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El Padul (Granada), miércoles, 6 de agosto de 2025. Una de las anécdotas que más me ha gustado del libro “MÁS… QUE EL ARROZ CON LECHE”, de Pepe Carabias (Éride Ediciones, mayo 2017, Segunda Edición), es una sección del Capítulo Segundo, que él titula “LA APARICIÓN O MILAGRO” (páginas 218 a 224). NOTA: Para leer mi articulito para el Blog del Adarve sobre el libro de Pepe Carabias, que yo titulé “EL ABU-`PEPE Y SU NIETA LUNA”, pulsar aquí>>> Voy a transcribir el texto de esa anécdota, que, literalmente, dice así: “Con todo el respeto que las cosas religiosas me merecen, como milagros, apariciones, etc, y aunque no sea precisamente yo muy dado a creer en esos fenómenos, una vez en mi vida fui testigo de una aparición milagrosa que me ha dejado marcado para el resto de mis días. Aún hoy, cuando la recuerdo, acaricio mi mejilla izquierda, entorno los ojos y vuelvo a entrar en una especie de éxtasis, con un temblor fascinante que recorre todo mi pequeño cuerpo. Milagrosamente me había encontrado con la princesa Lucilla*. ¿ No sabéis quién era ?. Os lo aclaro. La señorita Villani Scicolone. ¿ Cómo ?. ¿ Seguís sin saber quién és ?. Sí, hombre, sí. La señorita Villani Scicolone, nacida en Pozzuoli - Campania el 20 de septiembre de 1934. ¿ Aún no sabéis de quien se trata ?. Bueno, ¡ no aguanto más !, aclararé definitivamente quién es: ¡ mi amor !, mi musa más ardiente de juventud y de toda mi vida, la mujer que más he deseado (platónicamente claro, porque de otra manera está claro que sería imposible). Conchi, mi mujer, siempre lo ha sabido y perdonado con una sonrisa. (“Pero, Pepe, cariño, ¿ dónde vas tú ?”). Supongo que ya todos os habréis dado cuenta de que me estoy refiriendo a… ¡ Claro ! ¿ Quién iba a ser si no ?. La persona que hizo célebre la frase “La fantasía del hombre es la mejor arma de la mujer”. ¿ Que aún no sabeís quién era ?. ¡ Uf ! Bueno, os diré otra: “Todo lo que ve, se lo debo al espagueti”. ¡ Si ! ¡ Si ! ¡ Naturalmente ! No podía ser otra que… ¡ Sophia Villani Scicolone ! ¿ Que aún no caéis ? ¡ Coño !: ¡ SOPHIA LOREN ! (Perdona el taco, Luna, esto no se dice ¿ eh ?) ¡ Sophia ! ¡ La Loren en carne y hueso ! (¡ y qué carne !) ¡ Me parecía imposible ! ¡ Era una aparición ! ¡ Un milagro ! La actriz que siempre me ha fascinado por su belleza, por su cara, por sus dos hermosos…, bueno, los que me conocen ya saben de mi admiración permanente por esa parte del cuerpo femenino (¿ recordáis a Linda* ?). Pero ahora era distinto, ella era Sophía Loren en persona y a mi lado. Y con el atrevimiento de la juventud (bueno, ahora lo volvería a hacer) me planté delante de ella y le pregunté:
Ella inclinó su bonita cara y me plantó un beso cálido y largo en la mejilla izquierda. Luego, sin abandonar su sonrisa y con un elegante gesto de su mano derecha, me dijo: “Ciao, caro, arrivederci”. Y se alejò por el pasillo, seguida de una ayudante con gafas. Han pasado muchos años desde aquel beso y aun siento el calor de sus labios sobre mi cara. Cuando cuento a mis amigos este hecho, digo en broma que no me he vuelto a lavar esa parte de mi cuerpo. La vi alejarse por el pasillo y admiré una vez más su figura, recordando su frase: “Todo lo que ven se lo debo al espagueti”. ¡ Me entró un deseo irrefrenable de comerme un plato de esa pasta !. Naturalmente, en ese momento no pude hacerlo, pero os prometo que siempre, siempre, he recordado ese beso. Todavía hoy en día, en 2015, siendo ella como es, con sus 81 años de edad, la sigo admirando. No es muy habitual en mí sentir especial alegría cuando a lo largo de mi vida profesional he tenido la oportunidad de saludar a personalidades del mundo de