiendo su indigno rostro hacia arriba, ensuciando su ropa y todo su cuerpo. Pone sus mejillas en el camino de la sangre, las orejas y los labios, y sus fosas nasales, se lava sus ojos con el líquido,[…] hasta que realmente bebe la sangre que se derrama…” Se dice que pudo ser un ritual de iniciación, o bien de renacimiento o purificación reservado para los fieles más acérrimos.
Los “galli” eran los sacerdotes que atendían los templos de Cibeles. Muchos de ellos eran eunucos, y en algunos casos practicaban la autocastración en una representación real del mito de Cibeles y su amante Atis. Este acto estaba prohibido para los ciudadanos romanos, con lo cual la mayoría procedían de oriente. Ataviados con atuendos femeninos, los "galli" llevaban el pelo largo y untado de un ungüento perfumado.
El devenir del tiempo es imparable… generación tras generación se suceden, como ley de vida, en estas tierras… han pasado siglos y siglos y el antiguo Santuario ha llegado al olvido… Tan solo los débiles ecos de la tradición oral insinuaban la existencia de una cripta olvidada bajo la actual iglesia del pueblo, consagrada a Santa Eulalia.
Planimetría del Santuario de Santa Eulalia de Bóveda
De Santa Eulalia de Bóveda sabemos que ya aparece referenciada en un documento del siglo VIII en el que se menciona la iglesia superior de Santa Eulalia, lo que indica que se trataba de un edificio de doble planta, y que en el siglo XVIII fue dañada la bóveda inferior al construir una nueva iglesia sobre parte de ella, cuando ya había prácticamente desaparecido la planta superior.
El periódico “La Voz de Galicia” del 1 de agosto de 1.926, en su página 5, informaba de un “interesantísimo hallazgo”. Anotaba que, para visitarlo, “hay que descender a tres metros de profundidad por un hueco abierto en el atrio de la actual iglesia”. “La bóveda y las paredes están cubiertas de pinturas, admirablemente conservadas, que representan árboles, plantas, frutas y aves. Arranques de arcos, una curiosa ventana, ladrillos de solar, un fuste de columna de mármol y otros restos interesantísimos han podido ser examinados; pero lo más importante del templo permanece cegado por escombros”.
Manuel Gómez-Moreno Martínez
En agosto de 1927, casi un año después del inicio de las labores de desescombro en Santa Eulalia de Bóveda, el Gobierno comienza a tomar las riendas ante el singular hallazgo del templo romano. Aquel verano llegó a la aldea el arqueólogo granadino, catedrático de Arqueología arábiga de la Universidad Central de Madrid, director de la sección de Arqueología y Arte medieval español del Centro de Estudios Históricos, director del Instituto de Valencia de Don Juan y miembro del Museo del Prado, Manuel Gómez-Moreno Martínez (1.870 - 1.970) para conocer en persona el valor patrimonial que durante siglos había estado sepultado bajo tierra y pudo comprobar no solo la importancia del hallazgo, sino la fragilidad en la que se encontraban los restos y, especialmente, las famosas pinturas.
Un mes después, el viernes 9 de septiembre de 1927, Gómez-Moreno envió a Lugo al pintor, restaurador y conservador del Ministerio de Cultura, Elías de Segura Zabarte (1.874 - /), con el encargo de realizar copias exactas del reciente descubrimiento a modo de documentación para su posterior restauración y como prueba de lo que se había encontrado.
En su estancia de un mes (hasta el 10 de Octubre), Elías se alojó en la casa del párroco José María Penado, en el lugar de Vigo (parroquia de Vilachá de Mera) a unos 3 km de Santa Eulalia de Bóveda y a pesar de las inclemencias meteorológicas, el artista pudo realizar ocho acuarelas de la bóveda sur -en la que aparecen faisanes, gallos, gallinas, ánsares y pavos reales-, así como bocetos y un dibujo panorámico del conjunto monumental. Las acuarelas ofrecen un valor añadido debido a que poco tiempo después de realizarse, una importante superficie de las pinturas murales fue dañada tras aplicarle una nefasta restauración.
Apuntes y acuarelas de Elías de Segura Zabarte
Toda la estructura perimetral de la planta baja, nave, bóveda, ábside y nártex son coetáneos y pertenecen al edificio original.
La piscina, que era de mayor tamaño que la actual, así como el complicado sistema de conducción de agua que, entrando por el nicho del fondo permitía mantener el nivel del agua en la misma, también pertenece a la primera fase.
La división en tres naves, se efectuó en una segunda fase. Su única nave fue modificada, añadiéndole dos filas de tres arcos de medio punto (se conservan los arranques en los testeros) y se apoyaban sobre cuatro columnas con capiteles (dos de ellas adosadas a los muros del pórtico y la cabecera). La nueva obra soportaba un muro de separación, lo que además de reforzar la bóveda, le daba el aspecto de una estructura basilical de tres naves, con la intención de que lo que había sido construido como templo pagano tuviera una apariencia de iglesia.
Fue entonces cuando se modificó la puerta (inicialmente adintelada), añadiendo el arco de herradura; se cubrió la piscina con losas de mármol (que no fue descubierta hasta el año 1.946) y se crearon las pinturas, que se extienden de forma homogénea por los muros originales y las nuevas arquerías.
Acuarela de Elías de Segura Zabarte
La bóveda se recubrió con estuco, y se realizó la decoración pictórica, cuyos restos pueden verse en la actualidad. Se trata de una policromía con motivos vegetales, geométricos y animales que, en gran parte, bebe de la tradición pictórica romana. Palomas, perdices y faisanes que, en ocasiones, se encuentran afrontadas. Son formas muy estilizadas, que recuerdan a las de la iglesia visigoda burgalesa de Quintanilla de las Viñas.
