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“PALACIOS DE COMARES Y LEONES” (1972) del historiador y arqueólogo granadino Jesús Bermúdez Pareja (1908 - 1986), Director del Museo Arqueológico de la Alhambra y Director del Museo de Bellas Artes de Granada. INTRODUCCIÓN Los dos palacios y algo más de los edificios y terrenos inmediatos llegaron a formar, tras la conquista cristiana, un palacio semejante al Alcázar de Sevilla. Al palacio de la Alhambra se le llamó Casa Real. Era obligado establecer en el palacio musulmán de Comares la nueva residencia de los reyes cristianos, porque como palacio del trono había sido el más representativo del poder y de la alta administración del reino de Granada, y, sin duda, el más importante y lujoso de los seis grandes palacios reconocibles en la Alhambra. Entre ellos, el Palacio de los Leones, con jardines y diáfana apertura al paisaje, facilitaba la ampliación necesaria y urgente del Palacio de Comares, del que era medianero, simplificada por tener sus patios principales al mismo nivel sobre la ladera Norte de la colina. El acoplamiento de los dos palacios resultó tan logrado, que pudo parecer que habían sido desde su principio un sólo palacio musulmán, pero la observación directa del propio monumento, cada vez más despejado de adherencias y mejor conocido en sus mutilaciones y en sus cambios, nos permite contemplar el Palacio de Comares como un palacio urbano representativo de la alta administración pública y palacio del trono y al Palacio de los Leones como palacio residencial y privado de los reyes, con disposición bien distinta en uno y en otro y tan acomodados a los servicios para que se hicieron, que es dificil imaginar se construyeran sin previa concepción de un programa. A un programa preconcebido obedece sin duda el haber situado la puerta exterior del Palacio de Comares en una gran plaza, con tiendecillas o quizás oficinas, bajo la vigilancia de un cerco de torres y de la misma muralla general, que dominan la plaza desde distintos puntos, protegida además con puertas de atajo en las calles que parten o llegan a ella. En cambio la puerta exterior del Palacio de los Leones, quedaba disimulada en el recodo de una calleja paralela a la Calle Real, muy cerca de la puerta de la Rauda de los Reyes, sin más protección que el propio recodo. Dentro del nuevo sentido urbanístico que desde la conquista va adquiriendo la Alhambra, disponía el Palacio de los Leones de acceso cómodo para servir de entrada común a los dos palacios musulmanes constituidos en el núcleo de la primera Casa Real Cristiana o Casa Real Vieja. Por eso la puerta exterior del Palacio de Comares, que resultó desplazada y a tras mano en la nueva urbanización, fue abandonada, como más tarde sería abandonada también la puerta del Palacio de los Leones, como puerta común de la Casa Real, cuando una urbanización más moderna, provocada por la construcción del Palacio de Carlos V, la dejó arrinconada. El lugar elegido por los musulmanes para los dos palacios domina la cuenca del río Darro, en la parte más escarpada del monte, lo que impedía el asalto y aseguraba la defensa, así como el goce de bellos paisajes y de un parque de animales bajo el bosque que cubre el terreno desde el pie de los palacios hasta el río. En el interior del recinto ocupan una de las cotas más bajas, para que el agua llegara con mayor presión a los surtidores de las fuentes y la mayor eficacia en el abastecimiento y rápido desagüe de los baños y retretes. El Palacio del Trono o de Comares es el más próximo al resguardo inmediato de la Alcazaba y a las puertas de las Armas y de la Justicia, de las que casi equidista. La manera espectacular como reforzaron las defensas desde estas puertas hasta el palacio hace suponer que serían las únicas del recinto general de la Alhambra franqueadas a los extraños a la corte. Las fachadas a Norte sobre la margen izquierda del valle del río se abren hacia la ciudad y los montes, en vecindad lejana. En cambio, las fachadas que miran hacia el interior de la Alhambra, no dejan traslucir nada de la disposición de los edificios ni de la vida desarrollada en ellos