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“CANTE JONDO GRANADINO” (1972) de don Eduardo Molina Fajardo (1914 - 1979), periodista, escritor y director del diario “Patria”.
“La África”*, ¿pudiera ser para nosotros un síntoma? Ella fue la primera cantaora granadina de nombre conocido y su apodo nos trae resonancias árabes a pesar de haber nacido en La Peza.
Nota: África Vázquez, cantaba: “Soy de La Peza, pezeña / de los Montes, montesina / y para servir a ustedes / soy de Graná, granaína”. Conocida artísticamente como “La Pezeña”. Llega hasta nosotros a través del libro del cantaor, guitarrista y letrista Fernando el de Triana (1867 - 1940), “Arte y artistas flamencos” (1935).
Y ¿no es acaso Frasquito “Yerbabuena”* el más conocido de nuestros cantaores desaparecidos, el que quiso identificarse con una humilde planta aromática, tan apreciada por los árabes, y tan cantada por los flamencos?.
Nota: “Frasquito Yerbabuena” (Francisco Gálvez Gómez). Legendario cantaor. Nació en Granada un día no precisado de 1883 y fue hallado muerto, al parecer de un infarto, en plena calle Pagés del barrio granadino del Albaicín el 7 de diciembre de 1944.
“No sé que tiene la yerbabuena de tu huertecito que tan bien me huele” o como cantaba encariñado el granadino: ”A la corriente del agua la yerbabuena se cría si me has de olvidar mañana ¿A qué vienes en busca mía?”
No. Nosotros no podemos olvidar unas raíces profundas de nuestro canto más emocionante ligadas con lo árabe y lo morisco. No podemos desechar las visiones de viejos grabados en que danzan la zambra las jóvenes moriscas a la vera de Granada, con grandes panderos cuadrados o redondos, mientras la tarde se pierde, pero no el eco de sus pisadas rítmicas con pie descalzo, como es costumbre también en bastantes bailaoras gitanas. Es una línea en que se enlaza lo arábigo - andaluz con lo calé*, que se estrecha a veces, y luego se ensancha, volcándose sobre andaluces y gitanos en proporción siempre variable.
Nota: Calé = Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua sobre ésta palabra: “Del caló caló 'negro'. 1. adj. gitano (‖ de un pueblo originario de la India). 2. adj. gitano (‖ propio de los gitanos)”.
¿Era castellano viejo o castellano nuevo “Tío José el Granaíno”*?, banderillero en la cuadrilla de José Redondo el “Chiclanero”* y que avecindado en la Andalucía Baja dio toda su completa dimensión de belleza a la “caña” y paseó los “caracoles” -que luego recreó don Antonio Chacón*- por la calle de Alcalá del Madrid ochocentista:
Notas:
“Como reluce
la gran calle de Alcalá como reluce cuando suben y bajan los andaluces”
Castellanos viejos o nuevos -los gitanos, a partir de 1642, aparecen en los documentos granadinos como nuevos castellanos- ambos grupos étnicos se traspasan, de artista a artista, el cetro del cante y el toque flamenco, pero no el del baile, que queda ya con un profundo marchamo calé.
CANTAORES DEL FINAL DEL SIGLO XIX
Tres cantaores castellanos se disputaron el cante jondo en el último tercio del siglo XIX: Antonio el “Calabacino”, Antonio el “Tejeringuero” y Rafael Gálvez Aragón. Los dos primeros profesionales y aficionado el último. Todos ellos interpretan muy bien los cantes grandes y las malagueñas a estilo de Juan Breva (Antonio Ortega Escalona, 1844 - 1918), ese enorme cantaor a quien Federico García Lorca definió así:
“Juan Breva tenía
cuerpo de gigante y voz de niña. Nada como su trino. Era la misma pena cantando detrás de una sonrisa… “
Con ellos alternó Paco el del Gas (Francisco Rubio López) quien fue uno de los mejores cantaores de granaìnas, viviendo a caballo entre los dos siglos. Quizás porque sentía singular atracción hacia los pájaros tuvo por canción preferida la copla de Ángel Ganivet, aflamencándola:
“Lejos muy lejos de España
yo me llevé un ruiseñor lejos muy lejos de España, y en su cantar me decía quiero vivir en Graná, Graná que es la tierra mía”.
La vida de Paco “el del Gas” estuvo cuajada de anécdotas. Casado con una planchadora de la Placeta del Lavadero, colindante con los populares Baños de don Simeón, el cantaor aparecía siempre muy pulcro, con gorrilla y pañuelito negro al cuello. Pasada su época de trabajo activo -fue farolero y de ahí el sobrenombre, y luego zapatero remendón- cuando se dedicó con intensidad al cante, la noche de comienzo de siglo, en las tabernas flamencas, no se concebía sin su presencia y sus soleares:
“El agua no la aminoro
si voy a la fuente y bebo agua, el agua no la aminoro, pero sí aumento las corrientes con las lágrimas que lloro, con las lágrimas que lloro”.
