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“LA COSTA DEL SOL GRANADINA” (1971) de don Andrés Soria Ortega (1922 - 2007), catedrático de Filología Románica de la Universidad de Granada. La provincia de Granada baña sus pies en el Mediterráneo. Es una de las cinco provincias marítimas de Andalucía y acota para sí, con las cumbres más altas, un trozo de mar azul. Pero su litoral no es extenso y como la capital se asienta lejos de él, para muchos, la relación entre ciudad y la mayoría de sus comarcas, todas atlánticas, y el mar, difícilmente se establece. Granada -ya lo dijo el poeta- es “la que suspira por el mar”, aunque lo tenga casi a sus plantas. Nota: El poeta granadino Federico García Lorca (1898 - 1936), en su poema “Gráfico de la Petenera (Cante Jondo)” dedicado a su amigo, el periodista y ensayista Eugenio Montes Domínguez (1900 - 1982) comienza con éstos versos: “Cien jinetes enlutados / ¿dónde irán / por el cielo yacente / del naranjal? / Ni a Córdoba ni a Sevilla / llegarán. / Ni a Granada la que suspira / por el mar. / Esos caballos soñolientos / los llevarán, / al laberinto de las cruces / donde tiembla el cantar. / Con siete ayes clavados, / ¿dónde irán, / los cien jinetes andaluces / del naranjal?”. La división administrativa española, aquella de las 49 provincias se debe a un granadino, mejor dicho, a un motrileño, nacido precisamente en la ciudad más importante de la Costa. Al trazar sobre el mapa el caprichoso dibujo que daría nacimiento a las nuevas circunscripciones, Francisco Javier de Burgos, poeta y traductor de Horacio, no se olvidó de la historia. Pensando en el antiguo Reino de Granada, cuya primitiva delimitación fue musulmana, incorporó a la provincia de Granada una franja costera. Este reino había sido marítimo y la primera nota distintiva de la costa granadina es su no borrada impronta morisca. Almuñécar fue punto de desembarco del aventurero poeta de la familia de los Umaya de Damasco que llegó al Extremo Occidente huyendo de las matanzas que habían acabado con sus parientes y que le harían exclamar: “También eres tú, oh palma extranjera en estas tierras, como yo”, ahogando su melancolía para entregarse rápidamente a la acción y fundar el glorioso Califato de Córdoba. Notas:
Siglos después, cuando Abderramán I era sólo un recuerdo difuminado. Salobreña, con su salvaje roca y su castillo inaccesible, batido por este mar, sería la fortaleza ideal para confinar a las víctimas de las intrigas palaciegas que se tejían en la Alhambra. Para los moros granadinos, el mar de estas costas representará la última esperanza. Frente a ellas están las playas africanas, que se adivinan tras el confín o se pueden columbrar envueltas en un girón de bruma al empinarse en las más altas sierras. Por allí tenían que aparecer las velas salvadoras que nunca llegaron. Vendrían, sí, pero aisladas, clandestinas, en el contrabando y en el asalto corsario. Durante largo tiempo estos pueblos a la vera del mar estarán expuestos a la piratería berberisca, que asola los campos y cautiva las gentes. Por eso, muchos no surgen en la misma orilla del agua, sino guardándose, un poco tierra adentro en el disimulo de una rambla. Nota: Desde la llegada de los primeros emigrantes andalusíes a diversos enclaves norteafricanos tras la Conquista del Reino de Granada (1492), los ataques de piratas berberiscos a las costas del antiguo Reino de Granada son una constante. Primero son piráticos y después pasan a organizarse bajo autorización real y con “patente de corso”. A los berberiscos, algunos de ellos tan conocidos como los hermanos Barbarroja o el terrible pirata morisco Al-Doghalí, se suman ataques de corsarios británicos, holandeses y franceses, deseosos de hacerse con las riquezas de la flota de Indias que arribaba a las costas de la península ibérica. Hoy, cuando se desarrolla en estas costas una pujante actividad turística que completa y sucede a la marina y comercial, el ambiente pacífico no puede hacer olvidar del todo la latencia guerrera. Unas atalayas que parecen ahora decorativas para hilvanar y rematar los perfiles del paisaje, recuerdan las alarmas de