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“ALCAZABA Y TORRES DE LA ALHAMBRA” (1971) del historiador y arqueólogo granadino Jesús Bermúdez Pareja (1908 - 1986), Director del Museo Arqueológico de la Alhambra y Director del Museo de Bellas Artes de Granada. INTRODUCCIÓN En un grabado del siglo XIX aparece reproducida la Torre de la Vela a un lado y las Torres Bermejas al otro, con el profundo foso de la Cuesta de Gomérez en medio. Al pie de la composición se lee: “Los dos castillos de Granada”, sin duda porque en aquella época eran el más aparente testimonio de la defensa medieval de la ciudad, aunque no fueron estos los únicos castillos que la protegieron. En la cumbre de los montes que la respaldan se alzan testimonios de la torre-castillo del Aceituno (hoy ermita), del Castillo de Santa Elena o Silla del Moro, del castillo palaciego de los Alijares y, en lo bajo, persiste algo más que el recuerdo de los castillos de la Puerta de Elvira y de Bibataubín, plantados ante la frondosidad de las huertas inmediatas. Entre unos y otros, sobre el monte que ahora llamamos Albaicín, la enorme Alcazaba Cadima conserva también parte de sus murallas, torreones y entradas. Hasta la Mezquita mayor de Granada tenía apariencia de castillo, en el corazón mismo de la ciudad, como lo atestigua el romance de Abenámar. La Alcazaba de la Alhambra y Torres Bermejas casi siempre formaron dos partes de un mismo conjunto defensivo, entre el río Genil y Darro. Desde los cármenes y jardines de Granada, entre plantas flores se veían relucir como plata las almenas blancas del castillo sobre la loma roja de la Sabika en que se apoya y nunca debió abrumar a la ciudad, como los castillos de otros burgos medievales; por el contrario, “La Sabika es una corona sobre la frente de Granada, en la que querrían incrustarse los astros. Y la Alhambra (¡Dios vele por ella!) es un rubí en lo alto de esa corona”. Entre la multitud dispersa, pintoresca y desportillada de los castillos musulmanes de España, la Alcazaba de la Alhambra de Granada mantiene un rango sin duda importante. Sin embargo es cierto que la proximidad de palacios con patios, jardines y fastuosa decoración de mayor espectacularidad, desvió de ella la atención. Ni los conservadores de la Alhambra, ni los estudios o las guías descriptivas, le han prestado especial atención, salvo en contadas y pasajeras ocasiones, y esto ha contribuido no poco a desdibujar su importancia y su verdadera naturaleza. Incluso don Manuel Gómez Moreno*, a quien debemos la mayor cantidad de datos documentales y de observaciones valiosísimas sobre la Alcazaba, afanado en otros trabajos, sólo pudo dedicarle estudios parciales sin encontrar oportunidad para dejarnos una interpretación completa del proceso histórico y del dispositivo estratégico del monumento. Nota*: Manuel Gómez Moreno González (1834 - 1918), pintor, arqueólogo e investigador granadino. Además de ser defensor comprometido del patrimonio artístico de Granada, fue miembro de la Comisión de Monumentos, de la Academia de Bellas Artes y miembro fundador del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada. No obstante desde fines del siglo XIX comenzaron a liberarla de enorme cantidad de escombros y de construcciones parásitas, aunque todavía queda mucho por hacer para conocerla bien y presentarla mejor, apenas se la conoce como fortaleza porque continúa visitándose como mirador, desde donde contemplar espléndidos panoramas. Por eso, si la magnificencia del espectáculo que ofrece la naturaleza en torno al recinto deja un resquicio a la curiosidad, casi no es posible descubrir a cierta distancia, entre restos incompletos y una vegetación espontánea, qué pueda ser la Alcazaba. Para el visitante y aún para algunos expertos, ésta queda prácticamente al margen de su visita, sin que lleguen a percibir que dejan de ver una de las mejores alcazabas andaluzas, estando en ella. El Jardín de los Adarves y los versos sentimentales de Icaza*, incrustados en una torre, destacan aún más las delicias de esos paisajes que dominan y crean un ambiente poético que en nada perturba la importancia monumental de la Alcazaba, pero que tampoco ayudan a reconocerla. Nota: Icaza = Francisco de Asís de Icaza Beña (1863 - 1925), crítico, poeta e historiador mexicano afincado en España. Autor de los versos “Dále limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”. Otras cosas en cambio la desfiguran notablemente como, por ejemplo, la rampa y