LOS BUENOS CANTAORES GITANOS
Los gitanos han tenido siempre un desgarre vital para su arte, y tanto si cantaban en las cuevas del Sacromonte, como si se estilaban en una juerga flamenca en los reservados de las viejas tabernas del “32”, “Los Manueles”, “La Escribanía”, o en las ventas cercanas, siempre ponían en la piel de los oyentes un escalofrío de emoción. Quizá de todos ellos, fue el más artista Francisco Moreno Hernández, “Paco el gitano”. Desde el Barranco de los Naranjos en que vivía, descendía al atardecer hacia el laberinto intrincado de “La Manigua”, en cuyas cercanías radicaban los principales bodegones flamencos. Como él se acompañaba a la guitarra, llevaba ésta siempre colgada del brazo, hasta encontrar la reunión de aficionados que lo contrataran para sorprenderse con su estilo, lleno siempre de letras singulares, como la de ésta jabera, en la que se recreaba:
“¡Malas puñalás te den
lleva ese niño a la miga, malas puñalás te den! -¿Cómo quieres que lo lleve si no tiene papalina?”.
Otro gitano cantaor que llenó una época en el Sacromonte es Juan Cortés Campos, llamado el “Cagachín”, quizás por compararlo con el pardillo, agradable pájaro trinador y nervioso. Con once años compitió en la vieja taberna de “Los Altramuces” con Antonio “El Calabacino” y Antonio “El Tejeringuero” y les ganó la apuesta, cantando por malagueñas:
“En el Campo Santo entré
yo vide una puerta abierta, y debajo de un ciprés estaba mi mare muerta ¡la pena que yo pasé!”.
Era especialista en granainas, con buen estilo y letras festivas:
“Subiendo pa el Avellano
me encontré una americana, cantando como un canario en lo alto de una rama”.
Otros gitanos cantaores de esa época fueron Carmona, el viejo “Habichuela” que tocaba y cantaba por las tabernas acompañado de su hija Marina. De esa misma época el cabrero “El Moraga” interpretaba con buen estilo las malagueñas, mientras Antonio “El Cotorrero” hermano de “La Jardín”, excelente bailaora, dominaba los cantes gitanos en sus actuaciones en las zambras, y Miguel Amaya Cortés, desde la cueva de “La Golondrina”, ponía también su cante quebrado y jondo en comunicación directa con sus cercanisimos oyentes.
Fuera de serie fue el también calé Juan Moreno Maya, “Juanico el Gitano” que recogió y transmitió la herencia de su padre “Paco el Gitano”. Era un hombre solitario que salió poco del Sacromonte, y que sentía el cante con amplitud total, aunque especialmente gustaba de las soleares:
“Deja que la gente hable
y de mí formen historias. Hago lo que me parece y estoy viviendo en la gloria”.
Más joven que él, “Maseillo” sentía atracción por la coplas duras, que cantaba agudizando mucho los falsetes. Siguiriyas y soleares eran lo principal de su repertorio aunque gustaba de los martinetes a estilo de Juan Pelao:
“Esgraciaito aquel que come
er pan por manita ajena: siempre mirando a la cara si la pone mala o güena”.
EL CONCURSO DE CANTE JONDO DE 1922
Intentando que no llegase a más la adulteración del flamenco, que había emprendido senderos comerciales y peligrosos para su pureza, el compositor Manuel de Falla tuvo la idea de organizar el Concurso de Cante Jondo, seguido por un notable grupo de artistas, escritores y las primeras figuras musicales del momento, entre los que se encontraban Ignacio Zuloaga, Santiago Rusiñol, Federico García Lorca, Miguel Cerón, Hermenegildo Lanz, Joaquín Turina, Juan Ramón Jiménez, Bartolomé Pérez Casas, Ramón Pérez de Ayala, Adolfo Salazar, Enrique Fernández Arbós, Tomás Borrás, Aga Lahowska, José María Rodríguez Acosta, Oscar Esplá, Manuel Ángeles Ortiz; y Antonio Ortega Molina, Antonio Gallego Burín y Francisco Vergara, como presidente, vicepresidente y secretario del Centro Artístico, Literario y Científico, que fue la entidad encargada de organizar tal certamen.
Corazón inspirador de los trabajos iniciales fue la tertulia reunida junto a Antonio Barrios, el “Polinario”, en su taberna de la calle Real de la Alhambra. Barrios era un gran tipo humano.
El crítico musical inglés John B. Trend (1887 - 1958, hispanista y musicólogo) nos da la pincelada de una tertulia en la taberna del “Polinario” en aquella época: “Una tarde el señor Falla nos llevó a una casa junto a la Alhambra. En el patio el pilar había sido ahogado con una toalla, pero no silenciado totalmente; se oía un ligero murmullo de agua que corría a la alberca. Don Ángel Barrios -hijo del “Polinario”- estaba sentado sin cuello y con toda comodidad, con la guitarra sobre sus rodillas. La había afinado de modo que, en cierta extraña manera, armonizaba con el agua que corría y estaba improvisando con sorprendente inventiva y variedad. Después se nos unió su padre, y el señor Falla le preguntó si podía recordar cantes antiguos. El viejo señor se sentó allí, con los ojos semi cerrados, con la guitarra en un constante acompañamiento. De vez en cuando levantaba su voz y cantaba una de esas raras y fluctuantes melodías del canto flamenco, con sus extraños ritmos y variaciones características de Andalucia, mientras el señor acompañaba, a veces rasgando cuerdas solas, a veces produciendo una especie de “melidrama” instrumental, tocando otras un contrapunto, tratando luego el canto como un recitativo y punteando con cuerdas “staccato”. El señor Falla apuntó las que le agradaron o las que era posible transcribir, pues una de las mejores estaba llena de “terceras y sextas neutrales”, intervalos desconocidos e inexpresables en música moderna”.
