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Hace ya tiempo, leí unas declaraciones a la prensa, realizadas por un político sudamericano de finales del siglo XX (voy a decir el “pecado”, pero no el nombre del “pecador”, porque la persona en cuestión, ya ha fallecido y sus descendientes no tienen culpa alguna de su “ignorancia”), en las que afirmaba: "Mi obra de cabecera son las obras completas de Sócrates"... cuando, cualquier persona, mínimamente culta, debería haber sabido que el filósofo griego Sócrates (470 a.C. - 399 a.C.), deliberadamente, nunca escribió nada… porque, para él, era más importante la palabra hablada, el diálogo…
… y, lo que ha llegado hasta nosotros, sobre el pensamiento de Sócrates, se lo debemos a los escritos de algunos de sus discípulos como Antístenes (444 a.C. - 365 a.C.), Jenofonte (431 a.C. - 354 a.C.), y sobre todo, Platón (427 a.C. - 347 a.C.).
Quiero traer hoy, a las páginas virtuales del Adarve, el origen de una frase, atribuida a Sócrates, que dice así: “Sólo sé, que no sé nada”. Ésta breve frase, tiene una relación directa con el Oráculo de Delfos, donde vamos a comenzar…
… la desaparecida ciudad de Delfos se encontraba en una meseta, en la ladera meridional del monte Parnaso (2.457 de altura y “morada de las Musas”) y a pocos kilómetros del golfo de Corinto y el puerto de Itea… en una de las regiones con más riesgo sísmico de Europa.
Según dice la leyenda, este lugar fue escogido por Gea, la diosa de la Tierra y su serpiente Pitón (encargada de custodiar el Oráculo), al encontrar una piedra cónica, el ónfalo, el ombligo del mundo. Gea era una diosa madre a la que se dio culto en el mundo minoico. Se dice que ella fue la primera adivina de Delfos, lo que se confirma por la presencia de algunas estatuillas de terracota femeninas que la representan. Ya en el siglo VIII a.C., el lugar se dedica al dios Apolo. Apolo mató a Pitón para apoderarse de su sabiduría y convertirse en líder del oráculo. Del nombre de Pitón, deriva el de pitia o pitonisa, asignado a las mujeres que descifraban el oráculo. Otra teoría acerca de cómo Apolo se adueñó de Delfos es la que explica el dramaturgo griego Esquilo (525 a.C. - 456 a.C.) en “Las Euménides”: a Gea la sucedió su hija Temis y a ésta Febe, madre de Leto y abuela, por tanto, de los mellizos Apolo y Artemisa.
Sólo un día cada mes, el día 7 (fecha del nacimiento de Apolo), se podía consultar el Oráculo. A él acudían todos aquellos peregrinos, nobles o pobres, que querían consultar a los dioses acerca de algún tema que les preocupara y sin importar su lugar de procedencia.
Antes de hacer la pregunta o consulta, los peregrinos tenían que pasar por la fuente Castalia, que brotaba entre las dos piedras Fedríades («brillantes»), rodeada de un bosque de laureles, para purificarse con sus aguas; ascender por una calzada, flanqueada por los tesoros (*) y, al llegar frente al templo, colocar una cabra sobre el altar y derramar encima de ella un cubo de agua fría; si el animal tiritaba, era señal de que el dios Apolo atendería sus peticiones.
(*) Los tesoros eran pequeños templos o capillas en los que se conservaban los exvotos y donaciones que los ciudadanos de una polis (como Sición, Sifnos, Cnido, Tebas, Atenas, Corinto o Massalia) entregaban al Santuario.
Era de rigor además pagar una tasa en forma de sacrificio o de pastel: el propio templo vendía los animales que debían sacrificarse y las tartas sagradas (“pélanos”).
En el interior del templo del Oráculo se encontraban la sacerdotisa pitia, por cuya boca hablaba el dios Apolo, y el cuerpo de sacerdotes que la atendía (los “hieréis” se encargaban de los sacrificios; los “prophetai”, de ayudar a la pitia e interpretar sus palabras; y los “hósioi” del culto).
Las Pitias eran mujeres vírgenes, elegidas de forma vitalicia, por la pureza de sus costumbres y su vida irreprochable, sin tener en cuenta su estatus social y al ser designadas profetisas por los sacerdotes, debían mantener una castidad absoluta. En la cerámica griega, aparecen representadas sentadas sobre el trípode, con un cuenco en una mano y una hoja de laurel en la otra.
