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El Padul (Granada), jueves, 26 de septiembre de 2024. Hace ya tiempo, tomé nota en mi pequeña libreta de “temas pendientes”, de un suceso criminal singular (con “final feliz”) que me llamó la atención… y me llamó la atención, porque hacía referencia a mi Santo, San Antonio de Padua… hoy, lo he retomado para indagar en la red de internet… y, éste es el resultado de mi sempiterna curiosidad… … el próximo lunes, 4 de noviembre, se cumplen 150 años del suceso… la noche del miércoles 4 de noviembre de 1874, no se sabe muy bien cómo, un ladrón logra entrar en la “Magna Hispalensis”: la Santa, Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Santa María de la Sede y de la Asunción de Sevilla; más conocida como Catedral de Sevilla… y se dirige a la gran Capilla Bautismal, donde se encuentra el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo (1618 - 1682), “La visión de San Antonio de Padua” (1656), enmarcada en el espectacular retablo con ático trazado por el escultor Bernardo Simón de Pineda (1637 - 1703)... una vez allí, con un afilado cuchillo que lleva consigo… recorta un trozo de la pintura, el correspondiente a la esquina en la que se encuentra la figura del santo… la enrolla cuidadosamente y la guarda en la talega que lleva… espera el resto de la noche… y aprovecha la apertura del templo a primera hora de la mañana para confundirse con la gente y desaparecer… se lleva un botín de gran atractivo para el Mercado Negro del Arte… Enrique Valdivieso González (Valladolid, 1943, Catedrático Emérito de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla), en su «Murillo. Catálogo Razonado de Pinturas» (2011), relata esta historia sucedida una noche del 4 de noviembre de 1874. «Un enajenado que había quedado oculto durante la noche en la Catedral robó la figura de San Antonio, que recortó del resto del cuadro. El fragmento robado llegó hasta Nueva York al año siguiente, donde fue ofrecido a un anticuario». Del ladrón, sólo se conoce el nombre: Fernando García Vinuesa. Nueva York (EE.UU.). Sábado, 2 de enero de 1875. Al anticuario, comerciante de arte y grabador germano estadounidense William Schaus (Carl Wilhelm Friederich Schaus, 1821 - 1892), un vendedor le ofrece el fragmento robado. Él lo reconoce y paga por él 50 dólares, e inmediatamente se lo entrega al Cónsul General de España en Nueva York, don Hipólito de Uriarte. El fragmento robado del cuadro llega a Sevilla el domingo 21 de febrero de 1875, 4 meses después del robo. Murillo, además de un excelente pintor, también fue un magnífico dibujante. Se conserva un dibujo preparatorio de ésta gran obra de Murillo, que fue fundamental para restaurar el cuadro a su estado original. La Historiadora del Arte Manuela Mena (Manuela Beatriz Mena Marqués, Madrid, 1949), en su último catálogo razonado de la obra de Murillo apunta que «no existe variación entre el dibujo y la figura del cuadro». La Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla recomienda que sea restaurado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, que entonces tiene más medios para ello. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando envía a Sevilla una comisión formada por Carlos Luis de Rivera y Fieve (1815 - 1891), Nicolás Gato de Lema (1820 - 1883) y Salvador Martínez Cubells (1845 - 1914). Salvador, pese a su juventud (tiene sólo 29 años de edad) es uno de los mejores restauradores del Museo del Prado y basándose en el dibujo preparatorio de Murillo, consigue recuperar todo el esplendor que le quitó el robo y su posterior transporte. Realiza un espléndido trabajo, tal y como atestigua el brillante informe emitido por la Academia, que es publicado en la Gaceta y su nombramiento como Hijo Predilecto y Adoptivo de la ciudad de Sevilla en señal de gratitud. Finalmente, el miércoles 30 de junio de 1875, el fragmento fue insertado en la pintura, en un acto cargado de pompa en la Catedral de Sevilla, donde hoy en día puede seguir contemplándose el mayor óleo pintado por Murillo. Colofón El gran óleo sobre lienzo, de 5’6 metros de alto por 3’3 de ancho, representa a San Antonio de Padua de rodillas ante una aparición del niño Jesús rodeado de una luminosa mandorla de ángeles y querubines. La escena transcurre en una habitación oscura y al fondo podemos adivinar un patio inspirado en los del vecino palacio arzobispal. Murillo nos muestra un fondo de luz dorada que invade e ilumina la estancia donde se encuentra San Antonio, en la que se halla una mesa con sus atributos iconográficos: unos libros, que recuerda su gran conocimiento de las Sagradas Escrituras y su tarea de predicador, y un jarrón con azucenas, alusivo a su pureza. Una gran diagonal atraviesa el cuadro de un extremo al otro, une visualmente al Niño y a San Antonio. Para su realización, Murillo tiene en cuenta la ubicación del cuadro: la luz de la vidriera en la capilla (por lo que representa la puerta de un claustro luminoso a la izquierda), la perspectiva de las baldosas y todo el conjunto en general depende de la perspectiva según la ubicación del espectador que accede a la capilla. Actualmente, debido a la iluminación artificial de la capilla, el magistral juego de luces que ideó Murillo para el lienzo, no funciona. Esta pintura se encuentra actualmente en el retablo de la Capilla Bautismal, junto al Bautismo de Cristo, también de Murillo y aunque hicieron un gran y minucioso trabajo, los visitantes de la Catedral de Sevilla todavía pueden ver hoy las marcas de las costuras que un día atravesaron el cuchillo del misterioso ladrón.
1 Comentario
Virginia Alfaro
23/3/2025 08:50:58 pm
Que maravilloso comentarios sobre esta maravillosa obra. GRACIAS, por compartir estos datos.
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AutorAntonio Gómez Romera, ése soy yo. Entradas
Agosto 2026
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