Tras la convocatoria del concurso comenzó una activa propaganda. Pero lo urgente era buscar aficionados por los pueblos y cortijadas que recordasen por transmisión oral los antiguos cantes y formar también, perfeccionándolos, a los jóvenes con ilusión de intervenir. Dos buenos intérpretes de lo jondo, Rafael Gálvez Aragón y Juan Crespo, exigente cantaor, sombrerero en las fábricas de la calle de Solares, organizaron la gratuíta “escuela de canto” del Centro Artístico. Miguel Cerón, Fernando Vílchez y Francisco Vergara, se lanzaron a seguir huellas de flamencos ignorados, como Encarnación “La mujer del Trompeta”, que vivía en casa de la antigua bailaora “La Oceana”.
La propaganda se cerró, con una velada en el “Palace Hotel” en que intervinieron Antonio Gallego Burín, Manuel Jofré, Federico García Lorca y Andrés Segovia. En la reseña periodística del acto se puntualizó: “La tarde fue para Federico García Lorca… “.
Tras varios días de pruebas selectivas, el concurso se celebró en la placeta de los Aljibes de la Alhambra, en las noches del 13 y 14 de junio en un escenario natural con decoración de faroles, mantones de manila, guirnaldas y cascadas de flores, mientras los asistentes pisaban una olorosa alfombra de matas de ciprés, arrayán y cantueso. La segunda noche, una lluvia repentina no pudo suspender el concurso, aguantando los espectadores con las sillas como paraguas.
El jurado fue excepcional. Lo presidía Antonio Chacón, integrándolo Andrés Segovia, ya “virtuoso” de la guitarra; Antonio Ortega Molina y Antonio Gallego Burín, como presidente y vicepresidente del Centro Artístico; Amalio Cuenca, maestro de la guitarra flamenca; Gregorio Abril, uno de los más autorizados e inteligentes críticos del arte jondo, según Fernando de Triana, y José López Ruiz, como secretario. Junto al tablado estaban también Pastora Pavón “NIña de los Peines”, Ramón Montoya, Juana “la Macarrona” y Manuel Torre.
Singular fue la actuación, en la primera jornada, de Diego Bermúdez “El Tenazas”, viejo cantaor que se había retirado de la vida activa al serle atravesado un pulmón de una puñalada y que al conocer la existencia del Concurso se desplazó andando desde Puente Genil. Y la llegada al mundo jondo de un cantaor excepcional, el niño Manuel Ortega “Caracol”. Junto a ellos Conchita Moya, “Pombo”, Conchita Sierra, Frasquito “Yerbabuena”, Carmen Salinas, Antonia Muñoz, la “ciega de la calle de la Cruz”, María Amaya “La Gazpacha”, José Soler “Niño de Linares”, y “La Goyita”, acompañados por José Cuéllar, el “Niño de Huelva” y el profesional Ramón Montoya.
Los vencedores del cante fueron Diego Bermúdez, Manolo “Caracol”, Frasquito “Yerbabuena”, José Soler, Carmen Salinas, ”La Gazpacha”, Conchita Sierra y “La Goyita”, y en la guitarra Pepe Cuéllar y el “Niño de Huelva”.
Pero tras el resultado del Concurso, se acentuaron aún más las posiciones extremistas. En “El Sol” de Madrid escribía Rodríguez de León, desde Sevilla: “El Concurso de Cante Jondo de Granada ha causado sus estragos… En Granada se celebró el entierro del Cante Jondo. Aquí se ha celebrado una misa cantada, en sufragio del alma del finado, muerto por los profesionales del mercantilismo”. Mientras tanto, también Gallego y Burín levantó su voz en la Corte: “La obra del Concurso de Granada es el primer paso para descubrir lo ignorado de Andalucía… Es romper con esa época de miedo que estimaba de mal gusto, y de antipatriótico, defender y fomentar nuestro propio ser”. Y Ramón Gómez de la Serna puso en el aire castellano una sonrisa de greguería flamenca: “La guitarra se ríe del violín, porque el violín necesita bastón y ella no”.
El Concurso, en realidad, tuvo como consecuencias desventuras y venturas. Manuel de Falla con su gran potencia de ilusión, y al que se debe totalmente la organización del mismo y el que se movilizasen a su alrededor las más prestigiosas figuras de la Literatura, la Música y el Arte en general -y los granadinos todos a través de la capacidad de atracción del Centro Artístico-, Manuel de Falla, decimos, halló en los resultados últimos una inmerecida amargura, que él apuntó en sus cartas. Pequeñas cominerías granadinas decepcionaron al insigne compositor, y desde ese instante, en su obra no vuelven a aparecer sus habituales trasfondos jondos. Después surge otro Falla nuevo, distante de sus esperanzas populares andaluzas del año 1922.