El peregrino entraba en el templo a través del “chresmographeion” (una amplia estancia abierta a un nivel superior del pronaos) donde se guardaba el archivo del Santuario (con la lista de consultantes, sus preguntas y respuestas) y antes de formular la pregunta, una inscripción informaba: «Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses».
Formulada la pregunta, la Pitia se retiraba al “adyton”, un lugar subterráneo. Cuando estaba preparada se sentaba en un trípode (cuyos pies simbolizaban pasado, presente y futuro), entraba en éxtasis… se ponía en contacto con la divinidad… y daba sus profecías mediante sonidos ininteligibles y guturales que un sacerdote pasaba en verso a una tablilla de cera y entregaba al consultante. El consultante podía escuchar a la pitia desde una sala vecina pero no se le permitía verla.
Jenofonte, discípulo de Sócrates, escribe en las “Memorables”: “He aquí la conducta que Sócrates seguía con sus amigos. Los impulsaba a hacer lo mejor posible las cosas de resultado cierto. En cuanto a aquellas cuyo resultado era incierto, los remitía a la adivinación. Decía que para administrar bien los Estados y las familias son necesarios los oráculos. Todas las ciencias humanas son accesibles a la inteligencia, pero lo que tienen de más importante los dioses se lo reservan y los hombres solo ven en ello tinieblas”.
Sócrates es acusado por Anito, Meleto y Licón ante el tribunal de la ciudad de Atenas: «Presenta denuncia bajo juramento Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitto, acusando a Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alópece: Sócrates comete el delito de no reconocer a los dioses en que cree la ciudad, e introduce nuevas divinidades. También delinque corrompiendo a los jóvenes. Pena solicitada: la muerte».
Y Platón, en su “Apología de Sócrates”, relata la defensa de Sócrates:
“Conocéis sin duda a Querefonte, amigo mío desde la juventud, compañero de muchos de los presentes, hombre democrático. Con vosotros compartió el destierro y con vosotros regresó. Bien conocéis con qué entusiasmo y tozudez emprendía sus empresas”. “Pues bien, en una ocasión, mirad a lo que se atrevió: fue a Delfos a hacer una especial consulta al oráculo, y os vuelvo a pedir calma, ¡oh, atenienses! y que no me alborotéis. Le preguntó al oráculo si había en el mundo alguien más sabio que yo. Y la pitonisa respondió que no había otro superior. Toda esta historia la puede avalar el hermano de Querefonte, aquí presente, pues sabéis que él ya murió”.
“Cuando fui conocedor de esta opinión del oráculo sobre mí, empecé a reflexionar: ¿Qué quiere decir realmente el dios? ¿Qué significa este enigma? Porque yo sé muy bien que sabio no soy. ¿A qué viene, pues, el proclamar que lo soy? Y que él no miente, no sólo es cierto, sino que incluso ni las leyes del cielo se lo permitirían”.
“Durante mucho tiempo me preocupé por saber cuáles eran sus intenciones y qué quería decir en verdad. Más tarde y con mucho desagrado me dediqué a descifrarlo de la siguiente manera (...) Debía llamar a todas las puertas de los que se llamaban sabios con tal de descifrar las incógnitas del oráculo”. “Permitid que os relate cómo fue aquella mi peregrinación, que, cual emulación de los trabajos de Hércules, llevé a cabo para asegurarme de que el oráculo era irrefutable”.
Primero se dirigió a un renombrado político, pero luego de conversar con él un poco, concluyó: "Muchos opinan que este hombre es un sabio y sobre todo él lo cree, pero no es verdad". Sin mayor esfuerzo demostró Sócrates que estaba en un error, y éste, por supuesto, se molestó.
“Y partí, diciéndome para mis cabales: ninguno de los dos sabemos nada, pero yo soy el más sabio, porque yo, por lo menos, lo reconozco. Así que pienso que en este pequeño punto, justamente, sí que soy mucho más sabio que él: que lo que no sé, tampoco presumo de saberlo”. Continuó con los poetas, de los cuales dijo: "me percaté de que los poetas, a causa de este don de las musas, se creen los más sabios de los hombres y no sólo en estas cosas, sino en todas las demás, pero que, en realidad, no lo eran (...) los poetas dicen muchas cosas y bellas, pero no saben de qué hablan". Por último, fue donde los artesanos, y después de hablar con ellos, comentó: "sabían lo que yo no sé, y en este aspecto eran más sabios que yo, pero tenían el mismo defecto que los poetas, cada uno creía ser muy sabio por practicar bien su arte, y esto eclipsaba su sabiduría técnica".