otros días, las fogatas de la defensa y los “atajadores de la Costa de la Mar” que vigilaron éstos parajes durante siglos. Nota: Las atalayas o torres vigías (siglos XV al XVIII) estaban emplazadas, y algunas siguen estándolo, en promontorios de la costa. Desde ellas se pueden ver a sus inmediatas laterales situadas, entre 2 y 4 km de distancia, dando lugar y formando parte de una cadena continua defensiva, formadas (de Oeste a Este) por: la Torre de Cerro Gordo (Siglo XVI), el Castillo de la Herradura (Siglo XVIII), la Torre de la Punta de la Mona (Siglo XVIII), el Castillo de San Miguel, Almuñécar (Siglo XIV), la Torre de la Punta de Velilla ó del Hachuelo (Siglo XVI), la Torre del Granizo o Punta de la Galera (Siglo XVI), la Torre de Defensa del Tesorillo (Siglo XVIII), la Torre del Diablo (Siglo XVIII), la Torre del Cambrón (Siglo XIII - Hotel Salobreña), el Castillo de Salobreña (Siglo XIII), la Iglesia Fortaleza de Nuestra Señora de la Encarnación - Motril (Siglo XVI), la Torre Nueva de Torrenueva Costa (Siglo XVI), el Castillo de Carchuna (Siglo XVIII), la Atalaya del LLano de Carchuna ó “El Farillo” (Siglo XVI), el Fuerte de Calahonda (Siglo XIII), la Torre del Zambullón (Siglo XVI), la Torre de la Rijana (Siglo XVI), la Atalaya de la Estancia (Siglo XVI), el Castillo de Castell de Ferro (Siglo XIV), la Atalaya de Cambriles (Siglo XVI), la Torre de Defensa de Baños, Polopos (Siglo XIII), la Torre del Cautor, La Mamola (Siglo XVI), la Torre de Melicena (Siglo XVI), la Torre del Puntalón ó Punta Negra (Siglo XVIII), la Torre de la Rábita (Siglo XVIII), el Castillo de la Rábita (Siglo XIV) y la Atalaya de Huarea (Siglo XVI). * * * Cuando un niño granadino traspone los ojos con el blanco peso del sueño su madre le dice: -¡A la Costa, por limones…! y se lo lleva a acostar después de haberle insinuado con inocente juego de palabras, el viaje hacia un maravilloso país. La Costa es, no una región que ciñe el contorno del mar sino un “clima” -otra reliquia árabe- más dilatado que la mera zona estrictamente marítima. En Granada, cuando se habla de los productos de la Costa no se piensa en la vecindad al mar, sino en una comarca benigna y privilegiada, de frutos tempranos y aires templados. El vino de la costa, las hortalizas verdes, jugosas, tiernas, nacidas a despecho del almanaque y, para coronar la cornucopia, las frutas exóticas, bananas, chirimoyos, aguacates... A diez leguas de Granada está el mar. Esta distancia es hoy irrisoria y lo sería más si los caminos fuesen mejores. Pero hay que pensar en los transportes antiguos: una jornada bastaba a los neveros para traer en verano a la ciudad sus serones de nieve y otra a los arrieros que le feriaban las cosas que cría el mar o aportan por el mar. El “clima” ha dado su sello geográfico más natural y duradero que las creaciones artificiales ya sean divisiones comarcanas o autopistas rectilíneas. La Haza del Lino, Albuñol, Jete o Itrabo, estuvieron y están para la mentalidad popular en la Costa, aunque al mirarlos inscritos en el mapa aparezcan un poco alejados de la línea azul. Frutos de la Costa y hombres, también de la Costa. Elementos naturales, perdurables. Los frutos con su sabor y los hombres con su habla, con su entonación típica. También con sus fantasías y sus gracejos genuinos, que delatan el lugar con más propiedad y exactitud que los artificios de la administración. La nueva geografía turística incluye la ribera marítima granadina dentro de la Costa del Sol (Costa del Sol granadina es su denominación completa). Hace cuarenta años, cuando empezó en nuestro país el impulso turístico y para estas comarcas se soñaba un porvenir industrial y comercial muy amplio, ya se acuñó el nombre “Costa del Sol” que abarcaba, como ahora, las tres provincias del antiguo Reino, Málaga, Granada y Almería (Francisco Pérez García, “La Costa del Sol”, Motril, Imprenta Comercial, 1930). I Para delimitar a la costa granadina hay que recurrir a la geografía antigua e histórica. En la Granada musulmana se distinguían dos “tahas” o comarcas marítimas: la del “Çueyhel” (La Costa Chica) y la del “Çehel” (La Costa Grande). Propiamente