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“LA ALPUJARRA” (1970), de don Joaquín Bosque Maurel (1924 - 2015), Catedrático de la Universidad de Granada y Secretario General de la Real Sociedad Geográfica. Al Norte, Sierra Nevada; al Sur, la Contraviesa y el Mediterráneo, encuadran una larga depresión de 50 kilómetros de longitud, la célebre y misteriosa Alpujarra. Como la Alhambra, como la ciudad de Granada, esa abrupta región ha pasado a ser fuente de inspiración literaria dentro y fuera de España. Su medio físico, a la vez salvaje y pintoresco, su agitada historia plena de romanticismo en el más amplio sentido de esta palabra, le han concedido una personalidad acusada que resalta sobre las restantes comarcas granadinas. Tal personalidad no impide, sin embargo, innumerables facetas y múltiples contrastes, origen no de una sola región alpujarreña, sino de varias. Si los geógrafos musulmanes insistieron siempre sobre su unidad, también a ellos se debe una división en “tahas” que todavía se reconoce en la realidad actual. Prescindiendo de la Alpujarra almeriense, de la “taha” de Andarax, dentro de Granada es factible una primera división en Alpujarra alta, la correspondiente a la ladera meridional de Sierra Nevada, y en Alpujarra baja, la de la Sierra de la Contraviesa, hasta el mar. Y tampoco sería indecible distinguir en la primera entre un conjunto oriental, en torno a Ugíjar, y otro occidental, con centro en Órgiva. Un refugio físico y humano La Cordillera Penibética, extendida desde Gibraltar hasta el Cabo de Palos, se duplica en su parte central, en la provincia de Granada, en una doble alineación montañosa. Junto al Mediterráneo se alza la constituida por las Sierras de Lújar y Contraviesa. Tras ésta primera barrera, superándola netamente en altitud y grandeza, se yergue Sierra Nevada, con las cumbres principales de la Península Ibérica. En el corazón de éste doble conjunto orográfico se encuentran las Alpujarras o Alpujarra. Nota: Las máximas alturas de éstas alineaciones montañosas son: de la Sierra de Lújar, el pico de Los Peláos (1.878 m.s.n.m.); de la Sierra de la Contraviesa, el monte Salchicha (1.545 m.s.n.m.) y el Cerrajón de Murtas (1.514 m.s.n.m.); y de Sierra Nevada, el Mulhacén (3.479 m.s.n.m.) y el Veleta (3.396 m.s.n.m.). La Comarca Alpujarreña es, así, esencialmente, un gran sinclinal, un extenso valle longitudinal recorrido ante todo, de E. a O. por la importante arteria fluvial del alto Guadalfeo, colector de las nieves y las lluvias de Sierra Nevada, que descienden violentamente por los salvajes y abruptos barrancos de Poqueira, Trevélez y Mecina, y de las tormentas desencadenadas en la Contraviesa por el próximo Mediterráneo, y, además, por la cabecera del río Grande de Adra, al E. Nota: El río Guadalfeo nace en el término municipal de Bérchules, a unos 2.500 m.s.n.m., en las vertientes meridionales de Tajo Colorado (2.900 m.s.n.m.), donde se juntan el Río Chico (que nace en el ventisquero de las Cabras) y el Río Grande (que lo hace en los prados del Puerto). Tiene una longitud de 71 kilómetros. Desemboca en el Mar Mediterráneo, en el lugar, popularmente conocido como “Boca del Río” (término municipal de Salobreña). El río Adra marca (en parte) la frontera natural entre las provincias de Granada y Almería; bordea por el Oeste la Sierra de Gádor; nace en el Puerto de La Ragua (2.000 m.s.n.m., término municipal de Paterna del Río); tiene una longitud de 54’8 kilómetros. Desemboca en un delta costero del Mar Mediterráneo, al Este del casco urbano de Adra. Ese gran surco, hundido en parte por un movimiento lento y continuo de descenso en bloque, está limitado a septentrión por la masa enorme y majestuosa de Sierra Nevada y al mediodía por el ligero abombamiento, considerado relativamente, de las serranías de Contraviesa y Lújar. Aquella se levanta sobre el valle más de 2.500 metros -Órgiva está a 455 m.s.n.m.