El Padul (Granada), Viernes Santo, 3 de abril de 2026
Los escritores que, en los últimos tiempos, se han ocupado de los orígenes del Padul no acaban de ponerse de acuerdo sobre cuándo aparecieron los primeros asentamientos humanos en el pueblo.
En lo que sí coinciden es en la afirmación de que su antigüedad se remonta a la época de las grandes migraciones, cuando los hombres primitivos, en su caminar nómada, se vieron obligados a desplazarse impulsados por la necesidad de perseguir a los animales que les garantizaban el alimento.
Aquellos primeros “inmigrantes”, nuestros antepasados más remotos, se toparon con unos parajes que, andando el tiempo, se llamarían Valle de Lecrín, dotados excepcionalmente por la naturaleza y con evidentes ventajas para ejercer su actividad depredadora que era la razón de su venida.
La Laguna, entonces mucho más extensa, era el lugar ideal para abatir las piezas que les interesaban. Y surgió el primer poblado, lo más probable en forma de palafitos que les procuraban una mayor seguridad.
¿Cuándo ocurrió esto?. Pues no es tarea fácil concretarlo con exactitud porque de todos es sabido que en el estudio de la prehistoria existen acusadas lagunas muy difíciles de rellenar.
Lo que si está claro es que pueblos, ya plenamente históricos entre ellos los tartesos, desarrollaron una civilización, más o menos primaria, en estos lugares.
La historia nos dice, también, que los romanos conquistaron Hispania, la convirtieron en una provincia del imperio y establecieron en el Padul una colonia fija que nos dejó numerosas muestras de su paso y, sobre todo, de su cultura entre ellas el nombre del pueblo que no obedece a una imposición caprichosa sino a la existencia de la laguna cuyo nombre responde al vocablo latino “palus”.
Por cierto que en torno al nombre se suscitó, hace no mucho tiempo, una especie de relajada polémica entre los defensores de anteponer el artículo al nombre y los que apoyaban lo contrario, cuestión que fue zanjada por la profesora paduleña, Teresa Berdugo Villena, que, en un detallado estudio (“Sobre el nombre de Padul”, 2010) avalado por abundante documentación, demostró que Padul no lleva articulo porque los latinos o romanos, creadores de tal denominación, no utilizaban este accidente gramatical. Que después no se haya aceptado de manera oficial no quita validez al estudio de Teresa. Ni tampoco es indicativo el hecho de que los árabes le llamasen Al-Badul ya que esto obedece a cuestiones idiomáticas en las que el artículo es de obligada utilización y que nada tiene que ver con sus orígenes.
No obstante todos, o casi todos, seguimos diciendo el Padul, o para ser mas exactos “er Paul”, en una pronunciación vulgar que obedece a nuestra particular forma de expresarnos que en nada justifica el uso del artículo.
Nombres aparte, Padul posee una intensa historia que se ha ido fraguando a lo largo de los siglos en multitud de lances y episodios de los que fueron protagonistas sus habitantes.
En la época de la dominación romana tuvieron un especial protagonismo en la lucha contra las centurias imperiales a las que lograron derrotar en la conocida Piedra del Águila que, precisamente, recibe este nombre en recuerdo del águila que adornaba sus estandartes.
Posteriormente llegaron los árabes, que fueron paduleños por espacio de ocho siglos y cuya estancia terminó cuando los Reyes Católicos, tan denostados en artículos periodísticos de reciente aparición, consiguieron culminar la Reconquista que liberó el Reino de Granada del poder musulmán y cuya conmemoración tanto exaspera hoy a una parte de la progresía.
Padul fue escenario de cruentos enfrentamientos entre los propios musulmanes capitaneados por Boabdil y su tío El Zagal, circunstancia que facilitó sobremanera su conquista.
Cuando estuvo en poder de los cristianos, ejerció un papel decisivo en la pacificación de la comarca gracias a su inigualable situación estratégica como paso obligado hacia La Alpujarra y la Costa.
Incorporado al Nuevo Estado organizado por los monarcas castellanos, tras la unidad nacional, y repoblado que fue por gentes venidas de fuera, Padul inició una etapa de tranquilidad dedicado al cultivo del campo aprovechando, lo diremos en palabras de hoy, la infraestructura creada por los propios moriscos que, justo es reconocerlo, se distinguieron por su habilidad para el laboreo de la tierra utilizando técnicas que todavía se mantienen vigentes en el Valle de Lecrín.
Después, bajo el reinado de los Austrias y los Borbones, la vida en el pueblo transcurrió sin grandes sobresaltos hasta la llegada del siglo XIX en el que volvieron a oírse tambores de guerra sobre el solar patrio, en la llamada Guerra de la Independencia, y los paduleños fueron convocados, otra vez, a contribuir con su esfuerzo en la tarea común de arrojar al nuevo invasor.
Fue aquella una etapa convulsa, con la vuelta del deseado y luego rechazado Fernando VII, en la que Padul llegó, incluso, a proclamarse cantón independiente en aquel proceso de disgregación que surgió allá por el año 1873.
Vueltas las aguas a su cauce la vida volvió a transcurrir apacible hasta la llegada de la Guerra Civil de tan infausto recuerdo.
También, en esta ocasión, el pueblo adquirió cierta relevancia con algunos episodios puntuales como lugar de internamiento de prisioneros de la contienda.
Después, en la posguerra, se vivieron situaciones bastante dramáticas de subsistencia hasta que en los años finales de la década de los cincuenta el desarrollo que llegó a España y, sobre todo, la emigración incorporaron el pueblo a la sociedad del bienestar con la aparición de una pujante industria.
En definitiva la historia del Padul, con sus luces y con sus sombras, ha sido, a lo largo de los siglos, fiel reflejo del carácter de un pueblo indómito y valeroso, honrado y trabajador, que siempre supo reaccionar, incluso con violencia, a la imposición de yugos extraños.
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