abarcaban zonas montañosas más que costeras. La primera comprendía los lugares de Lújar, Rubite, La Garnatilla, Gualchos -todos tierra adentro- para terminar, ya en el mar, en la Arrayhana con su torre y en Castil (hoy Castell) de Ferro, cuyo castillo fue volado en 1837. El partido de Motril, que acaba por Levante precisamente en la playa de Cambriles, de Castell, viene a coincidir, en parte, con la antigua “taha” marítima. En cuanto al “Çehel”, “ocupa toda la Sierra de la Contraviesa hasta el mar, sin playas ni más acceso que el breve río de Albuñol, cuya boca defendía el castillo de La Rábita” (Gómez Moreno). Albuñol y más arriba Sorvilán, Polopos, Albondón, Torvizcón y Murtas, entraban dentro de ésta zona. Estas dos antiguas demarcaciones se han visto siempre unidas a las tierras interiores con que lindan, es decir, a la Alpujarra. Su fisonomía, tanto costera como general es muy distinta de la otra parte de la Costa -la Occidental- mucho menos mencionada en la historia, ya que en los días de la rebelión, Motril resistió unirse a los moriscos. De todas formas resulta menos confusa la visión moderna, que yuxtapone el partido judicial de Motril al Oeste limitando con la provincia de Málaga, al de Albuñol al Este, limitando con la de Almería. Motril ocupa el centro de toda la costa granadina, en vertical con Granada, dividiéndola en dos partes, que han tenido desigual fortuna, tanto en lo pasado como ahora. Una gran carretera nacional, la de Barcelona a Cádiz (nuestra ruta costera más extensa) ciñe por completo la costa granadina. En Motril, la carretera de Granada comunica fácilmente con la capital y todavía se abren tierra adentro carreteras secundarias que penetran en la Alpujarra o en la Almijara. Estas rutas son comunicaciones ordinarias y sobre todo turísticas, pues la bajada del interior a la Costa, lo mismo que su travesía, siguen itinerarios extraordinariamente variados y pintorescos. Se adornan con el asterisco de lo interesante y enlazan ciudades como Málaga, Almería y Motril con Granada. La actual motorización, tanto indígena como extranjera la conocen bien sobre todo en verano, con sus caravanas domingueras, y también en primavera o invierno. Es posible practicar los deportes náuticos y los alpinos, trepar a la nieve de las altas cumbres (abordándola por más de un camino) o descender a una sucesión de playas en poco tiempo. Pero el viajero más lento, que guste de la pura contemplación del paisaje, tiene ante sí un abanico de posibilidades y contrastes, una serie de estampas muy diversas. Nota: Para leer "Memoria de Aniversario: Francisco de Paula Peña Millán, Fotógrafo y Reportero Gráfico (1948 - 2023)", de mi amigo Domingo A. López Fernández, Cronista Oficial de la Ciudad de Motril, pulsar aquí>>> Algunos datos objetivos de interés: Tiene la Costa del Sol granadina 97 kilómetros, desde El Pozuelo a La Herradura, primero y último pueblo de la provincia al recorrerla de Este a Oeste. Desde La Rábita, una ruta la comunica con la Alpujarra. En Motril se encuentra el camino principal de comunicación directa con la capital. Por último, desde Almuñécar, otra carretera, la más moderna, la une también con Granada (Almuñécar - Suspiro del Moro), acortando distancia, de tal manera que toda la provincia, en sus zonas oriental y occidental, se encuentra rápidamente comunicada con el mar. El ferrocarril Granada - Motril o Jaén - Granada - Motril fue ilusión de progreso alimentada como quimera por sucesivas generaciones de granadinos y costeños (el tranvía Granada - Dúrcal y el cable aéreo Dúrcal - Motril Puerto, suplieron hace años el negro trazo discontinuo en los mapas de la vía férrea, hasta esta hora de la motorización). La línea del litoral granadino presenta una sucesión de “playas” y “puntas”, con un solo cabo que la divide en dos partes casi iguales. El Cabo de Sacratif, con su faro, destaca un promontorio más poético que geográfico. Y los lugares a orillas del mar, alternan sus nombres populares, arábigos, mozárabes y modernos hoy puestos de relieve por la promoción turística. El clima de la Costa del Sol es mediterráneo y claramente invernal, de