Sin embargo, dos clarísimas influencias favorables surgieron a causa del Concurso. La de que lo jondo, tan alejado antes de la afición de los intelectuales españoles, especialmente de la generación del 98, incidiera ya para siempre en sus gustos, elevándose el nivel de comprensión y se valorara como una de las más interesantes aportaciones del folklore nacional. Y también que un poeta como Federico García Lorca abandonara las iniciales sendas rubenianas para marchar, libre de influencias, por un populismo acentuado y de plásticas metáforas. La preparación del Concurso de Cante Jondo supuso una íntima vivencia con la Andalucía flamenca y gitana, y así, en 1921 escribe los primeros versos del “Poema del Cante Jondo” editado diez años después, y se prepara para el “Romancero gitano”, que hubo de darle su primera popularidad mayoritaria.
GUITARRISTAS GRANADINOS DE ESTE SIGLO
Castellanos y calés se han disputado el cetro de los guitarristas flamencos de este siglo. La mayoría de ellos fueron profesionales y una brillante minoría siguió la tradición granadina de tocar para ellos mismos, o para sus amigos íntimos.
Manuel Jofré, a quien en broma llamaban sus alegres allegados “Niño de Baza”, fue un singular aficionado a la guitarra, gran concertista de aires flamencos, y uno de los mejores intérpretes de lo jondo en Granada. Con su guitarra de “palo santo”, en sus reuniones en los cármenes con Miguel Cerón, Francisco González Méndez, Fernando Vílchez, Francisco Vergara y Hermenegildo Lanz, ponía una emoción aprisionante con sus toques asombrosos, cerrados con el sobrio patetismo de “Preludio para la Petenera”. En el acto final de propaganda del Concurso del año 22 hubo en el Hotel Palace una competencia genial en que Andrés Segovia interpretó unas soleares, y Manuel Jofré unas peteneras y siguiriyas. Tras de Jofré, otros dos guitarristas castellanos: José Cuéllar y Miguel López. José Cuéllar Casanova era hijo del Cuéllar de los Cafés Cantantes y posteriormente dueño de “La Montillana”, por donde pasaron todos los grandes artistas flamencos. Con 23 años se presentó al Concurso de Cante Jondo alcanzando el premio de guitarrista. Después, de manera regular, sólo acompañó a aficionados que cantasen bien. Como profesional Miguel López González, “El Santo”, fue discípulo de Jofré y es excelente guitarrista. Toca muy bien a compás, sin muchos “colorines” pero con gusto y ajustadamente. Fue durante años acompañante de Frasquito “Yerbabuena”, quien lo lanzó en el mundo del flamenco dándole el sobrenombre de “Santo”, por ser hombre muy callado.
Una serie de tocaores gitanos forman un recio grupo muy importante. Juan Hidalgo “Ovejilla”, sólo mitad calé, era hijo de Manuel “el del Acordeón”, respetado por los de su raza como “alcalde” del Sacromonte. En su época fue uno de los mejores intérpretes y estuvo en América y París con la zambra de los Amaya. Dos gitanos, “Chorrojumo” (hijo) y “Pataperro”, han ofrecido las características especiales del arte sacromonte, en el que han sobresalido especialmente los dos guitarristas apellidados Román, Salvador “El Mocarras” y Cándido “El Morao”, que eran hijos del tuerto Salvaorillo. Salvador resultó un fuera de serie de la guitarra, pero vivió poco centrado. Era extraordinario en la ejecución, en la que no imitó a nadie, improvisando con falsetes de gran sensibilidad, sacándole un sonido especial a su instrumento. Hubiera sido magistral de no entregarse a una vida bohemia. El “Morao”, Cándido Román, tiene diferencias de carácter con su hermano. Toca bien aunque sin alcanzar la altura del “Mocarras”, siendo inteligente y habilidoso.
Junto a ellos, otros guitarristas gitanos: Juan Maya, “el Marote”, excelente tocaor de fama internacional, ensamblado en una familia sacromonte de artistas. Su abuelo, Juan Fajardo, era también tocaor y su madre, Pepa “La Marota”, fue bailaora en la zambra desde sus once años. Y Juan Carmona “El Habichuela”, uno de los mejores guitarristas españoles actuales para acompañar el cante, por lo que es solicitado por los relevantes maestros.