puertecilla que el público usa para subir a ella. Nada más diferente a la entrada a una gran fortaleza ni menos digno de su categoría, que el mezquino postigo, más rural que castrense, por el que se nos hace pasar a la Alcazaba. Con este postigo resultó perpetuada una brecha de emergencia, abierta a raíz de la conquista para servicios incluso ya ajenos y diferentes a los de una fortaleza. Con él se abría una intercomunicación directa entre el castillo y la ciudad palatina, que antes sólo existió de modo muy restringido, a nivel de altos adarves guerreros bien protegidos por construcciones que desaparecieron. Se haría imprescindible como paso más directo, ya sin peligros, y para reemplazar provisionalmente a la entrada única de la Alcazaba, que había sido inutilizada casi por completo. A fines del siglo XVI, al renovar la silueta y aspecto del muro en que se abre, iniciaron la sustitución del postigo por la puerta que estaba pidiendo la urbanización de la Plaza de los Aljibes y la nobleza de la Alcazaba Pero la nueva puerta quedó en iniciación y continúa la provisionalidad centenaria del postigo moderno. Como provisional debiera considerarse también el desacierto que se tuvo a comienzos de éste siglo al envolver el exterior de la Alcazaba con una densa y anárquica arboleda, con la que quisieron imitar la magnífica función decorativa que tiene, más hacia levante, la arboleda del bosque Norte, situada muy por debajo de los palacios, sin estorbarlos ni ocultar nada. Hasta entonces las lomas de la Alcazaba estuvieron casi desnudas y sus cañadas matizadas por almendros y monte bajo y por altos chopos y peralejos ahilados desde profundas chorreras, como las alcanzaron a ver los grabadores románticos y nos lo muestran dibujos y pinturas del siglo pasado. Aquella vegetación acentuaba la esbeltez de los torreones y el aspecto fuerte y pintoresco del paisaje que servía de base al castillo, al mismo tiempo que establecía un contraste muy expresivo de dos sectores tan diferentes como hasta entonces lo habían sido los de la zona Norte de la Alhambra. HISTORIA En el solar de la Alcazaba de la Alhambra debió haber alguna fortaleza desde época temprana, por el valor estratégico de su emplazamiento junto a encrucijadas vitales y a agua. No es posible por ahora establecer relaciones concretas entre aquéllas defensas que es preciso suponer para resguardo de tales encrucijadas y la Alcazaba medieval de la Alhambra. Parece deducirse de unos versos del poeta Al-Abli*, que en el año 860 existía ya un castillo en el solar de la Alcazaba de la Alhambra,en el que se refugian tropas musulmanas acosadas por los indígenas andaluces y cuando los historiadores musulmanes se refieren a otros episodios similares del año 889, le dan el nombre de Qalá Hamrá, es decir, el castillo rojo, lo que podría suponer que entonces era ya un castillo viejo, puesto que estaba rojo, como lo están hoy casi todas las envejecidas construcciones medievales de la Alhambra y Torres Bermejas, cuyos paramentos originalmente fueron blancos. Pero la base del muro de la Alcazaba y la de algunas torres de él no son de tapial ferruginoso y blando, sino de hormigón gris, muy duro, revestido de fuerte estuvo de cal blanca. Nota: Al-Abli = Abdarrahmán o Abdállah Al-Abli. Poeta (siglo IX). Originario de Abla, un castillo y alquería entre Almería y Granada, que se encontraba en la vía de comunicación principal entre Guadix y Pechina, la que había sido la antigua calzada romana que unía ambas ciudades. El envejecimiento de éste tipo de construcción, que pudiera atribuirse a una obra tardo latina o visigoda y que persiste en la Alta Edad Media, no daría un castillo rojo, salvo que la obra se tiñera por el polvo rojizo del suelo que a veces satura el ambiente. Es muy probable también que el rojo de los estucos de los muros primitivos se acentuara con las precipitadas reconstrucciones nocturnas de los aportillamientos producidos durante el día por las furiosas embestidas de los sitiadores de Sauwar* en el 890. Nota: Sauwar = Sawar Ibn Hamdum al-Qaysi. Dice la leyenda que en la etapa zirí – en el siglo IX-: “Fue Sawar -se refiere a Sawar Ibn Hamdum al-Qaysi- quien edificó la medina o ciudadela de la Alhambra de noche y a la luz de los hachones que relumbraban y, como los árabes de la Vega les parecía roja por el resplandor, de ahí tomó el nombre de Alhambra -la Roja” (Ibn Al-Jatib). Estas reconstrucciones pudieron ser hechas con las excelentes, muy rojas y rápidas