inviernos templados (Media 18º, máximas extremos, 39º y 3º en la parte occidental -Motril y Almuñécar- de 12º a 16º para toda la Costa), mucho más que los de las provincias marítimas limítrofes. El promedio anual de lluvias es escaso (menos de 400 litros), pero, en todo caso, mayor que en la provincia de Almería. Estas lluvias suelen ser torrenciales y de distribución irregular. Según los geógrafos, ocupa la Costa una posición de transición entre la zona húmeda y la semiárida. En resumen: Sus condiciones climáticas son casi intertropicales, más que mediterráneas. Y esto es verdad, porque el trópico se siente al sumergirnos en su atmósfera, bonancible, ardiente y cálida como condición telúrica real, antes que la vegetación típica nos confirme la ilusión. Y todavía sería mayor la inmersión en el aura del trópico si no la corrigiera constantemente la cornisa norteña, con sus montes azules de nieves perpetuas. La insolación de la Costa es asimismo muy grande. Nada menos que 321 días soleados como media anual. Hay meses que no conocen ni un sólo día nublado. Este pródigo sol aparte de sus efectos generales, también es el don natural más deseado, sobre todo por las gentes que no lo suelen ver nunca cara a cara y, si acaso, los vislumbran pálido y astral. Aquí se hace poderosamente presente, para tostar espaldas y madurar frutos. En cuanto al mar, completa la dulzura del clima con aguas no frías, que el Levante (viento enérgico y revolvedor en todo el Mediterráneo) las hace agitadas y calientes. En cambio, el Poniente, de grandes ondas mesuradas, las enfría. Claro que la disposición de las playas balnearias es tan variada que puede invertir estas condiciones. Para quien venga a la Costa por el mar -siguiendo la línea del litoral o abardándolo en línea recta- hay un puerto, el del Varadero (Motril), que al mismo tiempo es el único de la provincia y está en la base de un imaginario eje rectilíneo que pasase por Jaén y Granada. Sirve a toda la comarca como importante punto de comunicación por mar y es la inmediata salida de los productos costeros, de los minerales del Conjuro y Lújar, así como de las riquezas del interior, Alpujarras y Valle de Lecrín. Muy próximo en línea recta a la zona oriental de Marruecos, en la otra orilla mediterránea. Concebido como puerto comercial, a ello responden sus instalaciones, hoy modernizadas. Recibe los cabotajes, alguna arribada de altura, exótica, y, en pequeño, tiene la alegría de mástiles, de banderas, de actividad ruidosa y marinera de todos los puertos. Últimamente han fondeado en él yates, triángulos veloces de naves deportivas, y, a veces, barcos de gran calado con turistas del otro extremo de Europa, que se desparramaban en seguida por la Costa o subían al interior. Pero tiene algo más y es una situación paisajística única. Tras las verticales de humos, chimeneas y grúas, la gran barrera verde de los cañares de la vega se prolongan en horizontales infinitas. Y al fondo, dominado por el penibético Caballo, blanqueado totalmente en los claros días invernales, unas agobiadoras sierras de intenso color pardo -las cimas de Lujar- ofrecen un cuadro difícil de olvidar, un gran fresco de colores sin mezcla. La Costa del Sol granadina es de una extraordinaria belleza. En ella se encuentra la vieja sirena de la variedad, y se suceden paisajes a trozos dramáticos y en todo lugar encantadores. Empieza con el imponente bastión de Cerro Gordo, con pinos que abren sus copas sobre la primera ensenada de calma y el primer pueblo blanco, La Herradura, sobre la que se yerguen los macizos más orientales de la Almijara y Cázulas. Esta caleta es perfecta, por conjugar elementos planetarios: los pinos y el monte bajo, los festones de pitas y los arriates domésticos de flores abigarradas. La Punta de la Mona abre, también suave, la Ensenada de los Berengueles y más allá con el Peñón de Afuera ceñido de espumas, Almuñécar. Notas:
Almuñécar reúne el monte, el mar y la vega, levantando su caserío, muy blanco y pintoresco en su casco antiguo -iglesia grande, reposada, tejaroz del cementerio en su caso antiguo-, extenso y progresivo en los dados de las urbanizaciones modernas, sobre sus dos playas, la de San Cristóbal y la del Altillo, llamada antiguamente la de Puerta al Mar. Almuñécar es labradora. También ha sido, sobre todo en este siglo, la más precoz en desarrollo turístico. Playa burguesa y especialmente, impagable rincón para invernar. Hoy es un “lugar turístico” por excelencia, con la enorme ventaja sobre otros, de su situación excepcional y la belleza de sus alrededores, monte, vega y calas. Mas allá, el camino serpentea junto al mar y hay otra ensenada riente, la de Velilla, con una de las playas más bonitas de la Costa. Y al lado de una verdadera sucesión de grupos de casas y urbanizaciones modernas -la más densas del litoral- se llega a Salobreña. Quizá sea la Selambina fenicia, pero hoy es, sobre todo, el pueblo típico de la España del Sur, blanco en su roca coronado por el castillo (acertadamente reconstruido) entre dos horizontales, el azul del mar y la verde de la Vega. Desde su prodigiosa situación se descubren montes lejanos, que en invierno dan el toque de las nieves eternas al cuadro y lo completan en maravilla. De día, Salobreña es imponente, militar. De noche es una joya. Es uno de los paisajes más ásperamente hispánicos de toda la Costa del Sol, que lanza como un reto su belleza austera, morena y blanca contra los increíbles follajes verdes de los cañaverales. Desde Salobreña a Motril la nota dominante es ésta frondosidad horizontal, cortada a trechos por las palmeras, las araucarias solemnes y algunos chopos finos de sabor castellano. Nota: El cultivo milenario de la caña de azúcar en las Vegas de Motril y Salobreña, tuvo su punto final durante la campaña del año 2005, pese a que la Azucarera Nuestra Señora del Rosario (La Caleta - Salobreña) la última y única Empresa especializada que quedaba en toda Europa, había molturado en la campaña anterior 57.036 toneladas de caña de azúcar, con una riqueza polarimétrica (mejor que la anterior campaña) de 13,1º, propiciando un precio de 40,48 euros / Tm, muy por encima del precio base del Ministerio de Agricultura (36,36 euros / Tm a partir de 12,1º polarimétricos). Lo que redundó en la calidad y cantidad de azúcar morena. En total se obtuvo una producción de 4.934 toneladas de azúcar. Las 4 variedades que se venían cultivando eran: la NCO - 310 (conocida como blanquilla), la PR - 60 / 170 (procedente de Puerto Rico), la RD - 7511 (oriunda de la República Dominicana) y la TUC - 7742 (conocida como la Tucumana). La caña se seguía cortando a mano, después de ser quemada, con el machete australiano (que en su día sustituyó a la hachuela) lo que hacía que se encareciera la “monda”. Doce cuadrillas, compuestas cada una, de 6 a 8 personas, venidas de las Albuñuelas, la Alpujarra e inmigrantes de los países del Este y Sudamérica, se encargaron de la “monda”, trabajando a destajo, por unos sueldos que oscilaban entre los 80 y 150 euros diarios. Este año tampoco hubo “acarretos”. El transporte de la caña en animales, burros y mulos, desaparecieron ya en la zafra de 2003, siendo sustituidos por pequeños tractores, máquinas de carga y camiones. Motril, por fin, muestra su traza urbana, levemente inclinada, de ciudad y cabeza de la Vega, que se abre en arbolados caminos hacia el puerto. Pero ya están muy encima los cerros y la maciza y mineral Sierra de Lujar va a cortar por el Este, en Torrenueva, la llanura verde. Nota: La barriada motrileña de Torrenueva, desde el martes 9 de octubre de 2018, es Torrenueva Costa, por segregación, administrativa y física, de su municipio matriz. Es el municipio número 174 en la provincia de Granada y en el 10° de su línea de costa. Para leer sobre éste nuevo municipio, pulsar aquí>>> El Cabo Sacratif cierra este lado occidental de la Costa. Más allá de él hay otra zona más inédita y de un carácter completamente distinto. Los Llanos de Carchuna (hoy renovados por los nuevos cultivos en arena) son breve horizontal hasta Calahonda, pueblo abierto, de tejados blanqueados, pescador en su cala limpia. Nota: La fisonomía física de los Llanos de Carchuna y Calahonda, hoy en día se encuentra muy transformada, pues aquellos