-, y unos 1.400 metros por encima del río Guadalfeo. Aislada entre sus murallas montañosas, las Alpujarras han sido siempre un refugio en la compleja historia española. Sus difíciles contactos con el exterior, imposibles gran parte del año por encima del Mulhacén, arriesgados siempre desde el Mediterráneo, le dan un carácter de constante histórica. Al producirse la invasión musulmana, Sierra Nevada, como toda la Cordillera Penibética, acogió a los hispanorromanos que se resistían a ser absorbidos por el Islam y el Califato de Córdoba. La rebelión españolista de Omar - ibn - Hafsun tuvo en estas fragosas regiones su mejor apoyo. Después, ya iniciado el reflujo mahometano, las Alpujarras fueron la última y definitiva reserva del Reino musulmán de Granada; rendida Granada, allí se refugiaron los últimos reyes nasríes El Zagal y El Chico, y allí se alzaron una y otra vez banderas de resistencia quee hubieron de culminar en la gran rebelión de los “monfíes” que tanto le costó domeñar al entonces Rey más poderoso de la Tierra (1568 - 1570). Finalmente, en las Alpujarras tropezó el francés (1808 - 1814) con una resistencia tal que sólo era suyo el suelo que pisaban sus soldados. Y en todos los casos, el alpujarreño siempre ha conservado una peculiar manera de ser, una específica idiosincrasia, que le sitúa aparte entre los restantes andaluces. Desde el trópico hasta la tundra La originalidad climática y botánica alpujarreña es evidente. Por un lado, la altitud implica un característico escalonamiento climático, que coincide con las consecuencias que resultan de su orientación meridional, hacia el sol, y la influencia derivada de la cercanía mediterránea. El escalonamiento altitudinal es la base de una posible división en “tierras calientes”, “tierras templadas” y “tierras frías”, coincidentes en conjunto con las hoyas y playas de la orilla mediterránea, las primeras, con el fondo de la depresión interior, las segundas, y con la ladera Sur de Sierra Nevada, las terceras. Originalidad climática y paralela originalidad botánica: escalonamiento climático y escalonamiento vegetal. Así, tantas veces se ha repetido ya que en Sierra Nevada se hallan todos los climas y todas las vegetaciones posibles entre el Trópico y el Polo, que se ha convertido en un lugar común. Y, sin embargo, es una realidad plena; mientras que en las cresterías y los picachos de la Sierra domina la “tundra”, la vegetación pobre y escasa que crece sobre terrenos temporalmente helados, a orillas del Mediterráneo, las condiciones climáticas son tales que se cultiva, si hay agua, la caña de azúcar y crece el algodón. Entre estos extremos, la Contraviesa presenta un primer piso de naranjos, olivos y almendros y cerca de su cumbre el alcornocal más alto de España, y en Sierra Nevada, desde una faja inicial de encinas y agrios, se pasa a los pisos dominados por el castaño, el roble y el pino silvestre. Pese a tan considerable variedad, el rasgo más significativo es la escasez forestal, apenas paliada últimamente por la repoblación. Una escasez forestal hija sobre todo de una peculiar acción humana destructora, pero resultado también de la peculiar sequedad estival del mundo mediterráneo. La amplia riqueza de especies vegetales espontáneas explica la gran diversidad de la vida agraria. A raíz de la guerra de Granada, su mejor historiador, Hurtado de Mendoza, afirmaba que la Alpujarra era estéril y áspera de suyo, sino donde hay vegas; pero con la industria de los moriscos (que ningún espacio de tierra dejan perder), tratable y cultivada, abundante de frutos y ganados y cría de sedas. De éstas descripciones y de otras menos conocidas parece deducirse que la región estaba prácticamente cubierta de árboles frutales y de moreras, que la convertían en el primer núcleo de abastecimiento del gran mercado de la seda andaluza, de la Alcaicería granadina. Moriscos y cristianos viejos Las Alpujarras alcanzaron su plenitud histórica durante el Reino musulmán de Granada (1238 - 1492). Pero, sobre todo, a finales del siglo XV y comienzos del XVI, en que se convirtió en el último refugio de los muslimes españoles. Entonces contaba con un total de 155 aldeas, que se calcula reunían unos 64.250 habitantes. Tras la reconquista de Granada (1492), los moriscos -musulmanes conversos-, refugiados en la región, constituyeron una minoría étnico - religiosa inquieta y rebelde, que culminó en la gran sublevación de 1568 - 70, difícilmente superada por D. Juan de Austria. Vencidos y