vertida por completo hacia el interior. PALACIO DE COMARES La calle de circunvalación del recinto de la Alhambra, llamada impropiamente foso en casi todos sus tramos, al cruzar por la plaza del palacio, establece ante la fachada de éste como una rinconada o placeta apeadero, con banco para cabalgar y descanso. Cuidaba especialmente de éste rincón un cuerpo de guardia y lo decoraba un pilar. Desde aquí se pasa al primer patio del palacio o Patio de la Madraza de los príncipes, que ocupa todo el costado derecho y el ángulo del fondo del mismo lado, con pilar de mármol y cerámica para abluciones y la disposición en planta del oratorio orientado, el aula con el hueco para la alhacena de la librería y la subida al alminar. Reducidas todas las construcciones en torno al primer patio a sólo la parte inferior de los muros y faltos éstos del revestimiento que los decoraba, únicamente podemos deducir por esos y otros testimonios incompletos el efecto del conjunto. Está claro, por ejemplo, la simplicidad y la composición asimétrica de la fachada principal del palacio al exterior, cuya puerta sobre la plaza, en lo que es posible ver, coincide en tamaño y disposición y seguramente en decoración, con la entrada de los reyes en el Palacio del Generalife. Coinciden también estas dos entradas en la disposición de dos patios sucesivos, de acusado desnivel entre ellos, y sus puertas sin recodo, enfiladas en un mismo eje recto, como respondiendo a dependencias públicas del palacio. Este segundo patio del Palacio de Comares es de mayores dimensiones y monumentalidad, con alberca central que reproduce a escala menor la planta de un ninfeo romano de Volubilis*, acrecentada con sendas fuentecitas en los extremos, cuyos surtidores alegrarían la perspectiva de los dos patios desde la entrada. Se le llama Patio de Machuca, porque en estas dependencias tuvo las suyas el arquitecto del Palacio de Carlos V. Nota: “Volubilis” = Antigua ciudad del norte de África. Yacimiento romano incluido en la lista del Patrimonio de la Humanidad de Unesco en 1997. Conserva al lado Norte la galería y una torre-estancia llamada de los Puñales, que rebasa hacia el bosque la muralla general. A un extremo del pasillo que precede a la sala-mirador estaría la entrada a la vivienda u oficina que ocuparía la nave Oeste del patio, totalmente desaparecida. Por el otro extremo se pasa a un oratorio musulmán al que en el siglo XVI se le hizo otra entrada y luego otras desfiguraciones, si bien conservó siempre el mihrab que lo caracteriza y orienta y la gracia de sus proporciones. A la fachada Este del patio la reemplazó la de una enorme nave del siglo XVI que rompe con los módulos medievales del Mexuar. Construída sobre éste, lo desfiguró interior y exteriormente. De la fachada Sur sólo quedan testimonios. Entre ellos la subida a un pequeño patio muy alargado. En él se rastrea la entrada bajo amplio arco de yesería, en el costado Oeste, y se conserva la portadilla del Mexuar, pero se ha perdido entre una confusión de pequeños datos dispersos e inciertos, la entrada medieval al Patio del Cuarto Dorado. La portadita del Mexuar tiene un dintel de fina decoración y notable semejanza con el de la puerta de la gran fachada del Alcázar de Sevilla. Le falta el zócalo de cerámica, cuyo borde superior, bajo almenas, pudo ser un friso epigráfico de azulejos incrustados, que Mármol* interpretara como un azulejo puesto en la pared, con letras árabes que dicen: “Entra y pide. No temas de pedir justicia que hallarla hás”. Falta también el color en las yeserías y en el alero de maderas talladas, como ocurre en casi todo el palacio con estos elementos decorativos. Nota: “Mármol” = Luís de Mármol Carvajal (Granada, 1524 - Vélez Málaga, 1600), historiador y militar. El Mexuar* es la primera estancia en que bruscamente percibimos el desmantelamiento y las adaptaciones del palacio vivido y abandonado sucesivamente desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Ya no tiene la disposición de mexuar, ni es capilla. Sirve de extraño tránsito al visitante actual que, junto a trozos de excelente decoración encuentra mutilaciones con feo aspecto