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El Padul (Granada), jueves 20 de agosto de 2026. Mi suegro, falleció hace una semana, el pasado jueves 13 de agosto… y, revisando los “papeles” familiares… en los de mi suegra, he encontrado un folleto titulado “NUESTRA SRA. DE LAS NIEVES - Patrona de Dílar y Sierra Nevada con su Novena por el profesor D. Juan Romero de la Torre”: Es obra de la Editorial “Santa Rita” -Apartado 246, Monachil (Granada)- impreso en el año 1966, consta de 66 páginas. El folleto se inicia con un escrito en la contraportada anterior y posterior (páginas 2 y 65) en el que el autor habla sobre “Dílar”: “es el nombre de un insecto de la familia de los Diláridos, del género de los neurópteros. Se han descrito hasta 12 especies. La 1ª que se describió y la más conocida es dilar nevadensis (Ramb.). La envergadura de las alas llega hasta 30 mm., es parduzco con las alas salpicadas con manchas rojas abunda en los márgenes del río Dílar. El origen del pueblo se remonta a tiempos Prehistóricos, como lo atestigua su antiguo y desaparecido DOLMEN que se hallaba emplazado por el paraje denominado El Toril, cerca de los Picachos, cuyas enormes piedras por ignorancia fueron usadas como pasarelas o puentes en las acequias… “. La página 3 recoge el escrito de D. José Fernández García, párroco propio de Dìlar, fechado el 2 de diciembre de 1881 y dirigido al “Iltmo. Sr. Gobernador Eclesiástico de éste Arzobispado”, en el que solicita “la competente autorización, previa censura y demás requisitos” y la licencia para que pueda imprimirse. Es el Sr. Dr. D. Miguel Nocete, Dignidad de Maestrescuela de Nuestra Santa Metropolitana Iglesia, quien informa su censura al respecto (Granada, 13 de diciembre de 1881): “no he encontrado en ella nada contrario al dogma católico, sana moral y buenas costumbres, y creyendo será un medio oportuno para fomentar la devoción y el culto a la Virgen Santísima, puede en mi juicio, permitirse la impresión… “. Y finalmente, 3 años después (Granada, 12 de diciembre de 1884) se decreta y firma: “damos nuestra licencia para que pueda imprimirse la Novena de que se hace mérito, con la condición de que antes de verificarse la tirada, se presente en ésta Secretaría la primera prueba”. Entre las páginas 5 y 14 se recoge el texto de la “Novena a la Virgen de las Nieves” con un “Acto de contrición - Oración para todos los días”, que comienza así: “¡Oh Virgen! Vos que sois el amparo de los pecadores y el consuelo de los afligidos, dirigid una mirada de compasión sobre nosotros, que seducidos por las pasiones, hemos quebrantado mil veces la ley del Señor, y por ello, sentimos la intranquilidad propia del pecado; pero confiados en vuestra bondad, a Vos acudimos, esperando nos ancancéis por los méritos de Ntro. Señor Jesucristo, las disposiciones necesarias para aborrecer todas las culpas, y propósito eficaz de no volver a cometerlas, y que auxiliados de la gracia divina, practiquemos todas las virtudes, que son las que únicamente proporcionan a nuestro espíritu verdadera paz en esta vida y la felicidad en la otra. Amén”. Continúa el folleto con una “Reseña Histórica”, con los siguientes apartados: “Introducción - Dílar y su ermita - La ermita - El 15 de agosto en Dílar o la función de la Virgen - La bajada de la Virgen - La Misa y el Sermón - La procesión”... Y, en la página 35, se inician dos apartados que voy a transcribir por completo: “La aparición de la Virgen” “Era el 5 de agosto de 1717. El cielo, puro y transparente, sin una pequeña nube que le empañara, demostraba palpablemente a los ojos de la humanidad la excelencia y omnímodo poder de un Dios excelso y justiciero, autor de cuanto existe en los cielos y en la tierra. El campo exhalaba el postrer suspiro de la noche para recibir en aquel instante los primeros resplandores de un nuevo día; muchos pajarillos revoloteaban, ávidos de placer, lanzando al infinito espacio sus más armoniosos trinos, como si fueran himnos de gloria y alabanza a Dios Todopoderoso. El agua cristalina y pura bajaba por sus pendientes laderas a unirse al río Guadalfeo, cuando el histórico pueblo de Válor, situado en la Alpujarra, salía montado en un manso jumento y acompañado de su fiel criado Martín de Soto, el que en aquella