novedosos cultivos a la intemperie, en arena, poco después, se transformaron en modernos invernaderos de plástico, que proporcionan una gran riqueza a los labradores que primorosamente los cultivan, con el trabajoso y rentable resultado, de 3 y 4 cosechas anuales de verduras y hortalizas de gran calidad. Por encima de él, la ruta costera prosigue bordeando montes ocres, pelados, que se derrumban en las fisuras de estrechas ramblas y precarias sombras de higueras. Es un paisaje más íntimo, donde se hacen desear las playas de Castell de Ferro, (Castillo de Baños) la Mamola (Los Yesos, Melicena) la Rábita y el Pozuelo, con construcciones inverosímiles y sorprendentes. Y la costa granadina termina como con compases asordinados… El recorrido es de unos cien kilómetros, breve y sin embargo, enjundioso por su extraordinaria variedad. Igualmente, los caminos que llevan de la capital al mar son quebrados y pintorescos. El más nuevo (Carretera del Suspiro del Moro a Almuñécar) en pocos kilómetros recorre páramos y secanales, hoscos pinares viejos y salvajes y desciende con lentitud a valles de vegetación y cultivos desconocidos. Nota: La Carretera del Suspiro del Moro a Almuñécar, oficialmente la A - 4050 y popularmente conocida como “Carretera de la Cabra”, tiene una longitud de unos 60 kilómetros, de un trazado tortuoso y revirado. Tiene un desnivel negativo, de más de 1.500 metros. En gran parte, discurre por la ladera del encajonado valle del Río Verde, que desde las estribaciones de la Sierra de la Almijara desciende hasta la costa marítima de Almuñécar. Atravesando los términos municipales de Lentegí, Otívar y Jete (antes de llegar al de Almuñécar). Y en sus feraces e inclinados terrenos de labor se cultivan los nísperos, chirimoyos, aguacates, mangos y otras frutas subtropicales. Aguacates y chirimoyos Plátanos "bastos" y mangos Ya presentimos la suavidad ribereña, después de haber visto al olivo ceder terreno a los naranjos oscuros y estos a las menudas hojuelas del chirimoyo. El alborozo botánico se transforma en realidades labriegas. Mientras que el campesino de la Vega de Granada se afana en los cultivos más clásicos, los trigos, las cebadas o ensayando tabacos y cañamares, el de la Costa, con idénticos almocafres y riegos arábigos laborea la caña y planta hazas y huertos de claveles. Recientemente, arenales que sólo criaban palmitos han sido roturados y con industria se han transformado en cultivos de frutos tempranos. La Costa ha sido, en toda su historia, labradora fina y acaso también cosechadora de vinos tintos, un poco ásperos y en esta hora, medio míticos. I I Alhendín, pueblo muy próximo a Granada, que guarda en su iglesia una maravillosa Inmaculada de Alonso Cano, es también lonja distribuidora del pescado que viene de la costa granadina. Porque naturalmente, en los pueblos grandes y chicos del litoral se pesca, aunque la demanda actual haga insuficiente los pescados y mariscos, sabrosos y escogidos.Las estadísticas fidedignas demuestran que la actividad pesquera ha decrecido, no sólo en el área, relativamente pequeña de la provincia granadina sino en todo el Mediterráneo andaluz. Las causas son complejas. El resultado es que pueblos que hace cincuenta años eran preferentemente pescadores -Torrenueva, Calahonda, Castell de Ferro- hoy apenas lo son. Las viejas familias marengas, los hombres de grandes pies descalzos, gorra de seda negra, ojos entornados por el tracoma, los patrones, barcas y bucetas de corte fenicio son hoy, a Dios gracias, reliquias de un mundo a extinguir. Las estampas de copos, jábegas, noches de insomnio en el “canto”, palangres, redes y ruedas de hileros han desaparecido con su ambiente colorista o se han quedado reducidas a la mínima expresión -botes varados, ligero olor a brea y algunas cajas de pescado fresco- suficientes para componer la postal playera de cualquier costa. A esta pesca resignada, duro oficio de poco porvenir ha venido a sustituirla la deportiva y la submarina, prácticamente hoy en las playas y en las ensenadas profundas. Los pueblos de pescadores han sido los más beneficiados por la expansión turística, mientras