Las tres columnas que flanquean la piscina en los ángulos fueron recolocadas aquí en 1.929, al poco de descubrirse el edificio, que se encontraba lleno de escombros y elementos arquitectónicos arruinados. Son columnas realizadas en mármol, muy erosionadas, cuya ubicación original se desconoce.
Pendientes de una datación definitiva de sus materiales, por el momento parece lo más probable que el edificio originalmente fuera un ninfeo dedicado a alguna divinidad pagana, posiblemente la diosa Cibeles, construido entre los siglos III y IV, convertido posteriormente en iglesia cristiana.
No se conoce la fecha de esta reestructuración aunque, por sus características parece que puede ser de época visigoda, posiblemente de la segunda mitad del siglo VI, como consecuencia del impulso de conversión al catolicismo que generó San Martín de Braga (580 d.C.) en Galicia.
Lo primero que llama la atención del edificio es que su orientación es opuesta a lo habitual en las iglesias altomedievales: Una nave de forma cuadrada, de unos 6,5 metros de lado, solada de alabastro con una piscina en el centro, que tiene en su extremo occidental (a modo de ábside), un nicho cuadrangular de 2,89 metros de ancho por 1,47 de profundidad y en el opuesto, la entrada con un nártex rectangular de la misma anchura que la nave y 1,47 metros de profundidad, con dos columnas que soportaban tres arcos, hoy desaparecidos, de mayor anchura el central.
Planimetría del Santuario de Santa Eulalia de Bóveda
En la fachada principal, formada por bloques de piedra en hiladas horizontales, son dignas de mención las ventanas adinteladas, con arco de descarga triangular, que flanquean la puerta. Ésta termina en un arco de herradura de ladrillos en disposición radial, prolongado en un cuarto de radio, semejante a los que conocemos en las iglesias visigodas del siglo VII.
En el muro de la fachada pueden verse algunos relieves que tienen un gran interés, dado que son las únicas decoraciones escultóricas que se han conservado in situ en todo el edificio. En la cuarta hilada desde el nivel del suelo hay dos bajorrelieves que representan un hombre y una mujer, enmarcados por unas arquitecturas formadas por estructuras adinteladas con columnas. Tienen los brazos erguidos y sostienen guirnaldas. Por encima, en la sexta hilada, hay otros dos relieves con grupos de danzantes, con cinco figuras cada uno que también están enmarcadas por una estructura arquitectónica.
En los muros se aprecian otros cuatro relieves, que no guardan una simetría con respecto a la arquitectura del edificio. Se trata de tres representaciones animales, y una figura humana que, a diferencia de los anteriores, no están enmarcados por arquitecturas. Los dos relieves que se encuentran en mejor estado de conservación representan un ave posada sobre un árbol, y que esconde su cabeza bajo las alas; y otro que muestra dos figuras humanas afrontadas. Es muy probable que ninguno de los dos formasen parte de la decoración inicial del templo, y fuesen labrados a posteriori.
Desde su descubrimiento, muchos han sido los investigadores que han analizado el edificio desde un punto de vista arquitectónico, arqueológico, artístico e incluso simbólico, aportando variadas interpretaciones sobre este conjunto. Sin embargo, todavía no existe un consenso sobre su cronología, su funcionalidad o su evolución constructiva.
En este monumento están presentes técnicas, materiales, formas y decoraciones que se pueden relacionar tanto con el mundo romano como con el paleocristiano o el altomedieval.
Las pinturas que permanecen en su soporte original se localizan en dos espacios distintos; unas están en la bóveda del “nartex” y las segundas permanecen ancladas a la bóveda de la parte inferior del edificio.
Las primeras son esquemas o compartimentaciones geométricas de tipo fractal que tienen por origen el cuadrado. Los autores, definido el tramo inferior o primera compartimentación de tres cuadrados, empleando principios de geometría plana euclídea, trazan las diagonales para obtener una serie de cuatro triángulos rectángulos isósceles; a partir de esta primera extracción, apoyándose en el baricentro creado, duplican las figuras y construyen un entramado de líneas que, dependiendo de lo que cada uno quiera ver, pueden ser enrejados, rombos o, incluso, casetones simplificados.
Las segundas, sobre una red geométrica cuadrada, presentan un entramado lineal de rombos superpuestos a modo de replanteo o guía; en realidad se organizan mediante tallos vegetales y flores en forma de cáliz. Así, cada flor es el germen o nacimiento del siguiente tallo, en una sinfonía vegetal configurando losanges. El resultado, aparentemente, delimita espacios romboidales que se rellenan, de manera individual o por parejas, con aves y racimos de uvas.
López Martí ofrece una primera descripción/interpretación en el Boletín de la Real Academia Gallega de 1928: “Al remover los escombros de las naves se tropezó con trozos del material de que estaba formado el centro de la bóveda, que correspondía a la nave principal, presentando dibujos en colores perfectamente entendidos y acusando la mano del hábil artista. Representan estos trabajos estrellas y círculos encuadrados en anchas orlas de diversos tonos, cuya combinación, en el conjunto, da la idea de un artesonado…”.
Parece ser que el Santuario alberga dos declaraciones pictóricas distintas. Por una parte, tal vez, un programa funerario propio del siglo IV, definido por las aves en un enrejado y, por la otra, un casetonado del siglo IX, peculiar y característico de un pictograma reiterado en las promociones ástures.
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