expulsados los moriscos, muchas de las aldeas que allí existían quedaron abandonadas, ya que la repoblación hecha por orden de Felipe II y en la que llegaron de toda España un total de 1.362 familias, unas 6.800 personas, no fue suficiente para recuperar todos los pueblecitos moriscos de las “tahas” alpujarreñas. Claro es que por otra parte tampoco el hábitat musulmán tenía su actual disposición. Los moriscos vivían entre unos límites altitudinales más bajos que los actuales, ocupando esencialmente, la zona entre el río Guadalfeo y la curva de nivel de los mil metros, por encima de la cual se enrarecía la población permanente. La repoblación tuvo, sin duda, importantes repercusiones. Según el geógrafo francés Sermet, los cristianos viejos que sustituyeron a los moriscos, eran sobre todo, castellanos. Estos castellanos, por su mismo origen, eran hombres de llanura que ignoraban la vida de montaña tal como la entendían los primitivos alpujarreños. Ante todo, pertenecían al secano y era éste un tipo de cultivo que conocían bien. Por tanto -sigue afirmando Sermet-, el regadío, la arboricultura y la producción intensiva fueron sustituidas, en parte al menos, por el trigo y otros cereales que, de carácter eminentemente extensivo, obligó a ampliar las tierras de labor mucho más que lo habían estado antes de 1572. Nota: Jean Sermet (1907 - 2003) geógrafo, erudito y diplomático francés, autor de “L’Andalousie de la Méditerranée, région géographique espagnole” (1969). La tesis de Sermet no está totalmente comprobada, pero lo cierto es que en la Alpujarra no existe una auténtica vida de montaña como aparece en otras cordilleras europeas, y que actualmente el cultivo cereal se extiende, aunque sea temporalmente, hasta los 2.000 metros. Es así como puede afirmarse que en Sierra Nevada existe una agricultura de llanura. A la vez, se extendió el ganado lanar en un sistema de pastoreo trashumante, similar al de otras cordilleras mediterráneas. La transformación del paisaje agrario alpujarreño tuvo dos consecuencias de gran importancia geográfica. En primer lugar, el retroceso de los cultivos arborescentes y la extensión de la tierra de “pan llevar”, realizada muchas veces a expensas del bosque original, motivó la parcial desaparición de la vegetación espontánea y aceleró la velocidad de erosión de los torrentes serranos. Así, una parte de los suelos laborables fueron arrastrados lejos de su primitiva ubicación y llevados hasta el mar, donde comenzaron a formarse, con mayor rapidez que antes los grandes deltas aluviales que hoy acogen a las Hoyas litorales de Motril, en la desembocadura del Guadalfeo, y de Adra, en el delta del río Grande. La violencia erosiva fue a veces tan grande que destruyó el emplazamiento de antiguos poblados y obligó a defender con costosas obras a amplias regiones del país. Así ha sucedido, por ejemplo, en las márgenes del barranco de Poqueira, y, sobre todo, del río Chico de Soportújar. En segundo lugar, la ocupación de nuevas regiones, antes abandonadas, favoreció el desarrollo demográfico, sobre la base naturalmente, de los repobladores. Hacia mediados del siglo XIX, en 1860, los alpujarreños, unos 80.784, eran unas doce veces más que en 1572; Ugíjar pasó de unas 550 almas a 3.300; Órgiva, de 650 a 4.800; Trevélez, de 120 a 1.300. Entonces, con una densidad de unos 50 habitantes por km2, la Alpujarra alcanzó su apogeo económico y demográfico, iniciándose poco después la emigración y el lento, pero seguro retroceso de sus habitantes. La ruina del viñedo, a consecuencia de la filoxera, a comienzos de 1900, facilitó la regresión demográfica. La unidad económica alpujarreña La Alpujarra constituye una unidad económica. Ello es tanto resultado de su perfecta unidad física e histórica como de la existencia de unos factores geográficos comunes. La Alpujarra, recoleta en su cinturón montañoso y escalonada en la más erguida serranía española, es un conjunto agrario característico sin ninguna de las notas de la vida de alta montaña. Y falto, ante todo, de una ganadería mayor dominante. Algunos datos estadísticos pueden permitir una imagen clara de la economía alpujarreña. En un total de 129.520 Has. de superficie productiva, 