Con un grupo más de notables guitarristas, todos ellos castellanos, llegamos a nuestros días. Uno, Eduardo González García que sólo toca en peñas de amigos y aficionados. Tiene una gran sensibilidad y conocimiento instrumental y es de los fundadores de la “Peña de la Platería” en donde ha actuado siempre con largueza en sus sesiones inolvidables. A Vicente Fernández Maldonado, “El Granaino”, se le conoce internacionalmente, pues corrió bastante mundo. Tiene grabada una amplia discografía. Es invidente y su profesor fue el maestro Recuerda. Acompañó a “Canalejas de Puerto Real”, Juanito Maravillas, Pepe Palanca, Antonio Mairena…
Otro aficionado singular, magnífico intérprete que ha seguido con ilusión todas las rutas de los festivales flamencos, es Manuel Martín Liñán. Toca con excelente sentido del ritmo y realiza variaciones admirables. Actualmente es presidente de la “Peña de la Platería” y en un salón de cante, frente al paisaje lleno del misterio nocturno de las torres alhambreñas, todos los sábados acompaña a docenas de cantaores no profesionales, en un gozo artístico agotador e ilusionante.
Y el último de nuestros tocaores en turno, y primero por la dimensión total de su arte y la difusión personal en varios continentes es Manuel Cano Tamayo. Sus quince guitarras de concierto, algunas de ellas escuchadas en Finlandia, Rusia, Japón, Egipto y los más cultos países de Europa y América son buena prueba del cariño que siente por el instrumento más jondo. Un centenar de discos recogen sus interpretaciones: tres premios -el internacional al disco flamenco (1964), el Primer Premio para Guitarra flamenca de concierto en Córdoba (1965), y el Premio Nacional de Flamenco (guitarra) de Jeréz de la Frontera (1968)- nos sirven para contrastar la muestra absoluta de sus inmejorables interpretaciones flamencas.
FRASQUITO “YERBABUENA”, EL AÑORADO
De todos los cantaores granadinos, Frasquito “Yerbabuena” es el gran añorado, y gran desconocido actual, del cante jondo. Al estudiar la discografía del cante andaluz, no hallamos ningún disco con su voz, ya que si fue una vez a Barcelona para grabar, incitado urgentemente por sus amigos, volvió pronto a su ciudad sin realizar la faena, porque le resultó antipático el inglés que dirigía los estudios, y se negó a someterse a sus indicaciones. Sin embargo, desde su época a la nuestra, una serie de maestros han dejado en los catálogos discográficos coplas “a estilo del Yerbabuena”, desde Joaquín Vargas, “El Cojo de Málaga” con sus “Granaínas de Frasquito Yerbabuena”, hasta Enrique Morente, con “Cantes de Yerbabuena”. Francisco Gálvez Gómez, fue el más extraordinario aficionado que cantaba para él y sus amigos, ensamblado con cariño y comprensión con el ámplio mundo flamenco de su época. Era hombre alegre, cordialísimo y generoso, ejerciendo gran dominio sobre las gentes. Cantaba desde niño con una sabiduría sensible para las granainas, y a los tientos les dió una fuerza especial. Los cantes de Granada, los decía con un gusto singular, de gran ternura melódica:
“Cipresicos de Graná
que estais mirando a la vega, decidle a la del cortijo que la quiero y que me quiera… “
Y a veces, algo de picardía sonriente:
“En la Cruz Blanca del Barrio
un sereno se dormía, y la Cruz le daba voces: ¡sereno, que viene el día!”.
“Yerbabuena” era hijo de otro gran cantaor aficionado: Eduardo Gálvez Fernández, industrial adinerado que poseía un puesto de venta en la Pescadería. Cantaba sólo en la intimidad, con un estilo muy ajustado, soleares, siguiriyas y serranas. Esa gran exigencia de ejecución la proyectó siempre hacia su descendiente.
UNA LEGIÓN DE CANTAORES DE ESTA TIERRA
La inmensa mayoría de los que han cultivado el cante en Granada resultan casi desconocidos fuera de su tierra, por su carácter intimista, poco propicio a darse a conocer en el exterior, y, desde luego tendentes a no profesional su arte. Damos una breve reseña de los más caracterizados, algunos de los cuales aún viven, aunque apartados del cante:
José Marlín Berrio, “Pepe el de Jun”, se estilaba con gusto en su tabernilla de la calle Laurel de las Tablas. Soleares y siguiriyas eran de su predilección:
“¡Ay, ay!
¿Sabes por qué te dejé? Por consejos que me dieron y como niño tomé. Cuando yo más te quería sabes por qué te dejé”.
Uno de los cantaores más completos fue Nicolás Martínez García, el “Tuerto de Graná”, quien también se acompañaba a la guitarra. Conocía todos los estilos, siguiriyas, soleares:
“Cuando paso por un templo
a Dios le pido salú, porque la poca que tengo me la estás quitando tú”.
Y granaínas de letras no repetidas:
“Que nunca te orviaré,
adios calle Real de Alhama, que nunca te orviaré, nacimiento de las aguas donde la salú cobré adios, calle Real de Alhama”.
Siguiriyas y tonás, con gran voz, eran especialidad de Salvador Ubago, “El Alfiler”, quien cantó con el Torre en fiestas privadas, mientras “El Niño de la Mimbre”, Manuel Quero, hacía los cantes de José Cepero y admiraba y seguía el arte de Juan Breva.
