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El Padul (Granada), martes, 10 de septiembre de 2024.
Apreciar la Belleza, ya sea del Arte, de la Arquitectura o de la Naturaleza, es una de las cualidades más humanas. Lo que se considera «Bello» puede variar según la subjetividad de quien observa, pero existen en el mundo algunas obras y paisajes que contienen una significativa carga estética.
Lo Bello produce deleite y goce estético, pero sus estímulos pueden ser abrumadores… desatando reacciones fisiológicas como palpitaciones o vértigo.
Florencia, miércoles, 22 de enero de 1817.
El escritor francés “Stendhal” (Henri Beyle, Grenoble, 1783 - París, 1842) entra a la Basílica de la Santa Croce de Florencia sin saber que va a salir de ahí al borde del desmayo: «había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se agotaba en mí y caminaba temeroso de caerme». La belleza de la Basílica lo había turbado profundamente.
Se dice que el “Síndrome de Stendhal” es un trastorno psicosomático provocado al contemplar una gran acumulación de arte y belleza en muy poco espacio y tiempo…, en éste caso, por la exposición a la cantidad de riquezas artísticas de Florencia.
Cómo sucedió
Como él mismo escribe después en su diario de viaje “Roma, Nápoles y Florencia”, publicado en 1817:
“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. «Ahí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci -me decía-, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre estos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que, por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar.» En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama.
Acercándome a la puerta de San Gallo y a su pésimo arco de triunfo, hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia con el que me hubiera encontrado. A riesgo de perder todas aquellas pequeñas pertenencias que lleva uno cuando viaja, abandoné el coche justo después de la ceremonia del pasaporte. He admirado vistas de Florencia tan a menudo que la conocía de antemano; pude caminar sin guía. Giré a la izquierda, pasé delante de un librero que me vendió dos descripciones de la ciudad. Únicamente en dos ocasiones pregunté por mi camino a transeúntes que me respondieron con una cortesía francesa y un acento singular; por fin llegué a Santa Croce.
Ahí, a la derecha de la puerta, está la tumba de Miguel Ángel; más lejos la tumba de Alfieri, de Canova: mi reconocimiento para esta gran figura de Italia. Veo entonces la tumba de Maquiavelo; frente a Miguel Ángel reposa Galileo. ¡Qué hombres! Y la Toscana podría añadir a Dante, Boccaccio y Petrarca. ¡Qué asombrosa reunión! Mi emoción es tan profunda que roza incluso la piedad. La oscuridad religiosa de esta iglesia, su tejado de armazón sencillo, su fachada sin terminar, todo aquello habla intensamente a mi alma. ¡Ah, si pudiera olvidar…!
Un monje se acercó a mí. En lugar de la repugnancia, que llega incluso al horror físico, me descubrí sintiendo amistad por él. ¡También Fray Bartolomeo de San Marco fue monje! Ese gran pintor inventó el claroscuro, se lo enseñó a Rafael, y fue el precursor de Correggio. Hablé con ese monje, en quien hallé la amabilidad más perfecta. Le alegró ver a un francés. Le rogué que me abriera la capilla, en el ángulo noroeste, donde se encuentran los frescos del Volterrano. Me condujo hasta allí y me dejó solo. Ahí, sentado en el reclinatorio, con la cabeza apoyada sobre el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que me haya dado nunca la pintura.
Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados.
Saliendo de la Santa Croce me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se agotaba en mí y caminaba temeroso de caerme. Me senté en uno de los bancos de la plaza de Santa Croce, releí con delicia estos versos de Foscolo que llevaba en mi cartera; no les veía ni un defecto, necesitaba la voz de un amigo compartiendo mi emoción. (…) Dos días después, el recuerdo de lo que había sentido me dio una idea impertinente: es mejor para la felicidad, me dije, tener el corazón de esta forma que no la Legión de honor.”
Sobre la Basílica de la Santa Croce
El Monasterio de Santa Croce (el templo franciscano más grande del mundo) está ubicado en una gran plaza a la que da nombre, donde se celebra el Calcio (fútbol) fiorentino, una de las tradiciones más antiguas y emocionantes de la ciudad.
Es uno de los símbolos del prestigio artístico de Florencia, con una iglesia conformada como una de las máximas expresiones de la arquitectura gótica italiana.
En ella, están enterrados grandes personajes italianos como Galileo Galilei, Miguel Ángel, Maquiavelo, Vasari, Marconi o Ghiberti.
Su fundación data de comienzos del siglo XIII cuando, según la leyenda, el propio San Francisco de Asís, fray Silvestre y un grupo de seguidores deciden establecerse en Florencia en una pequeña capilla dedicada a la Santa Cruz, ubicada en una isla formada por dos ramales del río Arno, extramuros de la ciudad, una zona sometida a frecuentes inundaciones y habitada por una población desprotegida de artesanos a los que buscan dar consuelo espiritual.
La historia oficial comienza el 14 de septiembre de 1228, fecha de una bula de Gregorio IX en la que toma bajo su protección a los franciscanos que ofician en esa iglesia de Santa Croce de Florencia.
Construida por Arnolfo di Cambio (1232 - 1310), el mismo arquitecto que diseñó el “Duomo” (Catedral de Santa María del Fiore). La fachada está hecha en los mismos colores blanco, verde y rosa de mármol.
La fachada principal se eleva sobre una escalinata. El interior es majestuoso, con 115 metros de longitud y 38 de anchura. La capilla mayor es de planta poligonal y cubierta de crucería. Su decoración presenta grandes y estrechos ventanales geminados con vidrieras y pintura mural.