de abandono. En la época medieval fue una cámara de gruesos muros, con espacio central como patio cubierto, que tuvo una segunda planta con celosías que permitían al rey observar y oír sin ser visto y más arriba una linterna desde la que descendía casi la única luz natural de la sala. Nota: “Mexuar” = La palabra significa «lugar de consejo» o «zona de conferencias». En la Alhambra servía como ala de entrada del Palacio de los Comares, palacio oficial del sultán y del Estado, y albergaba diversas funciones administrativas. Ya en época musulmana se sucedieron diversas edificaciones en este lugar, como puede comprobarse en una cala abierta en el muro Sur que nos muestra un fragmento de fina pintura sobre estuco que más bien parece delicado trozo de seda del zócalo de una cámara anterior desaparecida. Los cristianos montaron en esta oficina la capilla privada de los reyes y nos dejaron una muestra de ese aprovechamiento de elementos diversos, que hoy nos parecen hasta contradictorios, pero que constituyeron una admirable chapucería. Apearon el muro Norte incorporándole a la capilla el espacio que ocupó una escalera y patinillo, lo que permitió hacer coro bajo para los reyes con zócalo de cerámica magnífico, aprovechado de una sala desaparecida, y coro alto para músicos y cantores. Suprimieron la planta alta del espacio central y abrieron grandes rejas al Patio de Machuca. Para retablo se adaptó la chimenea italiana de ricos mármoles y esculturas paganas, traída para el Palacio de Carlos V y montada ya en él como tal chimenea, pero antes estuvo aquí, enmarcando una Adoración de los Reyes y marginada por dos columnas heráldicas labradas en paño de alicatado de tradición nazarí y dibujo italianizante. Sobre los zócalos de cerámica aprovecharon una oración musulmana labrada en yesería, procedente del Patio de Machuca, repetida sucesivamente en todo el contorno y que nos sorprende, tal vez sin razón, en la capilla íntima de los reyes cristianos. No menos sorprendente es la comunicación directa que establecieron entre esta capilla cristiana y el oratorio musulmán del que se ha hecho referencia. En cambio tabicar una puertecita de servicio, hoy restituida, por la que se sale a un extremo de la galería que precede al Cuarto Dorado. El Cuarto Dorado es la última oficina de la curia regia en la que, según Mármol recibía el monarca a los que apelaban a su juicio supremo. La decoración interior de la sala está totalmente mudejarizada. Sobre las pinturas musulmanas del artesonado nazarí doraron con pan de oro como fondo de grutescos* y le añadieron emblemas de los Reyes Católicos. Yeserías y zócalos fueron sustituidos y los tres ventanales abiertos sobre el valle del río Darro se redujeron a una amplia ventana central de estilo mudéjar, cuyo parteluz tiene precioso capitel de mármol blanco, con el yugo y las flechas, lazo musulmán, corona de laurel y baquetón gótico. Como oficina que fue, no tendría hojas de madera en ninguna de las tres puertas, ni tuvo tacas en las jambas. Más que sala parecería profundo pórtico en cuya penumbra brillaría el deslumbre de las celosías del fondo. Nota: “Grutescos” = Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “2. adj. Arq. y Pint. Dicho de un adorno: De bichos, sabandijas, quimeras y follajes. U. t. c. s. m.”. El pórtico exterior conserva la decoración original de yesería y dos bellos capiteles aprovechados de una obra anterior. En cambio perdió la decoración de la fachada a partir de un palmo más arriba de la base del antepecho de la ventana, al hacer obras de ampliación, recientemente desmontadas y restituida la fachada primitiva. De las fachadas laterales del patio, la de la izquierda conserva grandes trozos de estuco original liso, de cal, y también algo de la cenefa doble epigráfica, de yesería, bajo el alero, testimoniando la simplicidad de los paramentos de uno y otro lado y aún del de la parte alta de la fachada del pórtico del Cuarto Dorado, en buscado contraste con la grandiosa fachada, que desde la curia u oficinas daba paso a la zona ceremonial del palacio, más monumentalizada y reservada al rey. Cuarto Dorado - La Alhambra No