La generación del tiempo de Manuel Soler Palma, “Faquillas”, fue amplia de cultivadores del flamenco. Soler, botones del Centro Artístico en la época exaltada y jonda del Concurso, estuvo toda su vida inserto en el mundo del cante granadino. Apasionado del estilo del jerezano Cepero, bastantes veces el “Yerbabuena” lo unió a su corro para oirle cantar largamente. Propietario luego de una taberna en el Campo del Príncipe allí se centró la afición a los cantos andaluces y pudieron oír las interesantes voces de cantaores antiguos, gracias a la extensa colección de viejos discos gramofónicos que logró reunir a lo largo de trabajosa búsqueda. De su tiempo, Antonio Martínez Camacho cantaba con amplia voz granainas y malagueñas con el estilo de Enrique “El Mellizo”. En cantos de Levante y peteneras estaba especializado Eulogio Crespo “El Pellejero”, con bonita y afinada voz, mientras conocía todos los estilos el tallista Pepe “El Chicharro”, aunque prefiriese las malagueñas con el aire de don Antonio Chacón. Acaso, perseguido por su pasado, “El Milena” ponía en la voz un dramatismo hondo y recordante. Y Francisco Torres, de la familia de “Los 14”, lanzaba en el barrio del Realejo sus “Caracoles” con gran aire interpretativo. Y también se oían en las tranquilas noches granadinas las soleares de “Pepe por Dios”, los cantes de la tierra, por “El Tomillo”, y las coplas de “Carlillos”, albañil, simulando el pregón de un vendedor de frutas:
“Ya le picó
ya le picó el pajarillo a la breva… “.
LA EMOCIÓN DE LAS SAETAS
En Granada, gitanos y castellanos han rivalizado en cantar emotivas saetas, pero la princiàl intérprete fue María Amaya Fajardo, “La Gazpacha”. De raigambre familiar en las zambras del Sacromonte, con 19 años intervino en el Concurso de 1922, cantando bulerías y tarantas y conquistando uno de los premios. Era gran saetera y durante bastantes años cantó frente a los pasos procesionales granadinos. En la Exposición Internacional de Barcelona en que intervinieron dos conjuntos sevillanos del Maestro Realito y la zambra de Manolo Amaya, “La Gazpacha” compitió con todos en el concurso de saetas ganando la copa por su bella interpretación. Quizás quien tuvo una más amplia vida profesional como saetero fuera Francisco González Arquero, “Niño del Gas”, que cantó siempre con estilo propio, consiguiendo tres premios primeros en Concurso de Saetas. Frente a él cantanron la “Niña Salinas”, Rosario la mujer del “Parranda”, y José Roldan, el “Niño del Tornero”. Como buen aficionado a las cantiñas granadinas e intérprete de saetas recordamos a Joaquín Bernabé Peralta, cerrando éste conjunto con Miguel López, “Miguelillo el de las Saetas”, quien con una voz de torrente poseía mucha fuerza en el cante, interpretando con buen estilo cañas, livianas y malagueñas.
LO JONDO SIEMPRE PERDURA
Aún podemos recoger media docena de cantaores que dan certidumbre del ambiente flamenco de Granada. Cosecharon gran prestigio Manuel Celestino Cobo, “Cobitos”, que aunque nacido en Jerez desenvolvió en Granada toda su vida jonda, con amplio abanico del más puro cante. Igualmente Manuel Torres Sánchez y Guzmán Albea, quien tiene una buena discografía, con siguiriyas, soleares, polos, serranas y tarantas. Y casi alucinado por el cante jondo en toda su gama, que ganó múltiples premios sin desear la profesionalidad. Manuel Ávila, de Montefrío, estudioso siempre de coplas antiguas. Como un calé lorquiano, José Maldonado Maldonado, “Pepe Albaicín”, se mantiene firme cantando en su pureza los cantes gitanos, ilusionado con perpetuar en las voces poemas de García Lorca, los ha vertido en serranas, tientos y fandangos, con buena discografía que recoge también la belleza de las granainas. Y destacándose para un primer lugar en el arte jondo, Enrique Morente, nacido en 1943 en el Albaicín. Discípulo de Pepe “El de la Matrona” ganó un concurso de malagueñas en Madrid, siendo el primer cantaor que actuó en aquel Ateneo. Tiene grabados tres L.P. con una amplia selección de viejos cantes. Es una voz joven y vital. Él lo ha dicho: “Lo que te hace cantar es la vida”.
Nota: Hace tres años y medio (25 de diciembre de 2022) escribí para el Adarve un artículito en Memoria y Recuerdo de “ENRIQUE MORENTE COTELO”. Para verlo / leerlo / oirlo… pulsar aquí>>>... y, unos meses después (21 de septiembre de 2023) escribí un articulito para el Blog del Adarve, que titulé: “LA “FUNDACIÓN” DE ENRIQUE MORENTE”. Para acceder a él, pulsar aquí>>>
La vida, que también transcurre para lo flamenco en la ciudad. Todos los años, desde 1956 en que el Ayuntamiento granadino creó el Festival anual de Cante Jondo -con inicial cartel de Manuel Ángeles Ortíz- vienen a cantar las más relevantes figuras flamencas al Paseo de los Tristes, en un sobrecogedor paisaje de fantasía lírica, coincidiendo con las fiestas del Corpus Christi.