alpañatas* locales, en tanto que un poeta por cada bando improvisaba ardorosas poesías que arrojaban al enemigo para desmoralizarlo, oponiendo la fuerza sutil, psicológica, de la poesía, a la fuerza de una sólida arquitectura castrense. Notable testimonio de que en las primeras escaramuzas de los musulmanes en Granada se acusa ya ese lirismo ambiental que matiza los desafíos caballerescos que precedieron a la Guerra de Granada y que hacía decir a García Gómez que guerra más poética que la de Granada no la conocen los anales del mundo moderno. Nota: alpañata = Según el Diccionario de la RAE: “f. Gran. Tierra gredosa de color muy rojo”. Abd Allah* en sus Memorias, nos informa de cómo en el siglo XI el judío Ibn al-Nagrila*, visir de su abuelo, construye para su refugio la Alcazaba de la Alhambra, cuya existencia anterior es evidente. A nadie puede sorprender esta forma de valorar la reconstrucción de una obra antigua haciéndola pasar por totalmente nueva. Pensaría sin duda el visir tomarla como refugio, pero también como defensa del barrio aristocrático judío de Granada, que al extremo septentrional de la judería debió levantarse, arropado al pie de la Alcazaba, como luego en el siglo XIII hicieron los nazaríes al otro lado de esta misma fortaleza. Notas:
También procede de Abd Allah un dato interesante para la Alcazaba de la Alhambra en el siglo XI, cuando relata la conquista que hizo de la fortaleza de Belillos, en la Vega de Granada, que acababa de ser construida con la ayuda de un contingente de soldados de Alfonso VI*. Dice Abd Allah que le fue muy útil ésta conquista para conocer los adelantos defensivos de los castellanos y aplicarlos en la renovación de las fortalezas granadinas. Nota: Alfonso VI = Alfonso VI de León, llamado “el Bravo” (1040 - 1109). Durante su reinado, se produce la conquista de Madrid (1079) y la conquista de Toledo (1085) y tuvieron lugar las batallas de Sagrajas (1086), Consuegra (1097) y Uclés (1108). Otro dato de las Memorias de Abd Allah es la incorporación de la Alcazaba al recinto general de Granada, confirmada más tarde por el Idrisi” en el siglo XII. Al siglo XI se refiere también el sistema de aguada establecido por la muralla que desde la Alcazaba desciende a la Puerta de los Tableros, cuyos restos pasan hoy por Puente del Cadí. En la jamba que persiste en la margen izquierda del río Darro se conserva la estrecha poterna, servida por doble escalera interior para facilitar la aguada sin dificultarse al bajar y subir. Hubiera sido inútil éste servicio de haber existido un manantial en la Alcazaba como se creyó. Este servicio de agua era necesario para paliar eventualmente los efectos de un posible y fácil corte de la acequia que abastecía a la Alcazaba. Una acequia anterior al siglo XIII está testificada arqueológicamente por un gran partidor de agua, mutilado, que se conserva junto a la Torre del Agua, que por su técnica evidencia que ya existía en el siglo XI: Además, fuera del recinto, hacia la presa del río y algo más alto que el cauce de la Acequia Real, aparecen indudables testimonios de un cauce anterior. Nota: El Idrisi = Abū Abd Allāh Muhammad al-Idrīsī (1100 - 1166), cartógrafo, geógrafo y viajero. En el siglo XII se cita a la Alcazaba de la Alhambra por servir de apoyo y refugio en varias ocasiones al partido nacionalista contra los Almorávides y los Almohades que se hacía fuertes en la Alcazaba Vieja. Es muy posible por tanto que al recuperar definitivamente los Almohades la Alcazaba de la Alhambra, la dejaran desmantelada por el papel que había jugado en la resistencia de los nacionalistas sublevados. Según todos los indicios, al comenzar el siglo XIII la Alcazaba estaría casi igual que la dejaron los Ziríes en el siglo XI, con torres pequeñas y murallas bajas, y desde luego envejecida. Por eso es natural que, cuando en 1238 Ibn al-Ahmar*entra triunfante en Granada “con sus eunucos, como recién casado”, se aloje en la Alcazaba Vieja o castillo de Badis ibn Habbus*, en vez de hacerlo en el Castillo rojo. fue unos meses más tarde cuando , según el Anónimo de Madrid y Copenhague, sube a la Alhambra, la inspecciona, marca los cimientos del castillo y deja en él quien los dirija, y añade, que no terminó el año sin que estuviese acabada la construcción de sus murallas. Se dice que trajo hasta aquí el agua del río, abriendo acequias con caudal propio, pero es posible que se limitara a renovar algún canal anterior. En ésta visita debió comprender Ibn al-Ahmar, el fundador de la dinastía nazarí, la superioridad estratégica de las cumbres de la Sabika y el Mauror a la del emplazamiento de la Alcazaba Vieja y la ventaja de disponer de un a amplia meseta casi libre de edificaciones junto al castillo, para crear allí nueva ciudad o barrio palatino, con excelentes contornos y fáciles salidas a la sierra y al mar, fuera del recinto de Granada, sin perder contacto con él. De ésta forma además no coincidía el solar de la nueva dinastía con el de otra dinastía anterior, según costumbre musulmana. Nota:
Se comprende que en el citado texto se diga que “marcó los cimientos del castillo”, aunque ya existiera, si tenemos en cuenta que el deslizamiento de importantes terreras a Norte y Sur de la Alcazaba, perfectamente comprobable, obligaría a retraer la obra en estos puntos y a cimentar de nuevo, como claramente lo acusan las construcciones conservadas. Por otra parte, como el solar no admitía ampliaciones y el torreado zirí era mezquino, dispondría también hacer cimientos para reconstruir con más amplitud las cuatro grandes torres conocidas con los nombres de torre de la Vela, del Homenaje, Quebrada y del Adarguero, así como el regruesamiento de la muralla oriental, que ataja la cumbre del monte. El gran volumen de las nuevas torres sobre el solar algo más reducido que el de la Alcazaba zirí anterior, la transformarían en una fortaleza compacta e imponente. Si envejecida y manchado se la llamó el Castillo rojo, es decir, la Alhambra, con las renovaciones se tornaría de nuevo blanca y todavía Juan II*, en el siglo XV, pudo exclamar sorprendido por el contraste con los pardos torreones de sus fortalezas cristianas: ¿ Qué castillos son aquéllos ? ¡ Altos son y relucían ! Nota: Juan II = Juan II de Castilla (1405 - 1454), padre del rey Enrique IV de Castilla, de Isabel la Católica y del infante Alfonso. DESCRIPCIÓN Si pudiéramos subir a la Alhambra como cualquier granadino del final de la época musulmana, como el mismo rey “por el Zacatín arriba” cuando le fueron llegadas malas noticias de Alhama, al entrar por la Puerta de las Armas encontraríamos al fondo, hacia la izquierda, la puerta que desemboca en la calle que sube al poblado de la Alhambra y, al otro lado, frente a la anterior, un arco más estrecho que da paso a la pequeña plaza de la única puerta exterior de la Alcazaba. Se abría a nivel del suelo, de modo que hacía posible el paso de caballos y precisamente junto a ella está la caballeriza, mutilada a todo lo largo del costado Norte por un desprendimiento del terreno. Hoy conserva la nave estrecha central de entrada y distribución de caballos en dos naves gemelas de pesebreras, casi perdida la del lado Norte. Al ser restaurado el edificio y construir la Torre de los Hidalgos en el siglo XVI, abrieron puerta al patio de la entrada a la Alcazaba, en donde habría antes una saetera de ventilación, cuando el patio era plaza exterior. Entre la caballeriza y la barbacana o antemuro del recinto alto, una calle casi desaparecida por reformas, nos dejaría en el recinto bajo o primer recinto. Ahora por un aportillamiento hecho en la barbacana, o por la caballeriza, llegamos a la plataforma del baluarte horizontal que sustituye a lo que fue terreno escarpado, muy pendiente. A él podía llegarse también desde Torres Bermejas, por la poterna* de una torre que intercepta la muralla de la ciudad, o por una galería subterránea que sube desde el fondo de la cañada de la Sabika. Nota: Poterna = Definición del Diccionario de Lengua Española: “Del fr. poterne. f. Mil. En las fortificaciones, puerta menor que cualquiera de las principales, y mayor que un portillo, que da al foso o al extremo de una rampa". Al pie del costado Sur de la Torre de la Vela, en medio de una violenta depresión del terreno, está la puerta más antigua de la Alhambra, sin duda del siglo XI, que da paso desde el recinto bajo al recinto alto o segundo recinto, del aque era también entrada única. Ante ella se conservan las jambas de otra puerta abierta en el muro de la barbacana*, desenfilada por un muro que se interpone entre ambas. Junto a la puerta de la barbacana hay un estanquito que debió ser aljibe. Nota: Barbacana = Definición del Diccionario de Lengua Española: “Del ár. hisp. báb albaqqára 'puerta vaquera'. 1. f. Muro bajo con que se suelen rodear las plazuelas que algunas iglesias tienen alrededor de ellas o delante de alguna de sus puertas. 2. f. Saetera o tronera. 