es comparable la pequeña portada que tendría el palacio sobre la plaza solemne que le precede, con esta portada interior de dos puertas que, o no se ve, si pasamos de una a otra puerta junto al muro procedentes del patinillo de entrada hacia el Patio de los Arrayanes, o queda a nuestra espalda si avanzamos hacia el Cuarto Dorado, donde es posible que esperaran los dignatarios de la corte a los visitantes ilustres, a los que sorprendería, al reanudar su marcha el cortejo desde el pórtico del Cuarto Dorado, la magnificencia de una de las piezas más importantes del arte granadino, que avisa la proximidad del trono. Se alza la fachada sobre tres gradas de mármol blanco precedidas de la fuente central del patio. El gran alero, la cerámica del arrimadero y los mármoles y cerámica que contornean los vanos de las dos puertas adinteladas, protegen el conjunto decorativo, tanto más rico y con restos de color más intensos, cuando más elevado, como volveremos a ver en los conjuntos decorativos de los palacios de la Alhambra. La primera puerta queda bajo vigilancia inmediata desde el adarve alto de la Torre de Comares. La segunda da paso a un zaguán con inscripción gótica dorada conmemorativa de la toma de Granada por los Reyes Católicos. Comunica con el Patio de los Arrayanes a través de un pasadizo de doble recodo cerrado en sus extremos por puertas que abrían en sentido contrario, de modo que sus guardianes quedasen protegidos entre ellas, para franquearlas o para imposibilitar la entrada a las dependencias del rey, o impedir el escapar de ellas. Pasado éste dispositivo protector nos encontramos en el Patio de los Arrayanes. Lo centra un gran estanque o alberca rectangular, marginado con setos de arrayán a lo largo del eje mayor a cuyos extremos se alzan fachadas porticadas de muy distinta y lujosa composición, en contraste con las sencillas y bajas fachadas laterales. Casi no llegamos a darnos cuenta de todo esto desde la entrada, porque desemboca en el patio fuera de los ejes más expresivos. Pero muy cerca, desde el pórtico, dominamos ya la alberca cuyo espejo amplifica el espacio, lo refresca y refleja las fachadas, comunicándoles sorprendente efecto de liviandad y esbeltez. Fue una suerte que la fuente colocada en el centro de la alberca, para animarla a modo occidental, cayera al fondo para siempre. Quedaron de nuevo solos un surtidor en cada extremo, que deshacen el ímpetu del impulso y sus destellos contra el fingido manantial de mármol, que brilla como dinar de plata y deja deslizar el agua por un largo canal, para que no se alteren la serenidad y los reflejos de la tersa lámina del estanque. Un arco mayor centra los de la galería baja del testero del fondo y abre un espacio más amplio que enmarca la puerta del salón desaparecido al cruzarlo el muro foral del Palacio de Carlos V. En la galería alta que domina el valle por encima de los tejados, un dintel sustituye al arco del hueco central y evita que la cubierta de la galería estuviese más elevada. Mucho gustaría en el siglo XVI esta galería alta cuando la conservaron cubriendo, aunque incompletamente, el Palacio de Carlos, en vez de derribarla y continuar la balconada de piedra sobre el maravilloso patio y el paisaje. Así la inevitable mutilación de la sala baja, entresuelo y cámara alta, vino compensada con la unidad mantenida en el patio. Muy similar es la galería opuesta, aunque más amplia por abrirse a mediodía. Tiene zócalo morisco de cerámica que reemplazaría al primitivo y sobre él se leen unos fragmentos del poeta Ibn Zamrak que valen por retrato de Muhammad V. El escudo nazarí, sobre fondo de jazmines, cesura los versos. A los extremos de la galería hay rincones de tertulia bajo bóvedas de mocárabes abiertas por arcos de medio punto con intradós agallonado. Acentúa la intimidad de estas rinconadas las repisas de mocárabe, sobre el zócalo de cerámica que quiere parecer de seda. Bajo la galería pasas un estrecho corredor abovedado, para uso de la servidumbre y para escapar en casos precisos. Centra el testero de la galería la gran portada de la Sala de la Barca con hermoso arco de mocárabes e importantes