que los de siempre dividían su afán entre el arado y el timón, conservan todavía una actividad mixta. Motril -para sintetizar en la ciudad costera más importante, los quehaceres de todas las poblaciones ribereñas- es, sobre todo labradora y está dotada de industrias de tipo agrícola. Sus funciones marítimas siempre fueron secundarias. Hoy su puerto apunta constantemente a un porvenir no solo turístico. Por su proximidad a África, por su situación en la provincia y en Andalucía Oriental está llamado a aumentar en importancia, no como “puerto pesquero” o de refugio, sino como salida de todas las riquezas del interior, los minerales o los modernos bagazos y otros subproductos, sin contar su papel en las comunicaciones marítimas de la provincia granadina, como hemos apuntado. Las chimeneas de Motril, las verdes casas que al final de la primavera se vuelven doradas, muestran una de las más características producciones de la Costa. A fines de siglo, esto se llamó la “Pequeña Cuba”, con nostalgia de la zafra antillana. Es posible que aquí se ensayara por vez primera en tiempos árabes la gramínea prodigiosa y que desde estas tierras se llevase a ultramar. La Vega de Motril, prolongándose hacia Salobreña, es casi toda, un tupido cañar, con sus ingenios primitivos (“trapiches”) y sus fábricas modernas, arruinadas y renovadas, según los altibajos del azúcar. Durante siglos ha sido riqueza segura, muelle, perfectamente tropical y la “monda” o corta jamás se hizo por manos indígenas, sino por gentes del interior, forasteras, como los segadores en otras mieses. Los “acarretos” con sus jaquimas originalisimas llevaban los haces de caña cortada a las fábricas y, en los años treinta el cable aéreo que unía el Puerto de Motril con Durcal. Fábricas modernas, de azúcar (que molían también remolacha azucarera) y de alcohol, dieron la estampa brillante de esta riqueza motrileña, hoy estancada, quizá por falta de modernización. Pero en la base, la caña conserva todavía el asombro de su concentración (muy superior a los otros pueblos cañeros de la provincia y de Almería o Málaga). Verla crecer en invierno, con el fondo del Cerro del Caballo penibético nevado, es perenne sorpresa para el viajero. Más modernos en su cultivos que las cañas, creciendo en los valles cálidos de Jete e Ítrabo están los chirimoyos. Es fruta de invierno, de carne blanca y brillantes pepitas negras y tiene el encanto, verdaderamente exótico, de dar con el bocado en su pulpa blanda, un perfume leve. Hoy constituye una riqueza. Sus parcelas se extienden cada vez más y la exportación alcanza mercados nacionales y extranjeros. Por vía de ensayo, otras frutas como los aguacates y las guayabas quizá aguarden lunas propicias que las hagan pasar del rincón de jardín donde crecen ahora, al plano lucrativo. Otros cultivos, como el boniato, de más humilde destino, acompañan esta corona vegetal de la Costa, en la que se pueden soñar las rarezas, lo mismo que cada año se comprueba la puntualidad de los frutos tempranos. Porque los labradores - jardineros de estas riberas conservan un primor aprendido de los árabes y siempre supieron explotar intensamente la feliz coyunda de la tierra y el clima. I I I El Sol: Estadísticamente hemos comprobado los días de insolación plena para estas playas, esos días de cielos limpios y mares azules, que en la tierra son masas claras y más oscuras, modeladas las sombras. En invierno se acentúa el milagro con las cumbres de Sierra Nevada como fondo, único signo de la estación. Porque la Costa no conoce otra clase de invierno en los buenos días soleados. Apenas apunta febrero cuando los almendros pasan, con demasiada rapidez, de las flores frágiles a los verdes primerizos, concentrando la primavera con una precocidad que parece humana. El mar sí puede acusar la estación, pues el Mediterráneo guarda bravuras insospechadas. Y en el verano, el sol se hace tórrido y en esa hora de mediodía, única, las playas íntimas y las más extensas de la Costa brindan la alegría elemental para los cuerpos y el espíritu. Las tardes arropan las luces largas, los encendidos colores, las masas que ingresan