3. f. Mil. Obra avanzada y aislada para defender puertas de plazas, cabezas de puente, etc. La puerta del segundo recinto conserva casi toda la portadita y hasta la bóveda del primer ámbito, así como el dispositivo en vuelta de un sólo ángulo. La barbacana del recinto alto lo envolvía por completo y sin interrupción hasta que construyeron la Torre de las Armas, a Norte, y se realizan una serie de reformas, a Sur, junto a la Torre de la Pólvora, mal conocidas por ahora. El sector Sur de dicho foso, ándito oi barbacana, por estar protegido de los vientos fríos, fue transformado en el siglo XVII en Jardín de los Adarves. Por los extremos Norte y Sur del tramo oriental de este mismo dispositivo, a través de poternas reforzadas con torrecillas, enlazaba el recinto general de la Alhambra con el antemuro del recinto alto de la Alcazaba. De estas poternas sólo queda la que oculta el Cubo, sobre la Puerta de la Tahona. La del extremo Sur desapareció con su torrecilla y en su lugar surgió la brecha que, cerrada luego por un postigo, sirve actualmente de entrada a los visitantes. El patio de armas del segundo recinto, que en los castillos medievales era por loi general una explanada para acampar en tiendas o cobertizos improvisados, aquí fue poblado castrense, al que se sube desde la puerta de éste recinto, entre un baño y el aljibe que lo sirve hasta la meseta horizontal en que se desenvuelve el barrio de los guerreros, que guarnecían la Alcazaba y a quienes se encomendaría la vigilancia de la ciudad, el control de las fronteras y la muy delicada vigilancia y protección de la Alhambra. La subida desde el baño se prolonga en una calle que divide el barrio en dos sectores y termina en una gran mazmorra. En el de la izquierda, más soleado, se ven los restos de la casa del jefe, casi una casa romana con androceo y gineceo, terma propia y postigo, y otras casas más modestas para jefes y veteranos. En el sector de la derecha, los módulos de edificación son más amplios como correspondiendo a almacenes y compañías para guerreros jóvenes. De todo ello no queda más que la base de los muros, construidos con pobrisimos materiales, faltos ahora de los estucos decorados con brillante colorido, tanto en los interiores como en los exteriores, que desaparecieron poco después de ser excavados. Eran testimonio evidente de autenticidad, de lujo y de arte, insospechables a la vista de la pobreza material de los restos de muro que, al menos, conservan con bastante claridad la variada disposición de los edificios y de la urbanización. En el ángulo N.E. hay un postigo, bien defendido, para salir a la barbacana por el extremo opuesto al de la puerta única del recinto, para alcanzar más rápidamente las potencias de enlace con el recinto general de la Alhambra. Hay otras tres salidas, las tres modernas. De ellas, la situada a Norte completó la mutilación de una pequeña torre, medio absorbida por la construcción de la Torre de las Armas, que facilita el paso al adarve alto de esta torre, el cual, por avanzar notablemente sobre la cuenca del río nos permite reconocer el dispositivo estratégico del frente Norte de la Alcazaba. Sobre los muros de los costados Norte y Sur del castillo persiste el módulo de torres pequeñas del recinto zirí porque los despeñaderos que dominan no exigían mayor defensa. No obstante los nazaríes reforzaron un extremo del frente Norte con la Puerta de las Armas, para defender y vigilar el enlace directo entre Granada y el poblado de la Alhambra, y el otro extremo del mismo frente, con la Torre del Homenaje que domina también la cuenca del río, la Plaza de Armas, la subida desde Granada y la Plaza del Palacio del Trono o de Comares, destacándose esbelta y decorativa en el conjunto. Estas torres del homenaje de los castillos medievales suelen ser el puente de mando de la fortaleza, lo último que se abandona al ser asaltada. Por eso se eleva veintidós metros, con siete plantas. La inferior es un silo o mazmorra a la que se desciende por la segunda planta, que tiene acceso a nivel del terreno. A las cinco restantes se entra por la planta tercera, a la altura del adarve alto de la muralla Norte. Algo más elevada, con cerca de veintisiete metros, pero menos esbelta, la Torre de la Vela se adelanta vigilante entre los valles que la marginan y sobre el casería hacia la Vega y las sierras que la rodean lejanas. Su adarve o terraza superior es un recreo para los ojos y desde allí las miradas escrutadoras percibían cuanto aconteciera cerca o