decoraciones, por ambas caras, con muchos restos de oro y color, incluso en las bellas placas de mármol que decoran los frentes de las tacas laterales. Las hojas del portón se hicieron en 1965 a imitación de las originales del Patio de los Leones. Sus quicialeras altas y bajas son originales y sobre el marco de yesería se conservan las improntas de los clavos agallonados del herraje primitivo. Cubre la sala un techo de madera abovedado, como barca invertida, copia de la primitiva que ardió en 1890. La forma de la cubierta y la reiteración de la palabra báraca, hace sospechar que se utilizara como sala de la coronación. Habitualmente sería cámara real, con arcos de atajo en los extremos y tras ellos cámaras para los estrados. En el de la derecha hay una puertecita moderna y en el de la izquierda la de un retrete musulmán muy mutilado, aunque conserva la disposición normal de éstos, con entrada en recodo, ventilación y luz directa abundante y restos muy finos de decoración pintada, atestiguando lo cuidado de esas piezas, que en este caso tenía además agua corriente, y no le faltaría como en otros, el bidel de borbotón y el nicho para el vaso de noche. Bajo la sala se conserva una gran cámara abovedada, llamada Sala de las Ninfas, que fue tradicionalmente tenida por cámara del tesoro real y a la que se le hicieron entradas modernas, porque se desconocía el acceso medieval. A nivel aún más bajo pasaría la calle de circunvalación del recinto general de la Alhambra. Entre el ancho arco del muro Norte de la Sala de la Barca, torpemente restaurado, y el arco siguiente, se cruza un pasillo con oratorio a la derecha y a la izquierda escalera de subida a la cámara real de invierno y a la terraza o adarve de la Torre de Comares, en donde estaría levantado el pendón real mientras el monarca permanecía en Granada. El arco inmediato al Salón de Embajadores conserva casi intacto el intradós cóncavo y las jambas con grandes tacas y zócalo de mármol liso, blanco, como el ancho umbral. En el testero de entrada al salón hay alacenas y en cada uno de los otros testeros se abren tres ventanales, más ricos y amplios los centrales, especialmente el del fondo, en el muro Norte, porque en él estuvo el trono. Se conservan testimonios ciertos de los ajimeces de cierre de estos ventanales. El inmediato al ángulo S.E, fue convertido en puerta de paso a la ampliación realizada para proveer de vivienda nueva al Emperador Carlos V y unir por este lado los palacios de Comares y Leones, con trastorno de la organización medieval de éstos. El Salón de Embajadores, o del Trono, es el más amplio de la Alhambra y lo es tanto, que para no desmentir el sentido de intimidad que tienen las otras salas de los palacios nazaríes, abrieron pequeñas cámaras en el espesor de los muros para el rey y sus magnates, disimulando de paso el grosor de las paredes de la colosal torre de 45 metros de altura, con finos arcos en los ventanales y en las entradas de sus camaritas. A éste mismo propósito de disimular la robustez de la obra obedece la mágica sucesión de arcos de bordes brillantes e interior mate, situados desde el patio al salón, en vez de acumularse como las archivoltas de las puertas contemporáneas de los países del Norte, que tanto acentúan el grosor y la solidez de los muros. De modo similar el techo de madera abovedado del salón ocultaba la recia bóveda esquifada que sostenía el adarve de la torre y la cubría con la representación simbólica de los Siete Cielos de estrellas en torno a la deidad que protege al monarca en su trono. Todos los paramentos estaban colgados de ricas decoraciones de yesería, que estuvieron vivamente coloreadas y hasta pintados algunos elementos de ellas con detalle y delicadeza de miniaturista. Aparentarían entelarlo todo hasta el zócalo de alicatado de complicadas y bellísimas trazas, policromadas con genial simplicidad y cortadas sus piezas con especial preciosismo en la cámara del trono. La solería original era de losas cuadradas, recortados sus bordes para asegurar la tersura de una superficie dorada sobre vidrio blanco y azul. Recortaban también las esquinas para acoplar losetines