sazón era Beneficiado de la Parroquia, D. Martín de Mérida, el cual se dirigía a la capital de Granada. Amo y criado emprendieron su camino gustosos y contentos ante lo delicioso que la pródiga Naturaleza presentaba el día, echando por la Sierra con el fin de abreviar camino, aunque éste es espinoso y comprometido en todos tiempos. Se ignoran los móviles que al digno Beneficiado impulsaron a tal viaje, si bien hemos de suponer que asuntos de su carrera y sagrado ministerio le obligarían a ello. Resignado el digno Ministro del Altar ante las incomodidades de un viaje de tal naturaleza, y hecho por veredas y atajos escabrosos, iba caminando, tal vez sin fijar sus ojos en el camino inexpugnable, y si con ellos puestos en el ancho cielo a donde dirigía sus rezos y oraciones, porque, aunque tradicionalmente, se sabe que dicho Sr. D. Martín de Mérida era un hombre virtuoso y un digno sacerdote, amante de su Iglesia y del bien de su feligresía. No bien habían llegado a la cumbre de Sierra Nevada a dar vista a la capital de Granada, cuando de pronto se apareció en el cielo, y sobre su cabeza, una nube de aspecto negro y sombrío, anuncio en dicho tiempo de horrible tormenta. Cos pasmosa rapidez, la nube extendió su negro manto por el firmamento y empezó a lanzar de su seno, hinchado de electricidad, relámpagos espantosos y horripilantes truenos. Cuando los dos caminantes y el manso jumento llegaron al sitio denominado Collado del Veleta, la tormenta, soberbia y enfurecida cual indómita pantera, descargaba sobre la Sierra rayos y centellas, confundiendo su ruido a los pobres viajeros, temblorosos y perdidos en aquella soledad. ¡Oh Dios mío!, ¡qué grande es tu poder! ¿Qué ser humano, por valiente y animoso que sea, no siente, en tales momentos de tribulación y espanto, el furor de los elementos? ¿Qué corazón, por mucho valor que tenga, en horas de tempestad no se conmueve y pide llorando a Dios le libre del furor tempestuoso de las nubes? ¡Oh! ¡cuánto debió sufrir el noble corazón del digno Beneficiado de Válor, al encontrarse en medio de Sierra Nevada, viendo sobre su cabeza cernerse con alas impalpables tan horrorosa tormenta!; ¡con cuánto dolor pediría auxilio en aquel solitario camino, sin una choza miserable donde guarecerse y sin ver a su alrededor un sólo ser que le animara!; ¡sólamente su criado aturdido y el jumento acobardado eran su compañía!. La tormenta no cesaba, y en tan crítica situación, los caminantes tuvieron que pasar las amargas horas de la noche casi enterrados en nieve y sin más luz que el pálido resplandor del relámpago y la fe del corazón. La vida de los dos viajeros era allí un frágil hilo que al más leve soplo se cortaba; pero ¡oh Virgen de las Nieves, Madre de los desamparados!, en tan críticos momentos de angustia y desesperación se encontraban, que, hincados de rodillas, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón en Dios pensando, se encomendaron a la Virgen de las Nieves, a cuya celestial Señora imploraban fervorosos su divino auxilio y su santa protección. ¿Qué gozo no experimentaría el alma de D. Martín de Mérida al ver que por delante de sí tenía a la más bendita de las mujeres, a la Madre amorosa de los hombres, la Virgen de las Nieves, en cuyos brazos de pureza tenía a su Santísimo Hijo y rodeada por una aureola de luz divina, y en medio de los ángeles que la custodiaban? ¡Milagro portentoso! La divina presencia de tan celestial Señora, teniendo a todo un Dios en sus brazos, sofocó por completo a la tormenta, haciendo desaparecer las nubes y enmudeciendo el trueno y el relámpago. La brillante luz de su celestial corona iluminó el espacio, y el sol que asomaba por Oriente encontró el cielo sin nubes que le impidieran lanzar su luz vivificadora sobre la faz de la tierra. El digno Beneficiado quedó inmóvil y estático ante la aparición de la Reina de los Ángeles, en cuyo rostro divino, de gloria iluminado, vió el consuelo de una Madre cariñosa que con su dulce mirada le decía: Nada temas, hijo mío, que mi poder te ha salvado. ¡Oh, Madre mía! ¡quién tuviera la inefable dicha de poder contemplarte como del digno Beneficiado de Válor. Convencido D. Martín de Mérida de que aquello no había sido visión, ni cosa ficticia, y que sus ojos habían visto la