Nota: A la izquierda, sobre la escalinata, se encuentra el Monumento a Dante Alighieri de Ernico Pazzi, realizado en conmemoración del Sexto Centenario de su nacimiento en 1867 y que, en origen, ocupó el centro de la plaza; trasladado después para poder recuperar este espacio público para la celebración del “calcio storico fiorentino”, un torneo que se celebra aquí desde el 17 de febrero de 1530, cuando la República florentina jugó un partido para demostrar al ejército imperial de Carlos V que el espíritu ciudadano seguía igual de fuerte tras meses de ocupación. En la actualidad tiene lugar la tercera semana de junio y enfrenta a los cuatro barrios históricos de la ciudad: San Giovanni, Santa María Novella, Santa Croce y Santo Spirito.
En el tercer pilar del lado de la Epístola está el púlpito de Benedetto da Maiano fechado hacia 1481. Es de base octogonal, presenta cinco paneles en bajorrelieve con escenas de la Vida de San Francisco y en la base se ubican estatuas de las Virtudes.
A fines del siglo XV Santa Croce se convierte en sede del Estudio General de la Orden, uno de los centros más prestigiosos de la cultura europea donde enseñaron ilustres teólogos, filósofos, escritores, historiadores y científicos.
En los siglos sucesivos el conjunto sigue enriqueciéndose y modificándose y hoy se considera, como lugar de descanso eterno de teólogos, humanistas, escritores o políticos desde sus inicios hasta mediados del siglo XX.
Tumbas de Nicolás Maquiavelo (1469 - 1527) y de Gioacchino Rossini (1792-1868)
Desde 1900 la parte más monumental, con las estancias más representativas, comienza a funcionar como Museo, que en 1959 adopta el nombre de “Museo dell'Opera di Santa Croce”, abarcando dos claustros y el refectorio principal, pero la gran inundación que asola Florencia en 1966 causa grandes daños al conjunto, situado en la parte más baja de la ciudad, y obliga a su cierre para acometer un amplio proceso de conservación y restauración hasta su reapertura en 1975.
Colofón
Más de un siglo y medio después de la experiencia vivida por “Stendhal” (1989), la psiquiatra Graziella Magherini (1927 - 2023), entonces directora del Departamento de Salud Mental del Hospital de Santa Maria Nuova (el centro médico más antiguo y en funcionamiento de la ciudad de Florencia) observa más de 100 casos de visitantes (todos ellos turistas) que han sentido vértigo, temblor, palpitaciones, alucinaciones y desvanecimientos al ver el Arte de las Galerías y los Museos florentinos. Sufrían "ataques de pánico causados por el impacto psicológico de una gran obra maestra y de viajar". Ante sus hallazgos, denominó a ese repertorio de reacciones como «síndrome de Stendhal», en honor al seudónimo del escritor Henri-Marie Beyle (1783 - 1842).
Nota: El “Síndrome de Stendhal” es también conocido como «Síndrome de Florencia» o «Estrés del viajero».
Quien sufre el “Síndrome de Stendhal” se ve absolutamente sobrecogido por el goce estético, hasta el punto de causarle un malestar físico. Esta emoción desaforada frente a algo excesivamente hermoso puede sobrecargar mentalmente a una persona hasta producir síntomas como la elevación del ritmo cardiaco, presión en el pecho, mareos o visión borrosa, e incluso desmayos, delirios o alucinaciones.
Pero, aunque Florencia es la ciudad por excelencia donde los viajeros quedan trastornados por la belleza, diversos lugares alrededor del mundo son considerados potenciales para producir el “Síndrome de Stendhal”. El Taj Mahal (India), Angkor Wat (Camboya), Machu Picchu (Perú), Petra (Jordania), la Mezquita - Catedral de Córdoba, la Capilla Sixtina en los Museos Vaticanos y la Alhambra de Granada, son solo algunos ejemplos.
En la película de misterio “El síndrome de Stendhal” (1996), el director italiano Dario Argento (1940) muestra cómo Anna Manni, detective de policía (interpretada por su hija, Asia Argento, 1975) queda presa del vértigo en la sala donde están expuestas “la Medusa” de Caravaggio y “La primavera” de Botticelli. El psicópata al que está investigando sabe que ella padece el síndrome así que la dirige hasta la “Galería degli Uffizi” para tenderle una trampa...
Consejo Final
(a todos los turistas - viajeros - caminantes)
Si al disfrutar contemplando una ”obra de arte” (Divina o Humana), siente cualquier tipo de agobio, bochorno, sudoración excesiva o taquicardia… tranquilícese… avise de su estado a un Guardia de Seguridad… salga a un espacio abierto… y respire, suave y profundamente… no se preocupe, sólo está sufriendo un ataque del “Síndrome de Stendhal”... y es una sensación (desagradable / agradable) pasajera… y, que yo sepa… nadie se ha muerto de eso…
Felicitación Personal
Articulito dedicado (porque se lo merece) a mi amiga Marisol Gutiérrez Cáceres, Guía - Voluntaria en el Senderismo Maleno. Y, para felicitarte, tomo las palabras de Daniel, tú marido: “Hoy es el cumpleaños de esta famosa mujer, que me tiene mu hartico, que cumplas muchos más”... y que los veamos todos…
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AutorAntonio Gómez Romera, ése soy yo. Entradas
Agosto 2026
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