redondos con el escudo real. Sobre éste tapiz como de porcelana, reluciente a la luz rasante de los ventanales situados a nivel del suelo, echarían tapices verdaderos, como los que se copian en los muros junto al arco de entrada y entre las camaritas de los ventanales. Queda un trozo de este pavimento en el centro del salón, cubierto para no pisar el nombre de Dios que figura en los escudos, y también losetas procedentes de aquí y de otros edificios, entre ellos unos ejemplares sin recortar, intactos, tal como salieron del horno, porque nunca fueron utilizados. Bajo el salón pasa el camino de ronda del adarve alto del recinto general y hay tres cámaras abovedadas capaces para concentrar tropas que, desde los adarves laterales de la torre, podían irrumpir al asalto por las ventanas del salón, en casos de emergencia. Si salimos de nuevo al Patio de los Arrayanes, al otro lado nos espera la visión de la fachada de la cámara real, casi siempre reflejada por completo sobre la alberca. Domina la composición la Torre de Comares que aún conserva algunos vestigios de su blancura primitiva y que apenas asoma al patio una tercera parte de su altura total, acoplada a una versión doméstica bien distinta de la imponente de torre de fortaleza con que se alinea en el recinto general. Tras el pórtico refulgente a la luz del mediodía, la Sala de la Barca y el Salón de Embajadores van espesando las penumbras que rompe el resplandor del ventanal de la cámara del trono. Constituye sin duda uno de los aciertos más notables del arte nazari y es testimonio evidente de la personalidad del arte musulmán. Palacio de Comares cupaban las pequeñas y largas naves laterales del patio cuatro salas bajas de verano y sus correspondientes algorfas o pequeñas cámaras sobre ellas para el invierno: la puerta de servicio, cuya decoración está enlazada con la de la puerta de subida a la cámara alta de la sala inmediata al ángulo O. y al otro lado, inmediata a la galería de la sala real o Sala de la Barca, la puerta del baño. Se desarrolla éste en dos plantas. En la alta estaba la entrada única, por un corredor que pasa ante la puerta del alcaide del baño, el cual desde su casa vigilaba y dirigía cuanto en el baño ocurriera. El corredor termina en una sala de reposo o apoditerium y desde ella se bajaba a la Sala de las Camas y al caldarium, formado éste por dos salas y recovecos, cubierto todo por bóvedas perforadas por lumbreras estrelladas que disponían de tapaderas de vidrio para regular la densidad del vapor del ambiente. En época de Isabel II restauraron la decoración de la Sala de las Camas y de entonces provienen los restos de color y dorados que ahora se ven. Antes habían abierto puertas, colocado grandes pilas de mármol y arrimaderos de cerámica, para servicio de Carlos V, alterando la clausura del baño y la decoración. Los departamentos de calderas y su leñera, en época musulmana, estaban incomunicados por completo de las salas de baño, de forma que no penetrara en ellas el humo de los hornos. Tenían por tanto puerta directa al exterior, que en lo posible alejara de la entrada del baño el abastecimiento de la leña. Al baño de éste palacio llegaban las bestias de los leñadores por una calle empinada que subía desde el camino de circunvalación de la Alhambra, entre los palacios de Comares y Leones. Nada en el edificio de éste palacio puede atribuirse a cocinas. En cambio aparecen muchísimos fragmentos de esos hornillos llamados anafres. PALACIO DE LOS LEONES El Palacio de los Leones se desenvuelve en dos planos: el superior en torno al patio centrado por la fuente que le da nombre y el inferior, que formaba amplia terraza de jardín, entre el Mirador de Daraja y el Peinador de la Reina, ocupada desde el siglo XVI por las habitaciones de Washington Irving, construidas para Carlos V. Aunque exterior al palacio, fuera de la muralla general de la Alhambra, formaba un tercer plano inferior el citado parque de animales entre la muralla y el río. Todo ello abierto al Valle del Paraíso y a su continuación por el cauce ondulante del río Darro entre el Sacromonte y el Generalife, el Albaicín y la Alhambra. Patio de