83.671 constituyen el área no cultivada (pastizales, eriazos, monte bajo y alto), es decir, el 64’6 por cien del total. En cambio, la superficie agrícola abarca solamente unas 45.849 Has. (35’4 por 100), con 16.293 Has. de secano cerealista, 11.017 de almendral y 5.927 de viñedo, frente a 11.489 Has. de regadío. Pero, aunque el territorio no cultivado predomina, la ganadería, limitada a ovejas y cabras, apenas cuenta, y pese a la importancia territorial del secano, los cultivos de regadíos son los de máxima trascendencia. El suelo esquelético y poco fértil limita la actividad estrictamente agraria a ciertas áreas, aisladas entre otras sin apenas aprovechamiento, y a ciertos cultivos perfectamente adaptados a ese suelo y a un clima variable y diverso. Todo ello ha exigido una labor continuada, tenaz, incansable, y ha favorecido el desarrollo de la pequeña propiedad, casi de un minifundio, clarísimo en muchas partes, al que lo abrupto y escarpado del terreno impelían. Pobre agricultura, en relación al trabajo exigido sobre todo, y pequeña propiedad minifundista coinciden con una economía esencialmente cerrada, casi familiar y de autoconsumo, que apenas si ha sido rota, de tarde en tarde, por la aparición de ciertas producciones estrictamente dirigidas a los mercados exteriores, y últimamente por la apertura de una red viaria que está permitiendo revolucionarios modos de vida, como el turismo, y, más aún, la minería. Una economía con amplias limitaciones, pero perfectamente adaptada a las condiciones del medio físico -en íntima relación con éste, pero también en franca dependencia al medio socio económico- sirve de base a un peculiar “hábitat” concentrado en pequeñas aldeas escalonadas en las verdes laderas serranas, sobre las que contrastan el blanco reluciente de las fachadas y el gris azulado de los terrados. Terrados originales y extraños en una región de alta montaña, aunque poco húmeda y nivosa por mediterránea y que aparte el parentesco con similares formas norteafricanas o levantinas, pueden explicarse por la existencia de una típica arcilla local, la “launa” que permite la impermeabilización fácil y completa de las cubiertas planas de la casa alpujarreña, instrumento básico, por otra parte, en la vida diaria del campesino serrano. Dentro de estos elementos comunes, existen no obstante caracteres diferenciadores, que permiten al menos una grosera división tripartita: la Alpujarra alta oriental, la Alpujarra alta occidental y la Alpujarra baja, sin olvido, además, de una Alpujarra media, síntesis de todas las otras. La Alpujarra Alta La escarpada ladera montañosa que delimita el río Guadalfeo y las altas cresterías de Sierra Nevada se conoce con el nombre de Alpujarra Alta. En ella, como ocurre en la América andina, se podría hablar de “tierras templadas” y de “tierras frías”; las diferencias de altura lo justificarían. Pero, en ambas, la red de barrancos siempre bulliciosos por donde discurren las aguas del deshielo y cuyas escarpadas márgenes implican profundas y estrechas cortaduras naturales, han provocado una división en valles transversales, con su cabecera en la nieve y con su pie en el gran surco longitudinal del Guadalfeo. Tal estructura ha facilitado, como en otras cordilleras, el aislamiento de cada barranco y de cada valle, separados entre sí por un umbral más frío, más seco y hostil a la ocupación humana. En la época musulmana cada uno de ellos constituía una unidad comarcal, una “taha”, y sólo muy recientemente ha surgido una red de caminos que remonte lateralmente los barrancos. Por ello, antes como ahora, el Guadalfeo servía de regulador de las comunicaciones interiores lo mismo que controlaba las exteriores. A lo largo de cada valle, generalmente en la margen más soleada, a mitad de ladera y nunca en su parte más baja, se encuentran los núcleos de poblamiento, pequeñas aldeas de casas concentradas y no muchos habitantes: los mil habitantes constituyen un promedio muy general. Cada municipio adaptado a la forma del torrente, presenta un terrazgo de regadío, con fruticultura y hortalizas, que recuerda el paisaje morisco, situado no lejos del curso del agua, pero siempre en la ladera más caldeada por el