divina cara de María Santísima, con cuya presencia el cielo había recobrado su esplendor y su hermosura, elevó su mirada al cielo por el sitio en que se había aparecido su divina Protectora, y llorando de alegría le dirigió sus plegarias dando gracias al Señor que se había dignado enviarle aquella poderosa mano para sacarlo ileso del furor de la tormenta en la más grande soledad de Sierra Nevada. Terminada su oración, continuaron su camino a la capital con gran contento en sus corazones, propalando por todas partes la milagrosa aparición, conocida en la actualidad por todos los pueblos católicos, y prometiendo hacer a Nuestra Señora de las Nieves, en aquel mismo año y a sus expensas, un pequeño Santuario, a donde fueran los devotos a ofrecer sus oraciones”. “Construcción de las Ermitas” “No hubo pasado un año desde la aparición de la Virgen, cuando D. Martín de Merida, agradecido de haberle librado de la muerte la Imagen milagrosa, construyó a sus expensas una pequeña Ermita en aquel mismo sitio de la Sierra en que tuvo lugar la aparición de Nuestra Señora de las Nieves; pero que encontrándose este lugar sagrado a mucha distancia de Dílar y casi en todos los tiempos cubierto de nieve, se hacía muy difícil ir a dicho sitio a dar el culto necesario a Imagen tan milagrosa. Por ésta poderosa razón, abandonaron aquel lugar, donde aún quedan vestigios, y en el año 1724, construyeron otra en el sitio denominado Prados del Borreguil; pero como tanto ásta como la primera reunían las mismas desfavorables circunstancias, determinaron, como así lo hicieron, edificar otra Ermita en 1745 en el sitio llamado Picón del Savial, conocido en la actualidad por la Ermita Vieja, hoy cortijo de labor de la propiedad del mismo Sr. Marqués de Dílar. En éste sitio continuó la Ermita teniendo en su interior a la Imagen de la Virgen de las Nieves, hasta que en el año 1796, bien fuera por haberse acrecentado la devoción fervorosa de los habitantes de este pueblo, bien como tradicionalmente así se dice, la distancia, el agua sumamente fría y el trastorno que las familias sentían, regresando algunos indispuestos a sus casas, lo cierto es que construyeron la que hay en la actualidad y que ya conoce el lector, precioso Santuario, arca sagrada en cuyo seno se encuentra tan divina Imagen, a quien dedican sus ofrendas, en testimonio sincero y leal de gratitud inmensa por los señalados favores prodigados por Ella, millares de creyentes fervorosos”. Colofón Finaliza el folleto con el apartado “Los Milagros de la Virgen de las Nieves”, en el que el autor informa: “Prescindiendo por completo de más de doscientos milagros, como lo prueban otras tantas mandas existentes en la Ermita, voy a referir al lector once milagros hechos por la Santísima Virgen de las Nieves, los cuales demuestran, pero de una manera evidente, el poderoso auxilio que siempre presta esta gran Señora a los cristianos que invocan su protección y ayuda”. Por mi parte, quiero terminar éste articulito para el Blog del Adarve, con la “Oración que se dirá a la Virgen de las Nieves”, recogida en la página 60 del folleto, que leo, en memoria de mis suegros (don Antonio Ortega Soriano, 1931 - 2026, y doña Purificación Márquez Parejo, 1932 - 2017) y que, literalmente, dice así: “¡Oh Virgen de las Nieves! ¡oh Madre mía! Vos que sois el dulce amparo de los pecadores y el vivo consuelo de los afligidos, dirigid hacia este humilde pecador una sola mirada de compasión, porque mi alma, !Madre mía! , seducida por sus enemigos y encenagada en las pasiones, ha quebrantado mil veces la santa ley de mi Dios. Por tan horrible culpa, siento en mi pecho ¡oh Virgen Santa!, la angustia del pecado; pero confiado, Madre amorosa, en vuestra inagotable misericordia, acudo a Vos con el corazón contrito y humillado y con lágrimas de dolor y arrepentimiento, esperando me alcancéis, por los méritos de vuestro Santísimo Hijo, las disposiciones necesarias para que, aborreciendo el pecado, pueda practicar todas las virtudes, que son las que me han de proporcionar la paz en ésta vida y la eterna felicidad en la otra”.
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AutorAntonio Gómez Romera, ése soy yo. Entradas
Septiembre 2026
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