los Leones - La Alhambra - Grabados Al Palacio de los Leones le falta la puerta exterior y la mitad del portal en recodo. Basta la mitad conservada, los restos de su decoración y la suave tiniebla por la que descendemos a la plena luz del patio, para imaginarnos un sorprendente recibimiento. Desde lo más alto del portal dominamos la galería de poniente. La multiplicación en ella de elementos compositivos, acumulación y lujo decorativo, en relación con el resto del patio, subrayan la importancia concedida a la entrada. Al costado, larga fila de columnas forman una cancela de mármol tanto más transparente cuanto más la hiere la luz desde fuera y tanto menos cerrada cuanto más nos aproximamos a ella. La primera visión del patio era plenamente diagonal. A la izquierda la Sala de los Mocárabes es una sombra de lo que pudo ser. Desde su centro se goza de la perspectiva de los templetes y la fuente, a la que convergen canalillos que surgen desde las salas y templetes. Falta el perfume y el color del jardín que ocupaba la superficie hoy enarenada, en plano inferior al actual, para que las plantas no rebasaran la altura de los paseos ni entorpeciera la gracia de las columnas. En las decoraciones de yeso, mármol y madera, quedan restos de color y en los días claros, el azul del cielo entre los fondos calados de las yeserías. Era un patio-jardín de organización similar a otros hispanomusulmanes y aún podríamos evocar los peristilos de las casas clásicas. Una composición conocida que en este patio no agota las sorpresas de luminosidad, de elegancia y de intimidad. Si las columnas se extienden ante los cuatro testeros, contra lo habitual en el arte musulmán granadino, mantiene en planta las desigualdades de anchura típica de los patios íntimos nazaríes, acentuada por los templetes. Las columnas se distribuyen aisladas o en grupos, con ritmo original, inconfundible con cualquier pórtico mudéjar o cristiano. La solemne serenidad de líneas del Patio de los Arrayanes se transforma aquí en una movida organización estrellada que destacan las cubiertas exteriores de las cúpulas de mocárabes, los miradores que centran los costados y los templetes de los testeros principales. También la fuente de los leones, traída desde un palacio hispano-judío del siglo XI, como una joya antigua y exótica, aunque embellecida con nueva taza a tono con el nuevo emplazamiento que se le da en si siglo XIV, sin que perdiera el esquema sugeridor del Mar de Bronce de Jerusalén. Planta y artesonado de la Sala Abencerrajes A la Sala de la derecha la llaman de los Abencerrajes por localizar en ella la leyenda de la matanza de estos personajes. Es el vestíbulo de una vivienda en alto, con nombre moderno de harem. El mayor encanto de la pieza lo ofrece la cúpula de mocárabes, apoyada sobre trompas de la misma labor, de tal manera dispuestas que originan una base estrellada con celosías de lazos, todo ello armonizado, según Ruben Darío, con talento de abejas. La fuente de la sala es la que tuvo la de los Leones antes de instalarla en este palacio. Las hojas de madera de la puerta son las primitivas, pero ennegrecidas y algo restauradas, como las de la puerta frontera. El zócalo de la sala es de azulejo sevillano del siglo XVI. Por un extremo del pasadizo que cruza entre la entrada y la sala se pasaría a un retrete encajado en los corredores que aislan al aljibe de alimentación del baño real sobre el que está construida, en alto, la vivienda, cuya entrada se abre al extremo opuesto del pasadizo en una estrecha y alta portadita, dominada por la entrada del cobijo del guardián que intercepta la escalera de subida. A pesar de grandes mutilaciones conserva la casita restos decorativos de bastante interés y el luminoso patinillo que la centra, sin más vistas que el profundo azul del cielo. Pinturas del techo de la Sala de los Reyes - La Alhambra La Sala de los Reyes se asemeja en su composición a la cabecera de una mezquita almohade. Es la más hermosa sala de verano que conserva la Alhambra. Está distribuida en ámbitos irregulares, de los que el templete del jardín es uno más. Cubren la sala central cinco cúpulas de