sol. Las parcelas, pequeñas y escalonadas en “bancales”, se trabajan concienzudamente y presentan una característica disposición de los cultivos según la altura: olivos, parrales, higueras, maíz, habichuelas, en las más bajas; castaños, manzanos, patatas, trigo, centeno, en las más altas. Entre las vegas, separando una de otra, el secano cerealista, nacido después de 1572 a expensas del bosque de encinas, robles y pinos, muy extensivo y de bajos rendimientos tanto por la pobreza del suelo como por la dureza del clima. Este secano que, a veces, sobre todo en las regiones más altas también se riegan en verano, llega fácilmente hasta los 2.000 y a veces hasta los 2.400 ms., aunque siempre de una forma temporal, a medida que la nieve se va retirando. Cerca de las cumbres no es difícil encontrar frecuentes praderías de rica y jugosa hierba hasta donde ascienden los rebaños de ovejas que, en invierno, han permanecido en los llanos costeros, y también los vacunos estabulados junto al pueblo en los meses fríos. La transformación de la Alta Alpujarra El esquema esbozado es general a toda la Alpujarra Alta y corresponde a unos modos de vida tradicionales, evolucionados más o menos desde el siglo XVI, que el impacto de la superpoblación y de actividades no agrarias modernas está modificando profundamente en la parte occidental y apenas se ha insinuado en la oriental. Los municipios alpujarreños orientales -entre el río Grande de Adra y el valle de Laroles y su centro en Ugíjar- alcanzan todos menos altura que los occidentales, a causa del descenso de O. a E. de las crestas serranas, oscilando sus cumbres entre los 2.750 metros del Peñón del Puerto y los 2.519 metros del Cerro del Almirez. Por ello, y por su mayor distancia respecto a la zona de procedencia de las lluvias son más secos aunque de clima más templado. Aquí, la tierra fría es escasa, pero sus barrancos -Mecina, Válor, Nechite, Laroles- llevan menos agua incluso en verano, en el momento del deshielo definitivo. Los cultivos predominantes -dentro de la característica oposición entre secano y regadío, acaso aquí más violenta- son ciertos frutales mediterráneos, entre los que se encuentran junto al naranjo y el olivo, la vid y el maiz. En los secanos, junto a la higuera y el almendro, no faltan los cereales de invierno, la cebada y el trigo. Pero, en la práctica, toda la tierra laborable ha sido ya ocupada y repartida al máximo, sin que sea fácil exigir más de este suelo tan exprimido y de este clima tan difícil a menudo. Y sin que, en fín, las posibilidades ganaderas existan apenas. Así, la Alpujarra Alta Oriental ha entrado desde el siglo pasado en plena decadencia demográfica; hasta 1900, con 17.864 almas, su población había disminuido netamente, 23.349 en 1860, absorbiendo su excedente la emigración. Después, 15.345 en 1920 y 19.926 en 1960, se ha estabilizado, y a veces retrocedido. Ugíjar, por ejemplo, pasó de 2.903 habitantes en 1900, a 2.660 en 1940 y 2.507 en 1960. Sólo, en algunos caos, circunstancias específicas han provocado una situación contraria; Cádiar, 1.906 en 1900, y 2.419 en 1960. Al O. del Alto Guadalfeo, y hasta el río Lanjarón y el valle de Lecrín, se extiende la Alpujarra Alta Oeste. Está respaldada por el conjunto de cimas más altas de Sierra Nevada y de la Península Ibérica, más de 3.000 metros desde el Picón de Jeres (3.986 metros) al del Caballo (3.011 metros) y comprende los valles de Trevélez, Poqueira, Chico y Lanjarón, junto con la depresión de Órgiva, que le sirve de centro. En estos municipios occidentales, centrados en torno a Órgiva, la estructura agraria es la misma ya conocida. No obstante, las posibilidades de salida de los productos del campo son ligeramente mayores y esto ha permitido una horticultura -judías- de exportación a otras regiones andaluzas. Pero, además, existe una tradición ganadera más importante y en trance de profunda transformación, con la más importante cabaña vacuna y porcina alpujarreña. Acaso, por ello, lo que hasta 1900 fue un bache demográfico -20.386 en 1860 y 19.684 en 1900- se convirtió después de un tímido desarrollo positivo: 21.639 en 1920 y 24.013 en 1960. Sin embargo, no ha sido el cambio en la agricultura