distante y las fogatas de las atalayas que desde ella irradiaban hacia todas las fronteras del reino. Como lugar de vigilancia permanente los cristianos la dotaron de una campana de rebato que, desde el toque de Ánimas hasta el de alba de la Catedral, señalaba los cuartos de vigilancia de la guarnición de la Alhambra, dados ahora a ritmo de sacristán y no de rebato, y ya sin el diálogo de campanas entre iglesia y milicia, cada noche y cada amanecer, al comenzar y terminar sus toques. La gente de la ciudad y de las huertas tenía de este modo información horaria, escuchando de día los toques litúrgicos de la Catedral y en la noche los toques castrenses de la Vela, mientras el campanario metropolitano callaba. Aún podían ajustar cada jornada la hora de sus relojes atendiendo a la torre, porque está situada de modo tan preciso que exactamente a mediodía el sol comienza a iluminar la fachada de poniente. Por eso Mármol* la llamaría Torre del Sol. Hasta época muy reciente la campana alertaba a la ciudad, de los incendios que se producían en ella o de otros peligros que pudieran acecharla y aún avisa el tiempo que la Cofradía de la Alhambra procesiona fuera del recinto y las conmemoraciones de los días dos de enero y primer domingo de octubre. Nota: Mármol = Luis del Mármol Carvajal (1524 - 1600), viajero, militar e historiador granadino. El mejor cronista de la Guerra de las Alpujarras. Todavía se conservan algunas almenas de la torre, pero a su pie, donde vinieron a caer por efecto del terremoto de 1522, que también dañó al excepcional y curioso sistema de abastecimiento de agua en el interior de la torre, mediante vaso comunicante subterráneo con el aljibe inmediato. Arriba no quedan más almenas que las de la espadaña, reedificada en 1882 con falsa apariencia islámica, por pura maurofilia romántica. El pintor Egron Lundgren* nos cuenta cómo un compañero de viaje le pidió su lápiz de dibujante para lanzarse a escribir repetidamente “wunderschön, wunderschön” en los pretiles de la torre. Si todos los que se toman la molestia de subir no lo escriben, como aquel exaltado extranjero, seguro que también se maravillan. Muchos granadinos ignoran que exista la Alcazaba, pero la Torre de la Vela todo el mundo la conoce y muchas tardes de domingo su terraza se ve repleta de gente y también en los días dos de enero, en cuya oportunidad el pueblo le atribuía al toque de la campana la facultad de promover matrimonios. Nota: Egron Lundgren = Egron Sellif Lundgren (1815 - 1875), pintor de acuarelas sueco. Visitó Granada en 1849. Fuera del recinto de la Alcazaba, otros elementos de defensa completaban su eficacia. Entre ellos el castillo del Mauror o Torres Bermejas protege del modo más inmediato el campo de maniobras de la Alhambra o Campo de los Mártires y a la Alcazaba misma desde el exterior, especialmente al postigo que en el recinto bajo sobre la muralla de la ciudad, comunicaba la Alcazaba con Torres Bermejas y el campamento. Finalmente hay que recordar un curioso mecanismo hidráulico para elevar el agua de la Acequia Real hasta la Alcazaba, descrito por Echevarría* en 1764. Don Manuel Gómez Moreno suponía que se construyó en el siglo XVII, al tiempo que se hacía el Jardín de los Adarves. Hoy, y seguramente en la Edad Media, el agua sube mediante sifón. No es imposible que en algún tiempo el abastecimiento se hiciera mediante agua de lluvia. La destrucción de la Puerta Real de la Alhambra, en la que el mecanismo se apoyaba, acabaría con él. Nota: Echevarría = Juan Velázquez de Echeverría (1729 - 1804). Eclesiástico, profesor universitario, escritor y erudito. Autor de la obra “Paseos por Granada” (1764). Otro edificio subsiste enterrado a la entrada de la Plaza de los Aljibes, visible a través de una reja en el suelo. Es un arco de cierta amplitud que da paso a una pequeña cámara tallada en el duro terreno natural, sin posibilidad de comunicar con ningún otro local o escalera ni almacenar cosa alguna, porque el espacio útil sólo permite el giro de las hojas de la puerta que lo cerraba y muy poco más. En la urbanización medieval ocupaba una pintoresca posición ante la Puerta Real y la del Vino, en una plaza por debajo de ellas, junto a una gran torre, enterrada también casi toda su base, que es lo único que en parte conserva. Debió aparentar ser la puerta de la Alcazaba por este extremo, donde no pudo haberla a causa de la peligrosidad del sector. Tal vez la construyeran para sorprender y despistar. La gran