El Padul (Granada), sábado santo, 4 de abril de 2026.
Mi amigo Leonardo Villena Villena, Maestro Nacional ya jubilado, escribió sus “CUENTOS Y LEYENDAS DEL VALLE DE LECRÍN” hace 29 años, en 1997: con Prólogo del Padre Manuel Ferrer Muñoz (Padul, 4 de diciembre de 1920 - Málaga, 30 de mayo de 2009) e ilustraciones de Antonio Roda Roda. Para ver su página web (que considero, muy interesante), pulsar aquí >>>
En palabras de Leonardo:“El libro es una glosa de la vida de esta tierra, un conjunto de relatos breves y poesías, también cortas, que le harán conocer la vida cotidiana de un lugar privilegiado por La Naturaleza, donde sus gentes viven con humildad del trabajo, de la venta de sus naranjas y de sus aceitunas y laboreando sus pegujales, una tierra que les da de comer y que los mantiene con dignidad. Adéntrese en esta apasionante aventura que le agradará”.
Leonardo me ha dado su permiso para incluir en éste articulito alguno de los relatos incluidos en su libro. Nota: al final del texto, incluiré un breve “Vocabulario”.
Desde tiempos inmemoriales, los pobladores de El Padul, han trabajado las tierras de labor para poder atender las necesidades cotidianas y perentorias de sus familias. Leonardo nos regala un breve y bonito cuento que titula “LA YUNTA DE MARTÍN CAJA”, en el que nos habla un poco sobre las faenas agrícolas en el campo paduleño…
Leonardo Villena Villena
Comentario de la IA
Este texto presenta un relato de Leonardo Villena Villena sobre la vida rural en El Padul, centrándose en la figura de Martín Caja, un agricultor de carácter afable y pintoresco. A través de la historia de su yunta de burros, se describen las duras faenas agrícolas y los desafíos técnicos de labrar una tierra difícil llena de piedras ocultas. El protagonista destaca por su humor e ingenio, otorgando nombres satíricos a sus animales que reflejan su visión del mundo y su paciencia ante la adversidad. La narración rescata tradiciones locales y un léxico especializado que ilustra la profunda conexión entre los habitantes del Valle de Lecrín y sus labores cotidianas. Finalmente, la obra muestra cómo las anécdotas de este hombre humilde se integraron en el habla popular de la región como refranes vigentes.
La yunta de Martín Caja
“Era Martín Caja un simpático vejete, borrachín, dicharachero y parsimonioso que repartía afecto y cordialidad por donde pasaba. Puntual en el trabajo, también lo era en la posada, a la hora de las libaciones, a donde muchos paisanos acudían solamente para oír los disparatados episodios que contaba.
Cada mañana, al despuntar el alba, fiel a las costumbres locales, trasegaba unas copichuelas de aguardiente. Aparejaba su yunta de burros, macho y hembra, y marchaba al trabajo. Y para cuando el resto de los gañanes* quería salir, él había dado media obrada*.
Como buen labrador, hacía la sementera en los meses de octubre y noviembre. Buscando diversión y sosiego en los campos, los vecinos le preguntaban, en los momentos de asueto, por las ocurrencias más disparatadas.
Tío Martín Caja, ¿por qué le llama usted Dolores a su burra, igual que a su muje ?.
Porque las dos me traen iguales quebraderos de cabeza. -Respondía sano e inocente, ajeno a las rechuflas.
¿Y por qué le dice usted Felipe a su jumento?.
¡Porque es tozudo como el rey! ¿No dicen que el rey Felipe es duro de mollera?.
Los interlocutores, que posiblemente conocían del rey tantas acciones como él mismo, se inventaban cualquier anécdota, que el tío Martín Caja daba por buena, o le cambiaban la conversación para no verse en aprietos…
Acabado el trabajo en sus cuatro rodales* de majadas, adornaba el primero las jáquimas de su yunta, señal inequívoca que pregonaba el final de la siembra. Y con el laboreo de sus escasas tierras, plagadas de gitas*, vegetaban felices él y su paciente esposa.