lo esencial, sino más bien la aparición de nuevas actividades, como la minería y la hidroelectricidad. En la actualidad, en el barranco de Poqueira se encuentra en pleno desarrollo el más importante sistema eléctrico de toda la provincia; puestas en funcionamiento las dos centrales de Pampaneira (16.000 KVA) y Poqueira (13.000 KVA), sigue en proyecto la de Trevélez, aparte otras dos más en la misma región. Y no lejos, en el Cerro del Conjuro funciona el grupo minero mayor de toda la región, con el segundo yacimiento ferrífero de Sierra Nevada, mientras la inmediata sierra de Lújar cuenta con el principal venero de plomo del Mediterráneo andaluz. El yacimiento del Conjuro se conoce desde 1896. Pero, su explotación no comenzó hasta 1954, en que la Empresa Nacional Siderúrgica, dependiente del Instituto Nacional de Industria, se hizo cargo del yacimiento en función de las necesidades crecientes de la recién fundada factoría siderúrgica de Avilés. La producción saltó de 16.500 Tn. en 1957 a 240.350 Tn. en 1966, iniciándose después una crisis de explotación que, quizá, pueda resolverse pronto. El mineral tiene su salida por el puerto de Motril, lo mismo que el plomo de sierra de Lújar, trabajado por la Sociedad Minero - Metalúrgica de Peñarroya, uno de los grupos mineros mas poderosos del país y cuya explotación se inició en 1893. Así, la Alpujarra occidental ha comenzado a entrar en contacto activo con el mundo exterior y a la vez la lenta, pero continua mejora de sus caminos -Capileira - Granada-, ha iniciado el turismo todavía muy escaso e incipiente, sobre todo si se tiene en cuenta las bellezas naturales de la región. Nota: Esta carretera (Capileira - Granada) se cerró en 1999 para evitar el continuado atentado ambiental que suponía el paso de vehículos por zonas especialmente sensibles del “Parque Nacional Sierra Nevada”. La Alpujarra Baja La sierra de la Contraviesa y su caracol mediterráneo. He aquí los elementos geográficos de la Alpujarra Baja. Con sólo 1.800 metros de altura, la “tierra fría” no existe prácticamente, pero a su pie, a orillas del “Mare Nostrum”, se esboza lo que pudiéramos llamar una “tierra caliente”. De origen geológico más reciente que Sierra Nevada, aunque de gran complejidad, la Contraviesa y Lújar están constituidas por pizarras y calizas muy ásperas y secas, incrementando con su específico comportamiento la aridez atmosférica, muy considerable. Menos de 600 litros, frente a más de 1.000 en Sierra Nevada. Las dificultades del medio debieron ser la razón de que, en la época musulmana, la región, salvo allí donde el riego era posible, fuese un enorme matorral mediterráneo con masas de encinas y alcornoques intercaladas, y una ocupación humana escasa y dispersa, con una población numéricamente muy pequeña y muy pocos núcleos de habitación. Iniciada la repoblación, después de 1570, con cristianos viejos, la vegetación espontánea fue desapareciendo poco a poco hasta que la tierra de pan llevar y diversos cultivos arborescentes típicos del secano mediterráneo dominaron el paisaje. Actualmente, en los escasos torrentes casi secos todo el año se insinúan pequeñas vegas de estricto valor local, que sólo en el curso inferior de la rambla de Albuñol, con agua de pozo frecuentemente, adquieren verdadera importancia. El secano, cuyo predominio espacial es absoluto, aparece ocupado por la vid, el olivo y los almendros. Sobre todo, hay que destacar la vid; la Contraviesa presenta los viñedos más importantes de toda la provincia a pesar de su parcial destrucción por la filoxera a fines del siglo XIX. Sus vinos, de excelente calidad y parientes, pese a sus muchas diferencias, de los malagueños, son muy prestigiosos en Granada, donde se conocen como vinos de la Costa, encontrándose sus principales centros productores en Albondón y Albuñol. Acaso, su mejora en calidad y presentación y sobre todo su organización comercial adecuada -mediante una Cooperativa- podrían facilitar su ampliación. Durante siglos, la piratería berberisca asoló la Costa, todavía defendida por sus típicas torres vigías, y la población se refugió a mitad de ladera, donde se encuentran las cabeceras de los municipios, como Gualchos, Polopos, Sorvilán, el