Nota: Relacionado con MANUEL ÁNGELES ORTÍZ, he escrito para el Adarve tres (3) articulitos. Para acceder a ellos, pulsar en el enlace del texto: “HERMENEGILDO LANZ GONZÁLEZ” - “JOAQUÍN SOROLLA Y GRANADA” - “CASA - MUSEO MANUEL DE FALLA”.
La vida, que suma generaciones y que sigue impulsando a los jóvenes hacia las viejas sendas flamencas. Quizás, en gran parte, con el aliento de Manuel Salamanca Jiménez, platero de lo más fino, con el corazón como joya labrada, y en el que engarza los cantes escuchados a los grandes maestros. Él siempre vivió en actividad flamenca, cultivando los cantes de Málaga y Granada. En su pequeño taller de la calle San Matías se reunía, después de la faena, un grupo de amigos para admirar disco tras disco en el gramófono -su colección es excepcional- las interpretaciones y los estilos. Así nació la flamenca “Peña de la Platería”, que dejó de ser minoritaria, trasladada a un hermoso carmen albaicinero; y aunque tiene como presidente de honor a Manuel Salamanca, la preside el excelente guitarrista Manuel Martín Liñán, siendo flamante semillero en el que crecen en arte puro los futuros cantaores granadinos.
Nota La periodista Blanca Durán, escribe el 29 de abril de 2012 para “Granada Hoy”, el artículo que titula “Manuel Salamanca, un hombre JONDO”, que quiero transcribir (en parte) a continuación: “A finales de los años 40, escuchar flamenco en Granada no era nada sencillo. Los escasos discos de pizarra que se producían apenas salían de ciudades como Sevilla, Cádiz o Málaga y los jóvenes artistas que despuntaban no encontraban lugares en los que mostrar su talento. Manuel Salamanca era platero de oficio en esa misma Granada, pero su corazón latía con compás flamenco. La afición le venía desde niño, desde aquellos años en los que escuchaba el cante que salía de la gramola de la Taberna de Juan en la calle Duquesa y se quedaba fascinado, y en los que acompañaba al sereno Nicolás 'El Tuerto', que cantaba por unas entonces desconocidas soleás y seguirillas. Al oficio se hizo trabajando con su hermano Miguel en un taller donde las joyas, además de oro y plata, estaban hechas de pizarra y sonaban, y que sirvió para dar nombre a la peña flamenca que él fundó en 1949 y que hoy es la decana en su género en todo el mundo: La Platería. Salamanca guardaba en su taller de la calle San Matías una colección de unos 500 discos de flamenco que había ido recopilando durante años que eran el mayor de sus tesoros y que aún hoy siguen formando parte de una de las mayores colecciones de discos de pizarra de flamenco que existen en el mundo. "Recorría Andalucía entera en busca de los discos que se publicaban y no le importaba estar varios días de viaje si luego traía consigo de vuelta una pieza única", cuenta Carlos Alberto García, uno de los bisnietos de Salamanca. Eran joyas únicas de Manuel Torre, Terremoto, Juan Breva, Cayetano 'El niño de Cabra', Niño Gloria, El Tenazas, Antonio Mairena, La Niña de los Peines y de tantos cantaores que le maravillaban y que nunca se cansaba de escuchar. Los fines de semana a eso de las ocho de la tarde, cuando terminaba su trabajo, abría su platería de par en par a varios amigos y aficionados al flamenco. Allí se congregaban unas doce o catorce personas en torno a una vieja gramola de la mítica marca La Voz de su Amo para escuchar los discos e intercambiar opiniones acerca del flamenco. Las reuniones se podían alargar fácilmente hasta la medianoche y, en ellas, y casi como un rito, nunca faltaba bacalao, cebollas en vinagre, aceitunas, porrones de vino y tabaco picado. Gente como Agustín Viana, Paco 'El del Gas', Rafael Olmo, Pepe Fenó, Eduardo Gálvez, Emilio Fuentes, Pepe Luque o El Compadrito eran algunos de los habituales de esas tertulias, aunque los miembros se iban multiplicando a un ritmo muy rápido, tanto que casi siempre andaban pidiendo prestadas sillas a los vecinos. Allí todo buen aficionado era bienvenido, aunque lo que se escuchaba tenía que llevar el visto bueno de Salamanca, que siempre se caracterizó por su férrea defensa del cante puro y más ortodoxo. "Fue un hombre que se preocupó de que el cante fuese por derecho, de que no hubiese prostitución del cante, y cuya labor ha trascendido hasta hoy día", recuerda el cantaor granadino Juan Pinilla. En esos años, la fama de Manuel Salamanca como gran conocedor del flamenco se fue extendiendo por la ciudad y su asesoramiento era casi obligado para cualquiera que pretendiese organizar un festival flamenco y su valoración fundamental para todos los concursos. Así, se encargó de la dirección artística de una actuación de cante jondo integrada en el programa del III Festival Internacional de Música y Danza de Granada a la que estaba previsto que asistiese Antonio Mairena, posiblemente el mejor cantaor de la época. Mairena pidió 500 pesetas por cada una de las tres noches que iba a actuar junto a su