torre a cuyo pie se ampara la extraña puerta no formaba parte del dispositivo protector de la Alcazaba, pero observada desde la Plaza del Palacio de Comares, o subiendo hacia la Puerta del Vino, pudiera parecerlo. En realidad era una pieza importante del recinto de la Alhambra, en la cumbre de las vertientes Norte y Sur de la colina, desde donde domina la máxima depresión de su meseta, ante el escalón natural sobre el que se alza la Alcazaba al extremo occidental del monte. Junto con otra pequeña torre cuyo cuerpo inferior fue adaptado para filtro de los Aljibes y emerge un poco sobre la plaza, establece el límite occidental del poblado o medina real y nos muestra cómo el foso entre la Alcazaba y la medina no era tan ancho como se creyó. En punto tan crítico para la seguridad de los dos recintos tuvieron que multiplicarse las defensas, dando lugar a una concentración de puertas, torres y murallas, que en parte alcanzó a ver y señaló impresionado el viajero del siglo XVI Jerónimo Münzer*. Perdido asi todo ello, no es fácil ahora imaginarlo con precisión. Aunque el grupo de torres que forman la del Adarguero, Quebrada y Homenaje, alineadas sobre una muralla de más de cinco metros de grosor, mantiene un noble y decorativo testimonio de fortaleza medieval, no son sino una muestra parcial del aparato defensivo concentrado aquí, del que formaron parte. Nota: Jerónimo Münzer = Hieronymus Münzer o Monetarius (1437 - 1508), viajero, humanista, médico, geógrafo y cartógrafo alemán. Visitó Granada en 1494. Autor del libro “Itinerarium siue peregrinatio excellentissimi viri artium ac vtriusque medicine doctoris Hieronimi Monetarii de Feltkirchen ciuis Nurembergensis”, escrito en su totalidad en latín. Poco a poco, la Alcazaba fue perdiendo independencia y funciones de fortaleza al ser utilizada como almacenes y prisión y también como jardines y miradores. Al exterior mantiene la densa composición de altas torres lisas, pero los aportillamientos, nuevos caminos y otras obras en el interior, rompieron la disposición y la autonomía medieval y acabó por confundirse con el poblado aristocrático, bajo el nuevo título de Real Fortaleza de la Alhambra. Al mismo tiempo alcanzaron al barrio cortesano apremiantes transformaciones, que desdibujaron la apariencia medieval, conforme a los ideales del Renacimiento y a los cambios de estrategia. Pero las torres y la muralla del recinto general de la Alhambra, mucho menos afectadas por estos cambios, evocan mejor el pasado musulmán. LAS TORRES Para seguridad de la población de la Alhambra fue levantada una sólida cerca en la que siguen resistiendo, más o menos completas, treinta y una torres, que componen tres grandes fachadas diferentes. La más espectacular y amplia nos sorprende al desembocar en la Plaza de San Nicolás, en el Albaicín. Es la fachada hacia el Norte, con los palacios y torres de la Casa Real, la Torre de las Damas y la de los Picos. La fachada oriental es sumamente pintoresca y romántica, especialmente si la contemplamos desde el fondo del barranco del Rey Chico, cuando trepamos por la Cuesta de los Chinos. La tercera fachada se entrevé entre a través del bosque que cubre la explanada o campamento que le precedió en la Edad Media. Fue la fachada monumental de la Alhambra, decorada con las grandiosas puertas de Siete Suelos y de la Justicia, en mayor conformidad con los austeros torreones y altísimas escarpas y muralla de la Alcazaba. Dentro del poblado no había torre-fortaleza alguna, aunque sí puertas para cortar calles y aislar sectores de la urbanización interior. Pudo parecerlo la torre del salón-mirador del Palacio del Conde de Tendilla y quizá alguna más de otros palacios. El amurallamiento de la cerca general de la Alhambra era doble desde la Puerta de las Armas hasta la de la Tahona y desde la Puerta de la Justicia hasta la Puerta Real, es decir, tras las puertas exteriores más próximas al Palacio del Trono, por encauzar hasta él a las gentes de Granada, extrañas a la Alhambra, y a los de fuera de ella. No ocurre lo mismo tras la Puerta de Siete Suelos, más lejana y quizá reservada a los vecinos del barrio. De las cuatro entradas al recinto de la Alhambra, la más pequeña, casi un postigo reforzado, se abre junto a la Torre de los Picos. Las otras tres están encajadas en el interior de sendas torres monumentales. La de las Armas, con portadas muy simples. La de Siete Suelos tuvo portada exterior lujosísima que hicieron saltar las tropas de Napoleón. La