mismo Albuñol… Después, hecha la paz, la costa alpujarreña, aunque sin las grandes llanuras de la Costa del Sol occidental, ha comenzado a poblarse y a progresar económicamente. Hoy, Castell de Ferro, nacido en el siglo XVIII, es mayor, con sus 1.500 habitantes, que la capital del municipio Gualchos, más al interior, que sólo tiene 1.021. El turismo y, en los últimos años, los cultivos de “enarenados” de hortalizas -judías, pimientos y tomates- muy tempranas, están enriqueciendo a la estrecha faja costera. Sólo la falta de llanuras litorales constituye un serio obstáculo. El desarrollo litoral no puede compensar la regresión del interior, y, en conjunto, la Alpujarra Baja es un área en retroceso demográfico: 31.802 habitantes en 1900, 29.105 en 1930 y 24.472 en 1960. La crisis demográfica está ligada al secano. El progreso, al regadío, en lento crecimiento pese a su limitada superficie: 2,207 Has. Desde fines del siglo XIX, avanzando a lo largo de las ramblas e intensificando la explotación de las aguas subálveas, llegó al mismo litoral, a las desembocaduras de las ramblas de Albuñol y Gualchos. Entonces, beneficiándose de la suavidad del clima y de unos suelos vírgenes y de gran fertilidad, surgieron los primeros cultivos tempranos (tomate y pimiento). El perfeccionamiento de las técnicas llevó a la aparición y difusión, desde su lugar de nacimiento (La Rábita), de los cultivos en huertos “enarenados”, base de una horticultura (judías, pimientos, tomates) anterior en un mes, al menos, a la más temprana de Europa, y que justifica sus elevados precios y su exportación asegurada al Norte español y a casi todo el Mercado Común Europeo, sobre todo a Francia y Alemania. Un mundo insólito Encerrada entre sus breñas, bañada por las olas mediterráneas, la Alpujarra es un mundo original, un típico paisaje mediterráneo de montaña. Típico y original por sus paisajes y por sus hombres, que hacen de éste rincón andaluz uno de los más atractivos y desconocidos de España. Su atracción, que depende tanto de la variedad paisajística que le es característica -alta montaña alpina, playas doradas mediterráneas, frondosos castañares, resecas chumberas- como de sus campesinos, tenaces, agudos, conscientes y capaces de enfrentarse con una naturaleza difícil aunque, en el fondo, generosa. “La Alpujarra -dice Harold López Méndez- subyuga por la singularidad de su belleza, su pintoresquismo, su paisaje amplio y variado, difícil e irregular. Y no presenta una curiosidad ociosa, sino que induce a una búsqueda romántica”. Una búsqueda romántica que ha atraído a tantas personalidades insólitas y delicadas, cautivadas por la belleza difícil de la región. Nota: Harold López Méndez es autor de “España desconocida. La Alpujarra: rincón misterioso” (1967), “Libro de Interés Turístico” (Resolución de la Subsecretaría de Turismo de fecha 21 junio 1967 - BOE núm. 177 de 26 de Julio). Recordemos a Hurtado de Mendoza o a Alarcón, entre los españoles, a Brenan o a Sermet, entre los extranjeros, y sólo son un ejemplo entre mil. Cautivados, sobre todo, por el alpujarreño y su obra: “castaños vigorosos, perales y cerezos que se mezclan con olivos, almendros e higueras: rojas flores de los granados; cascadas y canto del agua de la Sierra, clara en las acequias” (Sermet). Pero, también, cautivos del aislamiento y la paz que allí encontraron y gozaron, hasta llegar a convertirla en una plena realidad de sí mismos: “No, me dije (Gerald Brenan), la visión que yo me formé de éste lugar no era una ilusión”. El mundo misterioso, desconocido, insólito de la Alpujarra es una realidad viva y cambiante, en un mundo en que todo parece conducir a la monotonía y a la uniformidad”. Colofón El siguiente artículo - fascículo que publicaré en “PATRIMONIO GRANADINO”, es el escrito por catedrático de Filología Románica de la Universidad de Granada, don Andrés Soria Ortega (1922 - 2007) y titulado: “LA COSTA DEL SOL GRANADINA”.
1 Comentario
Inmaculada V. B.
4/7/2024 10:12:33 am
¡Qué lujazo!... Recorro las Alpujarras muy a menudo, y, cada vez, me gustan más. Todo en ellas es positivo, incluida su gastronomía… Es tocar el cielo.
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