lentamente en la noche. Las noches son todas de perfumes y de luces inquietas. El camino desde Granada hasta sus playas ha sido recorrido muchas veces, por toda clase de viajeros, que no han dejado de anotar las sorpresas de la sucesión de paisajes. El Puerto del Suspiro del Moro que franquea la divisoria, está cargado de leyendas. Desde su altura se ve por última vez la ciudad colgada de montañas. Una vez pasado, el Valle de Lecrín anuncia la proximidad mediterránea. la historia sobresalta al viajero con sus recuerdos. A la izquierda, el camino de la Alpujarra, que arranca en la Venta de las Angustias, punto de estación lo mismo ahora que en los tiempos de diligencias y caballos de sangre que nos parecen tan remotos. El cauce del Guadalfeo, con su solana y su umbría nos lleva a Vélez Benaudalla, extraordinario paisaje morisco, donde se han adelantado los primeros plátanos para darnos la bienvenida. Y pasado el túnel de la Gorgoracha (“Reinando Isabel II”) se abre el mar en la ilimitada Vega motrileña. Uno de los miradores más importantes de la Costa del Sol granadina, que tiene muchos. Este camino, que atraviesa varios pueblos es el ordinario. Muy transitado, comunica la capital con Motril y la Alpujarra. Otro camino que arranca precisamente del Puerto del Suspiro conduce a Almuñécar, cruzando paisajes insospechados: parameras ocres, sin un árbol, del Temple, montes de pinos, abruptos y bravíos de la Sierra de Cázulas, donde vuelan las águilas y trisca, inasible, la cabra hispánica. De allí se alcanzan valles abrigados -Otívar, Jete- hasta la vega sexitana que baña el Río Verde. Castell de Ferro Ésta última ruta es ahora la preferida por el turismo más apresurado. La Costa del Sol granadina ha sido también afectada por la explosión turística. Sus posibilidades, en este sentido, son múltiples y halagüeñas. La historia de este movimiento puede hacerse, como cualquier otra, eligiendo un punto lejano -remontándose en el pasado- o bien tomándola más de cerca. Es parecida a una colonización: tiene sus pioneros, sus descubridores, su época oscura y su época dorada. Actualmente está en auge y suma los focos locales, con la seguridad de que cada pueblo del litoral tiene sus características propias, determinadas por la naturaleza, lo que hace pensar que sus áreas no recibirán el trato uniforme de otras playas. Hoteles modernos, capaces de satisfacer las exigencias del confort y la vida social, viviendas colectivas, chalets aislados, campings, se suceden a lo largo de la ruta marítima. Las urbanizaciones se multiplican. Los extranjeros empiezan a instalarse de modo permanente. El turista nacional conoce a maravilla los rincones, las diferencias de cada punta y caleta. Las excursiones tierra adentro deparan todavía pueblos sin sofisticar, perspectivas completamente inéditas, ruinas de otras edades. Despierta la afición a la cocina típica, a las especialidades hechas con los productos indígenas y los frutos del mar. Las fiesta de Agosto en Almuñécar, las de Octubre en Motril, las romerías aisladas en el tapiz del verano prestan animación extraordinaria y típica a la vida de vacaciones. Todavía puede levantarse un “chambao” con sus frescas sombras y se pueden gozar, junto a las expansiones de la vida actual, algunas modalidades de la pasada que no son despreciables: las siestas infinitas, los paseos de las tardes, el no desmentido embrujo de las noches de estío y biznaga de estos pueblos, profundamente andaluces. La Costa del Sol granadina tiene todo lo que se exige en la gran emigración veraniega y en los breves descansos en el trajín del invierno. Tiene, además, cosas que ofrecer genuinas, que no se hallan en otras partes. Sobre todo la mayor y más generosa: su belleza indiscutible y la hospitalidad acendrada de sus hijos. Colofón El siguiente artículo - fascículo que publicaré en “PATRIMONIO GRANADINO”, es el escrito por el académico, crítico literario, catedrático de Literatura y rector de las universidades de Málaga y de Granada, don Antonio Gallego Morell (1923 - 2009) y titulado: “CASA DE LOS TIROS”. Guayaba y lichis
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