de la Justicia conserva grandiosa fachada embebida en el macizo de la gran torre, de planta muy alargada y tan esbelta y monumental que soporta sin gran daño el baluarte chato, curvo y afilado que se le arrima, similar a otros con los que fue modernizado el blindaje de la Alhambra en la Guerra de Granada. Entre las torres de la cerca de la Alhambra, de tan variada función y volumen, destaca notablemente la Torre de Comares o del Trono, que alberga el gran Salón de Embajadores y un perfecto sistema de defensa. De sobria e imponente grandeza exterior, despliega en el Salón la más sugestiva, rica y variada decoración de la Alhambra. La más pequeña y sin duda la más esbelta fue la Torre de Abul Hachach y lo sigue siendo, a pesar del Peinador de la Reina que construyeron en la linterna de la torre, cargándola con un pesado tejadote. Esta y la Torre de las Damas son las de más diáfana apertura al paisaje, como la Torre de Comares y las de la Cautiva e Infantas lo son del mayor contraste entre la lisura exterior y la decoración interior. Hagamos imaginativamente la ronda de los 1400 metros de muralla, que los soldados de la guardia harían por el adarve alto, desde la pòterna hacia Norte de la Alcazaba, en la Torre de la Tahona, hasta la otra poterna hacia Sur en que terminaba el recorrido, donde ahora está la entrada a la Alcazaba, sobre una torrecilla arruinada. Al cruzar desde el antemuro de la Alcazaba hacia la muralla general de la Alhambra, por encima del arco de la Tahona, les quedaba a la izquierda la Torre de las Armas, que albergaba el paso a la primitiva Puerta de la Alcazaba y era al mismo tiempo puerta del poblado aristocrático de la Alhambra. A la derecha encontraban la Torre de Muhammad, por cuyo interior pasaba la ronda para ser controlada por el jefe que la vivía. Una vez controlada la ronda en el comienzo del recorrido, pasaba por las torres de Machuca, Comares y Peinador, a través de un paso inferior abierto en estas torres bajo las estancias, para no perturbar la vida en ellas y vigilarlas. Seguían por dos torrecillas, casi contrafuertes, sin nombre propio y luego por un paso inferior de la Torre de las Damas, en parte obstruido, en parte transitable y al fin perdido. El Oratorio, como la Torre del Peinador y la de las Damas, no es torre castrense, aunque se apoyen y sobresalgan de la muralla. Hasta la Torre de los Picos debió haber otras dos torres en el único lienzo exterior de la muralla desaparecido. En cambio envuelta en el baluarte de la Puerta de Hierro, se conserva y apenas se destaca la que sube desde el fondo del barranco, ante la Torre de los Picos. Desde ésta sigue la del Candil, en la que se haría nuevo control de ronda, que continuaría hasta cruzar las torres palacetes de la Cautiva y de las Infantas, por paso inferior, hasta las torres ya exclusivamente de guerreros, conocidas por Cabo, o fin de la Carrera, o calle Real, Agua, de Juan de Arce, de Baltasar de la Cruz, Torre y Puerta de Siete Suelos, la del Capitán, Atalaya o Bruja, de las Cabezas y la del Palacio de los Abencerrajes, de nueva residencia señorial con paso inferior de ronda. A cada lado de la Puerta de los Carros queda la parte baja de sendas torres, más completa la del lado de poniente. Sigue la de Barba y la Puerta y Torre de la Justicia. De la de Pedro de Morales queda sólo el recuerdo y sigue, en un ángulo del muro, la de Roças, por cuya cedilla se ha leído de Rojas, o sin ella, de Rocas. A la altura de ésta al otro lado del camino, en el doble amurallamiento del sector, quedan restos de otra torre. Luego, sobre la cuerda del monte, entre la vertiente Sur y la de Norte, montaba la gran torre de la que sólo queda parte de la base. En ésta torre se haría el primero o el último control de la ronda, según por donde ésta se comenzara. Desde aquí, un tramo de la cerca va hasta la puertecilla de la Alcazaba, antes poterna Sur y fin del recorrido hacia poniente. Otro tramo bajaba hacia Norte, hasta la torre usada como filtro de los Aljibes y más abajo, hasta la torre que serviría de apoyo a la puerta del pilar de la Plaza del Palacio de Comares. Colofón El siguiente artículo - fascículo que publicaré en “PATRIMONIO GRANADINO”, es el escrito por José Manuel Pita Andrade (1922 - 2009) historiador del arte, director del Museo del Prado y académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias de Granada y titulado: “La Capilla Real de Granada”.
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