mocárabes, tres más elevadas, con ventanitas que dan lugar a espacios iluminados y en penumbra, atajados por arcos de mocárabe, de modo que un arco en luz destaca sobre un arco en sombra y éste sobre otro en luz. Tres de las cinco cámaras de reposo y tertulia en torno a la sala central, tienen techos de madera abovedados, con pinturas que representan una reunión de caídas y escenas de la vida cortesana de frontera. Constituyen el testimonio más completo de la casi desaparecida pintura hispanomusulmana. La Sala de las dos Hermanas es el más completo e importante de los cuatro grupos domésticos, aislados e independientes entre sí, que rodean el patio. Entre cristianos sirvió de comedor a los reyes y se la llamó de las Dos Hermanas, por las dos grandes losas de mármol de su solería, entre las cuales la fuente del surtidor parece en extremo sosa, como lo es la traza del zócalo de la sala. No así el friso de yesería con versos de Ibn Zamrak describiendo el palacio y sobre todo la gran cúpula de mocárabes. Sorprende la rigurosa simetría de los cuatro testeros, de composición tripartita, rota graciosamente por la perspectiva hacia el patio y hacia el Mirador de Daraja, rica y delicadamente labrado, cubierto con pequeño artesonado de lazo y vidrios. Completan este conjunto doméstico dos alcobas laterales, con testigos de los lechos e interesantes decoraciones, y la Sala de los Ajimeces, todo ello sobre planta de sótano aislante de humedades. La planta alta es la mejor organizada y más completa de las de estos palacios, con las perspectivas más bellas. La portadilla del ángulo S.E. del patio puede identificarse con el obligado postigo de toda casa “cómoda y segura” entre musulmanes andaluces. La puerta frontera da paso a una estancia que pudo ser la sala de reposo alta del baño de este palacio, el cual desaparecería sin dejar más posibles huellas, por hoy, que una columna del Jardín de Daraja y la fuente de silueta de timbal del Jardín de los Adarves. Estaría al mismo nivel que el baño del Palacio de Comares, al extremo orienrtal de la terraza del jardín bajo del Palacio de los Leones, que desde el Mirador de Daraja avanza hacia la muralla del recinto general de la Alhambra. Sobre esta muralla, rebasándola, se alza esbeltísima la Torre de Abul Hachach al borde del jardín, construida a modo de quiosco para fiestas, muy abierto al paisaje, pero con entrada bien protegida por pasadizo en escalera con puertas de apertura contrapuesta para mejor defensa y asegurado el escape por escalera oculta en el macizo de la torre y bajo tierra en la ladera, hasta un recodo de la cañada que a poco desemboca en el río, con disimulo de la salida para asegurar la huida. Manifiestan todavía el lujo del quiosco, los restos de zócalos pintados, los bordes dorados y epigrafiados de los antepechos, la solería dorada, similar a otra del Palacio de los Alijares, con escudos nazaries tenidos por parejas de señorita y muchacho y otras figuras de personas y animales, en composición diagonal. Sería fabuloso el efecto de tan rica solería como fondo de tapices de brillante color. La terraza ajardinada perdió la diáfana apertura y la torre-quiosco su función, al construir sobre ellas las habitaciones para Carlos V, a las que incorporaron la linterna de la Torre de Abul Hachach, transformada en tocador de la emperatriz o Peinador de la Reina, delicadamente decorado por pintores italianos, que emularon con exquisitez renacentista las decoraciones medievales. El Peinador de la Reina - La Alhambra Entonces surgió el cerrado y melancólico Jardín de Daraja cuya fuente barroca mantiene en alto la más hermosa taza agallonada de la Alhambra. “Nunca se ha visto cosa mejor en Oriente ni en Occidente, ni en ningún tiempo alcanzó rey alguna cosa semejante a mí, ni en el extranjero, ni en Arabia”, según canta el poético festón epigrafiado de su borde. Colofón El siguiente artículo - fascículo que publicaré en “PATRIMONIO GRANADINO”, es el escrito por Eduardo Molina Fajardo (1914 - 1979), periodista, escritor y director del diario “Patria”, y titulado: “Cante jondo granadino”.
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