la política: reyes, jefes de Estado, presidentes, ministros… O a personajes famosos, como deportistas, cantantes, músicos o actores. Entre éstos últimos ( no españoles) he conocido a Paul McCartney, Anthony Quinn, Jim Henson, Rafaela Carrá, Jacques Perrín (con el que trabaje en La busca) y también a Emmanuelle, es decir, a Sylvia Kristel. Por todos ellos he sentido siempre respeto y, más o menos, una moderada admiración. Por Carlo Ponti*, al que nunca conocí personalmente, lo que sentía por él, era… ¡ una envidia impresionante !. Y ahora os contaré lo que me pasó durante la grabación de ese programa que os decía y que tiene relación con el beso de Sophía. Lo llamaremos: EMMANUELLE. Fue otra anécdota muy diferente, en la que sentí todo lo contrario: una gran desilusión. Verás, Luna, nos situaremos: Estudios de TVE en Prado del Rey, Madrid. Época, finales de los 70. Hora, doce del mediodía, más o menos. En una de las salas de maquillaje, que por esa época estaban siempre muy concurridas por los numerosos programas que por aquellos tiempos se grababan allí (no quiero ni mencionar la pena y la nostalgia que siento cuando hoy en día vuelvo a Prado del Rey y veo la desolación general que hay por sus pasillos, esos que fueron testigos conmigo de otra època de esplendor y trabajo)... Pero no quiero ponerme triste, os seguiré contando “el caso Emmanuelle”. Decía que pos esa época acudí una mañana a maquillarme para un programa y ví un ambiente no habitual: gente importante, jefecillos muy trajeados y personal de seguridad que impedía que se formaran tertulias en los pasillos. Vamos, como cuando iba por allí algún ministro. Yo iba dando los buenos días a diestro y a siniestro. Acompañado por el regidor del programa que iba a grabar, sorteé todos los “controles” y entré en maquillaje.
Bueno, me contestaron todos menos una señora o señorita rubia que permanecía sentada mientras una maquilladora se afanaba en dar los últimos retoques a su trabajo.
Desde siempre, acostumbrado a las “burradas” que me han hecho a lo largo de mi vida profesional cuando me maquillan, procuro relajarme, cerrar los ojos y en muchas ocasiones incluso dormirme. Pero en esa ocasión yo me olía algo diferente. El silencio era casi total, vamos, algo no habitual. Miré en el espejo la cara de la señora o señorita rubia que estaba junto a mí y no la reconocí. Tampoco es nada raro, yo soy bastante despistado. Al minuto, la maquilladora que la atendía dijo:
Uno de los jefecillos trajeados que esperaban allí acudió solícito para ayudar a la rubia desconocida. Quitaron el peinador que le cubría para no manchar su ropa y ella se puso de pie. Se miró un instante en el espejo y salió. Yo, sin mucho disimulo, aproveché para mirar de arriba abajo toda su figura: no muy alta, a pesar de los grandes tacones de sus zapatos, piernas muy delgadas y nada atractivas, un cuerpo vulgar y unos pechos que, aunque su vestido estado debía resaltar, no me parecieron nada de nada interesantes. Resumiendo, una mujer del montón. Nada más salir ella, se produjo un murmullo y todo el mundo recobró el comportamiento habitual. El maquillador que me atendía dijo muy emocionado, sisn poder contenerse más:
Desde luego el cine hace algunas veces milagros. Y al nombrar la palabra “milagros” vino a mi mente otra mujer. Os imagináis quién era, ¿ no ?. Ante el asombro y las sonrisas de todos los presentes, casi grité:
NOTAS:
NOTA FINAL Don José Carabias Lorenzo... pues qué le voy a decir yo...
que le tengo que dar TODA LA RAZÓN... y Muchas Gracias.
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AutorAntonio Gómez Romera, ése soy yo. Entradas
Agosto 2026
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