guitarrista, El Morito,y Salamanca le respondió argumentando que en Granada había muy buenos tocaores y que si no lo hacía con alguien de la tierra no habría actuación ninguna. Y no la hubo… Las tertulias se fueron haciendo poco a poco famosas por el boca a boca, así que un Guardia Civil con sueño fácil siempre terminaba entre ellos para vigilar lo que se hacía en aquellas reuniones. Aquellos años, el flamenco, lejos de considerarse Patrimonio de la Humanidad como ahora, se asociaba al vicio y a la gente de clase baja, por lo que sus clientes de la platería -normalmente granadinos adinerados- dejaron de ir a su taller y el trabajo, por culpa de esa pasión por el flamenco, comenzó a faltar. En 1954 su hermano Miguel fue arrestado y posiblemente fusilado en cualquier cuneta, porque nunca más volvió a saber de él. Manuel, que tuvo algo más de suerte, se marchó con su mujer y sus dos hijos a Brasil con sus herramientas de platero y su colección de discos prácticamente como único equipaje. Fueron unos años complicados, aunque se solventaron a base de mucho trabajo y reuniones entre españoles promovidas por Salamanca en las que siempre sonaba flamenco y algunos de ellos, como su hija Gracia, derrochaban arte con su cante, tanto que incluso llegó a grabar un disco allí. Quince años tardó en poder regresar a Granada, una ciudad donde la peña que fundó siguió creciendo de la mano de Manuel Martínez Liñán y que, justo a su llegada, le quiso rendir homenaje. Pero Salamanca sentía que esa Platería ya no era la que él creó y recordaba, así que comenzó a hacer reuniones paralelas en la Peña Manuel Salamanca, por la que pasaron algunos de los mejores artistas de la ciudad”.
CINCUENTENARIO DEL CONCURSO DE 1922
Si la memoria de los triunfadores se difuminó a lo largo del tiempo, no fue así en Granada, ni el Centro Artístico. En una de sus salas se conserva la gran caricatura de la segunda noche del certamen obra del socio Antonio López Sáncho, uno de los grandes dibujantes humoristas, en la que aparecen “retratados” los socios y artistas organizadores del Concurso. Y al llegar el Cincuentenario de aquéllos días el Centro Artístico Literario y Científico nuevamente izó la bandera del 1922, organizando, no sólo unos brillantes actos de conmemoración literaria y flamenca, sino que, captando el espíritu de Manuel de Falla, reeditó en bello facsímil el folleto escrito por el compositor para propagar la historia e influencia del primitivo cante andaluz, y convocó un nuevo concurso para cantaores aficionados, similar al de 1922, en el que ha sido alma colaboradora la flamenca “Peña de la Platería”. Lo que Manuel de Falla soñó en su primera época granadina, ha florecido cincuenta años más tarde. Aquellas 12000 pesetas con que subvencionó el Ayuntamiento de Granada -y no por unanimidad- el intento de restaurar la pureza del cante jondo, dieron a largo plazo su fruto, ofreciéndose en 1972 la colaboración entusiasta del Ayuntamiento, la Diputación Provincial, la Universidad y la Dirección General de Bellas Artes, que ha llevado por vez primera el cante jondo, con entidad propia, a los Festivales Internacionales de Música y Danza. El Cante Jondo ha ganado la batalla iniciada hace medio siglo, cuando, casi, se publicó su esquela de defunción en los periódicos, tras cincuenta años, no sólo conquistó las masas, sino que es entendido y se defiende con pasión por los intelectuales, pidiendo autenticidad y rigor. Y todos poseen un punto de referencia. Todos miran con sensible emoción aquél 1922, un poco mítico, como si reencontrasen dentro de sí aquel “Después de pasar” del “Poema del Cante Jondo” de Federico García Lorca:
“Los niños miran
un punto lejano. Los candiles de apagan. Unas muchachas ciegas preguntan a la luna, y por los aires ascienden espirales de llanto. Las montañas miran un punto lejano”.
NOTA FINAL
Para conmemorar el Centenario (1922 - 2022) del Concurso de Cante Jondo, se celebraron en Granada un gran número de actividades culturales y musicales, organizadas por el Ayuntamiento, la Diputación Provincial, la Federación de Peñas Flamencas, el 71º Festival Internacional de Música y Danza de Granada, el Patronato de la Alhambra y el Generalife y el Archivo Falla, entre otros.
Quiero finalizar éste articulito sobre el “CANTE JONDO GRANADINO”, de don Eduardo Molina Fajardo, con un vídeo de TG7 - Televisión Municipal Ayuntamiento de Granada, que es un coloquio titulado: “Especial Cante Jondo entorno a Manuel de Falla”.
Colofón
El siguiente artículo - fascículo que publicaré en “PATRIMONIO GRANADINO”, es el escrito por don Emilio Orozco Díaz (1909 - 1987), catedrático de Historia de la Lengua Española y Literatura Universal en la Universidad de Granada (uno de los principales especialistas en literatura española del Siglo de Oro), y titulado: “La Cartuja de Granada: el Sagrario”.
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