Para cualquier labrador o gañán, la ariega* y la siembra eran los trabajos más duros que habían de hacer. A las inclemencias del clima, con frío o calor, se unía el penoso y envarado caminar detrás de los animales. Forzaban el pulso semiagachados y arreaban para mantener recta la besana* y arar tanto como el vecino. La siembra con burros era una condenación porque estos animales, uncidos al arado, eran torpes y desobedientes. La ariega en una majada con gitas, piedras ocultas en el suelo que atrancaban el arado, en,oquecía a los gañanes porque los jumentos se crecían en las dificultades. Y cuando la burra andaba en celo, se paraban a cada instante. No cesaban de rebuznar ni de correr a capricho. Se apalancaban al arado cuando tropezaban con alguna piedra oculta y lo partían. El asno bregaba, destrozando a veces el ejero*, para liberarse del uvio*, y despertaban en los cuidadores instintos asesinos.
En previsión de tales incidencias, el tío Martín Caja se había provisto de una larga llamadera* de almez, de seis u ocho varas* de longitud, que les alcanzaba desde las grupas a las orejas, al apalearlos. Y había de ser una persona con el humor y las cachazas de este buen hombre quien los soportara sin enviarlos al matadero.
En una ocasión, reunidas todas las circunstancias adversas, el tío Martín Caja araba en unas majadas que poseía junto al camino de La Sierra. Los animales le habían partido el arado y pugnaban para satisfacer sus instintos. Los golpes propinados le habían reducido la descomunal vara a la empuñadura. El vejete trajinaba para dominarlos, desuncirlos y devolver el arado al pueblo, donde se lo repararían. Pasaban por allí, camino de su trabajo, otros labradores. Al contemplar el tropel, acudieron a socorrerlo, pues era un anciano poco fornido.
Aburrido tras su inútil esfuerzo, Martín Caja abandonó la brega, soltó los ronzales* y salió a recibirlos.
¿Qué le pasa a su yunta, tío Martín Caja? -Quisieron saber.
Pues mirar niños, -explicó el anciano con sus permanentes gracejo e inocencia-, que la una tira y el otro desgaja.
Los labradores se divirtieron una vez más con las palabras de Martín Caja y su expresión quedó como refranillo en el pueblo, refiriéndose a dos personas tozudas y desavenidas. “Son como la yunta del tío Martín Caja, que la una tira y el otro desgaja”.
VOCABULARIO
Ariega: Acción de arar. Trabajo de arar.
Besana: Distancia entre los extremos de una finca. Coincide normalmente con la longitud de los surcos.
Ejero: Mástil del arado.
Gañán: Trabajador encargado de arrear una yunta. Era el máximo especialista dentro del escalafón profesional agrícola porque había de ser un gran entendido en las labores rústicas y en el conocimiento y manejo de los animales confiados. Gozaba de gran prestigio dentro del mundillo rústico y de la total confianza y del mayor aprecio del patrón.
Gitas: Piedras ocultas en la labor, casi superficiales, que atrancaban los arados y solían partirlos.
Llamadera: Vara larga y fina, rematada a veces en un aguijón metálico, que solían usar los boyeros. Los gañanes de mulos o asnos la preferían sin aguijón, porque los equinos corrían gran peligro de contagiarse del tétanos, al aguijonearlos.
Obrada: Superficie de tierra que araba una yunta en un día. Normalmente, alcanzaba a tres cuartos de fanega, sobre 3500 metros cuadrados.
Rodal: Espacio de tierra no demasiado extenso.
Ronzal: Cabestro de esparto. Soga que servía al gañán o arriero para llevar sujetos a los animales.
Uvio: Travesaño de madera, con enganches metálicos o de madera, que afianzaba los animales al arado.
Vara: Medida de longitud, anterior al metro. La Vara Castellana, que era la usada en el Reino de Granada, alcanzaba a los cuarenta centímetros.
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