“Estaba hecho un lío, porque intentando interpretar el oráculo, me preguntaba a mí mismo si debía juzgarme tal como me veía —ni sabio de su sabiduría, ni ignorante de su ignorancia— o tener las dos cosas que ellos poseían”.
“En fin, oh atenienses, como resultado de esta encuesta, por un lado, me he granjeado muchos enemigos y odios profundos y enconados como los haya, que han sido causa de esta aureola de sabio con que me han adornado y que han encendido tantas calumnias. En efecto, quienes asisten accidentalmente a alguna de mis tertulias se imaginan quizá que yo presumo de ser sabio en aquellas cuestiones en que someto a examen a los otros, pero, en realidad, sólo el dios es sabio, y lo que quiere decir el oráculo es sólo que la sabiduría humana poco o nada vale ante su sabiduría. Y si me ha puesto a mí como modelo es porque se ha servido de mi nombre como para poner un ejemplo, como si dijera: Entre vosotros es el más sabio, ¡oh hombres!, aquél que como Sócrates ha caído en la cuenta de que en verdad su sabiduría no es nada”.
La sentencia del tribunal ateniense a Sócrates fue morir bebiendo cicuta. Aunque tuvo oportunidad de huir, decidió cumplir, porque su palabra era seguida de su ejemplo.
“Por no querer aguardar un poco más de tiempo, os llevaréis, atenienses, la mala fama de haber hecho morir a Sócrates, un hombre sabio, pues para avergonzaros os dirán que yo era un sabio, aunque no lo soy. Si hubierais esperado un poquito más, habría llegado el mismo desenlace, aunque de un modo natural; considerad la edad que tengo y cuán recorrido tengo el camino de la vida y qué cercana ronda la muerte. Lo dicho no va para todos, sino sólo para los que me habéis condenado a morir”.
“Por otro lado, si la muerte es una simple mudanza de lugar y si, además, es cierto lo que cuentan, que los muertos están todos reunidos, ¿sois capaces, oh jueces, de imaginar algún bien mayor? Pues, al llegar al reino del Hades, liberados de los que aquí se hacen llamar jueces, nos encontraremos con los auténticos jueces, que, según cuentan, siguen ejerciendo allí sus funciones: Minos, Radamanto y Triptólemo, y toda una larga lista de semidioses que fueron justos en su vida. ¿Y qué me decís de poder reunirnos con Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero? ¿Qué no pagaría cualquiera por poder conversar con estos héroes? En lo que a mí se refiere, mil y mil veces prefiero estar muerto, si tales cosas son verdad”.
“Y ahora debo pediros un último favor: cuando mis hijos se hagan mayores, atenienses, castigádles, como yo os he incordiado durante toda mi vida, si pensáis que se preocupan más de buscar riquezas o negocios que de la virtud. Y si presumen de ser algo, sin serlo de verdad, reprochádselo como yo os he reprochado, y exigídles que se cuiden de lo que deben y que no se den importancia, cuando en realidad nada valen. Si hacéis esto, ellos y yo habremos recibido el trato que merecemos”.
“No tengo nada más que decir. Ya es la hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir. ¿Quién va a hacer mejor negocio, vosotros o yo? Cosa oscura es para todos, salvo, si acaso, para el dios”.
Colofón
Sócrates murió para convertirse en el pilar de la Filosofía. De sus acusadores no sabemos mucho (y a nadie le importa)… Sócrates, en efecto, no sabía nada. Pero era lo suficientemente hábil con las palabras para hacer notar a la gente su propia ignorancia, invitándolos a cuestionarse verdaderamente porque creían lo que creían.
"Yo solo sé, que no sé nada" nos lleva a plantearnos que la verdadera sabiduría, no se basa en el conocimiento absoluto, sino en la conciencia de los límites del propio saber. “Aunque (Sócrates) no escribió una sola línea, su saber se ha desparramado por todo el mundo desde los tiempos de la Grecia clásica hasta nuestros días. Sus discípulos y seguidores, Platón y Aristóteles entre otros, también Antístenes, Aristipo y Esquines, se encargaron de que no se perdiera una sola de sus palabras, de que llegaran hasta nosotros intactas sus enseñanzas. Su importancia fue tan grande que a los filósofos anteriores a él se los denomina como presocráticos” (Miguel Ángel Santamarina, “Sócrates, el sabio que «no» sabía nada” - Zenda - 28 septiembre 2021).
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AutorAntonio Gómez Romera, ése soy yo. Entradas
Agosto 2026
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